Pedro González-Trevijano | Martes 10 de julio de 2012
Casi siempre que se inaugura una exposición con pretensiones se escuchan palabras semejantes: “no hay que perdérsela”; “es diferente a todas las demás”; “no puedes dejar de verla”. En muchas ocasiones, las entusiastas alabanzas están justificadas; en otras, ya se sabe, no tanto. Pero en el presente caso, la Exposición dedicada por la Fundación Mapfre a la obra de Ernst Ludwig Kirchner satisface, sin género de duda, los elogios. Tres razones lo atestiguan. En primer lugar, Kirchner es uno de los más sobresalientes artistas de la modernidad. En segundo término, la selección de obras es verdaderamente espectacular en calidad, Pareja de acróbatas, Mujeres bañándose…, y cantidad, con más de ciento cincuenta óleos, grabados, dibujos, esculturas y fotografías, que recorren los años desde de 1905 a 1938. Y, por último, es la primera ocasión, más allá de su puntual presencia en exposiciones colectivas sobre el expresionismo, de poder acercarnos detenidamente a su trabajo.
Kirchner es, lo adelanto, junto a Schiele, un artista maldito, y cuando menos, heterodoxo, pero uno de los inequívocos referentes del arte moderno. Es más, diría que el artista nacido en Aschffenburg vivía obsesionado por no perder el tren de la modernidad. Es como si, a lo largo de su corta vida, no hubiera querido dejar de viajar en ninguno de los variados vagones integrantes del tren de la modernidad. ¡“Sólo si se es moderno -debía pensar- se puede pintar, y, por ende, hasta vivir”! Así se explicaría quizás su interés por la más moderna de las artes: la fotografía. Modernidad, modernidad, modernidad, éste podría ser su testamento vital. Kirchner compartía pues el parecer del mismísimo Rimbaud: “Il faut être absolument moderne”.
En efecto, ya de muy joven, tras sus estudios de arquitectura (Dresde y Munich), Kirchner se siente atraído por los iconos de los nuevos tiempos, tanto los que abrieron el camino, como Van Gogh, como los que lo trazaban en ese momento (Picasso y Matisse), con la lógica influencia del secesionista y compatriota Gustave Klimt. Así que, en cuanto tuvo ocasión, se adhirió al Grupo Brücke. Todavía no ha podido abandonar del todo el lenguaje plástico del imperante simbolismo, pero ya apunta un estilo propio en sus composiciones humanas, especialmente en los desnudos, en las vistas de ciudad y en los paisajes más rústicos: una representación primitiva de las figuras, los colores vivos y puros (Muchacha desnuda con la sombra de una rama) y la ejecución de pinceladas largas, y hasta con brío.
Aunque no será hasta los años venideros, a partir de 1911, cuando adopte un lenguaje definido y personalísimo durante su estancia en Berlín. Los rasgos expresionistas que se apuntaban en sus inicios (1905-1911) se depuran y consolidan; sus pinceladas siguen mostrándonos un artista nervioso y compulsivo, al tiempo que presta especial atención al dibujo, el grabado y la escultura. Una época en la que pasa largas temporadas en la Isla de Fehmarn, donde reproduce, eso sí, a su manera, la naturaleza. Pero pronto se ciernen las peores pesadillas personales. Kirchner cae víctima de una fuerte crisis nerviosa. Unos años de angustia vital, estamos inmersos en la I Gran Guerra, que le llevan a distintos hospitales en Suiza y Alemania, pero caracterizados sin embargo por el reconocimiento del gran público, subyugado por las obras del inquietante artista. La angustia y la enfermedad son recurrentes, con la presencia en su obra de médicos, facultativos y enfermeros, destacando por su garra y calidad los de su internamiento en Kreuzlingen. Aunque también conoce lienzos más vitalistas, y hasta dotados de una cierta alegría de vivir, como Mujeres bañándose.
Buscando cambiar de aires, Kirchner se establece de forma definitiva en Suiza, corría el año de 1917, en la localidad de Davos. Kirchner abandona de momento sus peores pesadillas personales y los fantasmas de la extinta Guerra, y se erige en pintor de los paisajes alpinos (Las montañas). Unos motivos que ven como sus pinceladas se atemperan, se hacen más contenidas y tranquilas, mientras sus colores pierden de forma paralela estridencia y agresividad. Los años veinte, no sé si en este caso, felices, sí conocen su acercamiento a otra forma plástica de mirar, eso sí, ¡siempre moderna! Me refiero a los Picasso, Léger, Braque, Le Corbusier. Y también en la arquitectura, a la que siempre brindó atención, a las construcciones de La Bahaus.
Su suerte estaba, no obstante, echada. Poco duran los momentos de asueto y felicidad. Entramos en los últimos años, ya en la década de los treinta, donde nuestro hombre se acerca, aunque nunca prescinde completamente de la figuración, a la abstracción. Pero el nacionalsocialismo alemán aporreaba ya groseramente las puertas de las capitales europeas. Su pintura es incluida en seguida dentro de lo que se califica como “pintura degenerada” y se retiran sus obras, en más de seiscientas, de los museos y pinacotecas. El tiempo del espíritu de Hegel era sustituido por las botas de campaña de un mediocre soldado y peor pintor aficionado. 1938 conoce la anexión de Austria al III Reich. Atemorizado por el miedo a una invasión de Suiza, Kirchner se suicida el 15 de junio de 1938. Tomaba de esta suerte la peor de las respuestas personales ante las palabras con que Albert Camus inicia las páginas de El mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale la pena o no de ser vivida, es responder a la cuestión fundamental de la filosofía.” Nosotros, setenta y cinco años después, no albergamos duda: la pintura de Kirchner merece mucho vivirla.
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