Pepa Echanove | Jueves 05 de julio de 2012
Mi mejor amigo, el que me pone al día de las novedades y me amarga la tarde con los desvaríos propios de su condición es un bloguero sociata, antiguo ugetista desinhibido, quien no habiendo encontrado otra ocupación mejor se dedicó al teletrabajo de la noche a la mañana. Un empleo, como casi todos los de hoy, no remunerado pero que, como mal menor, le procura algunas fantasías orgásmicas con mínimo riesgo soberano y seguramente el máximo placer. Accedió a tal puesto por mediación de un miembro de la cienciología conocido suyo, quien entre dogma y salmo también hacía gracietas y contaba chistes verdes. No es el único del conjunto habitacional sito en la calle Felipe IV de Madrid, a pocos pasos de la ilustrísima, pulcra y esplendorosa Real Academia Española de la Lengua, que trabaja desde casa. Su vecino, sin ir más lejos, es un friki ilustrador de mangas que ya ha conseguido cierto éxito, aunque en el trato personal es un auténtico peñazo, de los que llaman al timbre en los momentos más inoportunos con un Tupperware (quizá se diga pronto tapergüer) en la mano. Con una tableta sin cable sobre las rodillas, y otra de turrón almendrado esperando las fiestas en la despensa, mi amigo chatea durante largas horas sentado en la butaca con el ventilador en marcha y vestido únicamente con unos gayumbos de alegre estampado, tan adecuados para el agosto urbano. Deben ser los que le regalé yo. Entre sus visiones cree darse un chapuzón en el canalillo de una antigua amiga de juventud pepera y lesbiana, hoy ferviente defensora del matrimonio homosexual.
Me ha confesado que también fantasea con otra compañera de clase, la del culamen ceñido dentro unos pantalones camp, los mismos pantalones que vistió en sus días de okupa en un edificio señorial del barrio de Moratalaz, en los noventa, cuando el euroescepticismo cuajó en los corrillos diplomáticos y en las redes sociales, haciéndonos creer que podía haber otra forma de convivir más libre y menos convencional. Después llegaría el tiempo de la decepción, del desencanto.
Se anunciaba el fracaso de la inculturación, sea lo que sea que esta palabrota quiere decir. El sudoku remplazó a la tertulia, el acojonamiento al espíritu de revolución, el espanglish al buen castellano riojano y la prima de riesgo a la verbena de la Paloma. A pesar del panorama existencial, de las dudas gramaticales y de los errores ortográficos, mi amigo es un optimista, y no escribe del todo mal. Algo se le habrá pegado de la acera de enfrente, donde los académicos del español acaban de conseguir fidelizar a tantos millones de escribas y portavoces para que podamos seguir predicando sin complejos, con brillo y corrección. Este es el último mensaje que hoy me acaba de tuitear: /palabras_nuevas*idioma=vida/@graciasRAE:)!