Joaquín Albaicín | Jueves 05 de julio de 2012
Hoy me he enterado de que un primo hermano mío se irá a Siberia el próximo agosto. No tengo ni idea de a qué, si bien –dado el paraje- ya imagino que es la mejor fecha. En rigor, de mi primo apenas sé nada –retazos- desde hace años.
Periódicamente, para ser sinceros, todos pasamos una temporada en Siberia, y no por gusto, como debe ser su caso. Es la vida quien nos deporta a Siberia, por ejemplo, cada vez que decide probarnos con hechos la falsedad aparente de esa máxima de que el amor siempre puede con todo. No, no siempre el amor puede con todo, en especial cuando uno ha de desenvolverse y batallar en un mundo en el que el amor, precisamente, cuenta muy poco y es, incluso, un obstáculo para el éxito laboral. O cuando las trampas y zancadillas psíquicas tendidas contra uno –o que uno mismo, inconscientemente, se tiende- fermentan hasta alcanzar ese punto de ebullición que hace estallar la caldera y puede convertir –así, sin venir a cuento- el beso en improperio.
A veces, es cuando más empeño pone uno en un amor o una obra cuando todo sale al revés. Sin embargo, aunque no siempre el amor pueda con todo, hay que seguir creyendo que sí, porque no sólo esa loca creencia constituye la sola medicina capaz de curar al amor zaherido, sino también lo único que puede dar sentido a dos vidas y convertirlas, si hay suerte, en una cadena de besos y aromas, y no de decepciones y tronchamientos.
Así que deseo toda la suerte del mundo a mi primo en su aventura extremo-oriental, pero yo no me voy a Siberia. Sencillamente, no me da la gana. Me quedó en Moscú (llamémosla así), donde convalece mi sueño herido, pero en trance de rápida curación si Dios quiere. ¿Acaso las estrellas no se hunden cada noche en el mar y, sólo unas horas después, emergen y vuelven a ocupar su trono en el cielo?
¡Moscú! Oigo descargas de fusilería en los arrabales, en la periferia. ¿Coraceros napoleónidas? ¿La infantería alemana? No lo sé. ¿Resistiremos? También lo ignoro. Sólo sé que no me voy a Siberia. Que me quedo en Moscú, y que sea lo que Dios quiera.