José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 06 de julio de 2012
Desgraciadamente, no se trata del éxito que el articulista desea para el incontable número de sus conciudadanos a la husma acezante de un trabajo con el que lograr unos mínimos para su diario vivir, sino del triunfo en algo tan modesto y al alcance de todos como el de la laboriosidad literaria.
A sus ojos, y en la estela de un clásico –Séneca el Mayor- nacido, probablemente, a escasos metros del lugar en que, en la baja madrugada, estas líneas se emborronan, con la simple soledad y constancia se logran las metas más ambiciosas en dicho terreno. El alejamiento de tártagos y preocupaciones cotidianos, la distancia querida y mantenida del ruido exterior –que algunos privilegiados conquistan, envueltos en el trajín de mujeres y hombres, únicamente con una admirable capacidad de concentración- y la asiduidad convertida en hábito de acudir a la cita con la cuartilla en blanco son medios de infalible resultado a la hora de allegar una producción bibliográfica estimable por la cantidad, ya que no por la calidad; factor o cualidad sin duda el más importante en las tareas literarias e intelectuales de cierto gálibo.
Solicitudo et frequentia, llamadas con la pertinencia de los escritores grecolatinos que forjaron la más grande de las creaciones surgidas del intelecto de los hombres –la Humanitas, o culto al fruto más serondo del quehacer del espíritu y la sensibilidad de mujeres y varones-, son, en efecto, las condiciones requeridas en orden a contar con muchos títulos impresos o páginas inéditas, en tantas ocasiones superiores en belleza y penetración a las de las obras obtenidas en el comercio con las imprentas.
En todo momento difíciles, dichas circunstancias lo son hoy con especial vigor. El cambio erigido en motor exclusivo de las sociedades contemporáneas y el nomadismo vuelto a imperar, como en los tiempos prehistóricos, en los hábitos de las generaciones presentes determinan una agresividad ambiental contra el oficio del lletraferit irredento. Al contrario que en épocas pasadas, la colectividad conspira contra aquellos que demandan para su trabajo unos condicionamientos desterrados de sus pautas. La globalidad y el multiculturalismo, fenómenos decisivos hodierno, exigen el trasiego permanente y la acomodación a mores y vigencias caracterizadas por su movilidad y diversidad.
Mas la vocación literaria cuando es autentica y obedece a un impulso identitario logra en muchas ocasiones doblegar los constreñimientos más rígidos y superar los envites más formidables. Un gran escritor contemporáneo traído al plano candente de la actualidad más por barullos económicos que por lo fruitivo de sus textos y las enseñanzas de sus páginas, el autor de La Colmena, inmerso por voluntad y azar en la vorágine de los negocios y en el torbellino de la vida social y cultural en su expresión mediática más impactante, hizo seguramente un pacto de hierro con las musas por el que éstas le otorgaron su frecuentación diaria. Igualmente, uno de sus coetáneos más afamados en el terreno político, aquejado en su etapa final por una incurable dolencia literaria, sacrificó a su cuidado una existencia mundana en la más digna pero también más plenificante acepción. Pues, en efecto, José María de Areilza –conde (consorte) de Motrico-, frustrado en su aspiración de pilotar el gobierno del país tras su desempeño por Carlos Arias, consumió las mejores energías de su biografía postrera en el cultivo intenso, casi stajanovista, de las letras.
Ejemplos ambos de escritores de obra dilatada y varia llevada a cabo en medio de una atmósfera poco propicia, pero desplegada con una voluntad indomable, resultan estimulantes a la hora de comprobar la exactitud de la fórmula ante-citada. A ella, pues, podrán acudir los jóvenes autores como guía infalible de su camino, tan legítimo, para legar una producción copiosa en títulos y, de ser posible, enseñanzas.