Los Lunes de El Imparcial

Vanessa Diffenbaugh: El lenguaje de las flores

RESEÑA

Domingo 08 de julio de 2012
Vanessa Diffenbaugh: El lenguaje de las flores. Traducción de Gemma Rovira Ortega.
Salamandra. Barcelona, 2012. 352 páginas. 18 €


El lenguaje de las flores es la primera novela de la joven escritora californiana Vanessa Diffenbaugh. En esta obra, la protagonista usa el antiguo sistema victoriano de codificación de mensajes mediante distintos tipos de flor. Antes de convertirse en novelista, Diffenbaugh había trabajado con niños desfavorecidos, una experiencia que utiliza aquí, pues la protagonista es una huérfana cuyo pasado lastra gravemente su capacidad de relacionarse con la sociedad. La novela ha llegado a España, según reza en las solapas del volumen, precedida de un enorme éxito de crítica y público. Claro que todas las novelas que llegan a España, sobre todo las que llegan de Estados Unidos, vienen precedidas de un enorme éxito de crítica y público. Si uno se dejase guiar por las solapas de los libros pensaría que Norteamérica es un país lleno de lectores entusiastas y críticos aún más entusiasmas que distraen las horas muertas buscando autores nóveles a los que aclamar. La exuberante abundancia de novelas ponderadas por crítica y público es tal que algunos lectores han empezado a desarrollar un mecanismo de defensa. Se alejan de los libros que son éxito de crítica y todavía se alejan más de los libros que son un éxito de público. Los hay que se alejan tanto que acaban olvidando el camino de vuelta a la librería.

Tengo mi propio sistema de autodefensa. La tendencia a alejarme de libros que incluyan en el título palabras como «flores», «alegría», «camino» o cualquier otra que sugiera que el protagonista va a recorrer una trama más o menos sinuosa en la que, gracias al descubrimiento de una vocación y/o un amor acabará por encontrar el verdadero sentido de la vida y la felicidad en su sentido más pleno, que casi siempre es el amor. Mi instinto de supervivencia como lector quizás me habría alejando de El lenguaje de las flores pero, seguramente, habría cometido un error. Contra todo pronóstico, a pesar de la crítica y el público que lo alaban, El lenguaje de las flores resulta ser un libro más que legible, incluso, a ratos, francamente interesante.

Eso a pesar de que El lenguaje de las flores cumple con algunos tópicos de cierto tipo de literatura pensada específicamente para esos lectores que no aspiran a verse con grandes complicaciones. Esas novelas en las que la narración avanza hacia delante y hacia atrás en el tiempo, intentando que cada paso del protagonista quede fundamentado desde el punto de vista de la causalidad psicológica. Esas novelas en las que el protagonista -que suele ser uno solo, justificado hasta la saciedad por el narrador en cada una de sus acciones– encara una situación, una profesión, una anécdota o una enfermedad que están dotadas de una fabulosa fuerza de atracción por la cual el mundo gira ineludiblemente alrededor de la misma. Si el protagonista es librero, todos los personajes con lo que se cruce sentirán un inexplicable interés por los libros, si es bailarín, no habrá hombre, mujer o niño que encuentre en su camino que no se conozca al dedillo la biografía de Martha Graham. Aquí la protagonista conoce el arcano lenguaje de las flores y eso es razón suficiente como para que la gente que se encuentre en su camino sea capaz de apreciar, con rarísima sensibilidad, la belleza con la que expresa su sabiduría botánica.

La gran cualidad de Diffenbaugh es que, a pesar de que el ambiente en el que se mueven esté lastrado por cierto acartonamiento narrativo, los personajes están dotados de una personalidad interesante, y una verosimilitud infrecuente. En los personajes de Diffenbaugh -de forma muy especial en su protagonista– se puede apreciar una lucha entre sus voluntades, sus deseos y sus acciones. Una lucha en la que, salvado todas las distancias, sí deja su rastro la herencia de Jane Austen, una etiqueta que se ha convertido en un tópico que se adjudica gratuitamente a cualquier escritora joven, pero que aquí sí parece justificado. Diffenbaugh es capaz de mantener su prosa, bastante digna, entre los vértices del triángulo que dibujan esos tres elementos. Por momentos, incluso es capaz de sostener la metáfora del lenguaje de las flores, que quizás no habría merecido tanta importancia -no deja de ser una mera curiosidad– pero que defiende con una inesperada solvencia.


Por Miguel Carreira