Antonio Hualde | Miércoles 04 de julio de 2012
El 4 de julio de 1776 se firmaba la declaración de independencia de los Estados Unidos. Es su festividad nacional, aunque no todos la celebran por igual. Me refiero a los más de 30 millones de personas que no tienen derecho a asistencia sanitaria. Otros sí, porque se la pueden costear, aunque dependiendo de la póliza que tengan más les vale estar sanos. Existe en Europa la creencia de que en Estados Unidos no hay sanidad pública y que, en consecuencia, apenas hay gasto sanitario. Y no es así.
Hay sanidad pública, sí, aunque ni es universal ni sus prestaciones son las más adecuadas. Estados Unidos gasta al año casi dos billones de dólares en sanidad, cinco veces más de lo que le suponen Irak y Afganistán -lo que desmonta el argumento demonizador de muchos progres de salón-. En otras palabras, un sistema público costosísimo y más bien mediocre. ¿Qué queda? Las famosas aseguradoras privadas, que son las que parten el bacalao. Y se lo llevan crudo.
Caso real: una chica de 30 años es despedida en su tercer mes de embarazo. Pagaba 200 dólares de seguro médico; seguro que, al quedarse en paro, se acabó. Al tener ella que contratar uno por su cuenta y tener un embarazo de riesgo, le costó Dios y ayuda encontrar quien la admitiese y, cuando por fin lo logró, se encontró con una factura mensual de 1.400 dólares. Y en paro. Otro caso real: de un ciclo total de 6 sesiones de radioterapia, una mujer de 54 años se quedó sin dinero para seguir sufragando su seguro médico. Falleció sin haber recibido los otros 3 restantes.
Hay miles y miles de casos similares. Si, son 30 millones de personas las que no tiene cobertura alguna, pero son más las que viven asfixiadas por una tener que hacer frente de por vida a unos gastos sanitarios tan abusivos como inmorales. Si vive usted en Estados Unidos, gana bien y tiene salud, ni se preocupe. Eso sí, como tenga asma, diabetes o similar, vaya preparando la chequera. Le van a crujir vivo; eso si es que le admiten. Porque la lista de las llamadas enfermedades “preexistentes” -aquellas contraídas con anterioridad a suscribir la póliza, como las dos citadas, y que cierran las puertas de la asistencia sanitaria- es más larga que un día sin pan. Lo plasma de maravilla el documental de Michael Moore sobre las carencias sanitarias en materia asistencial .
Estados Unidos es un gran país. Pero tiene un problema con la sanidad, tanto a nivel operativo como de conciencia social. El norteamericano medio no parece darse cuenta de todo esto y, cuando se le cuenta, no lo cree -o no lo quiere creer-. Aquí las cosas funcionan de otro modo. Por suerte. El cáncer, los episodios coronarios o los accidentes de circulación afectan a todos por igual, ricos y pobres. Aquí, la sanidad pública -con sus recortes y sus cosas-, consecuentemente, tratará a todos por igual. Aquí nadie se quedará sin una prótesis de cadera por no poder pagarla. Ni sin una sesión de quimioterapia, ni sin una artroscopia. En España, tendremos recortes, pero sobre todo, tenemos corazón.