José Antonio Sentís | Miércoles 11 de julio de 2012
El presidente del Gobierno de esta España de agoreros, a los que desgraciadamente no se les puede quitar toda la razón, ha decidido que la primera gran batalla es contra el déficit y la deuda. Tampoco a él se le puede quitar toda la razón. Más aún, esa prioridad es tan lógica como necesaria, aunque suponga ajustes de los que pocos españoles se pueden librar. Y la única forma de hacerlo, a falta de mecanismos de política monetaria y a falta de financiación exterior que alivie el peso de los intereses de la deuda, es el recorte de gastos públicos y los impuestos al sector privado.
Eso lo ha hecho y lo hace bien Rajoy, aunque le suponga un doble trago: desdecirse de lo que creyó y dijo que podía hacer, y trenzar una soga política alrededor de su cuello al tocar el bolsillo de sus electores, que es su bien más preciado por encima de ideologías. Pero nadie discutirá que Rajoy ha sido valiente en su dolorosísima rectificación.
Lo siguiente que ha hecho y hace bien Rajoy es luchar por el saneamiento del sistema financiero. Él, como cualquiera, sabe que los bancos son antipáticos. Pero él, más que cualquiera, sabe que el armazón financiero es insustituible para el conjunto de la economía del país. Sistema circulatorio del cuerpo nacional, le ha llamado al aparato financiero, y es una comparación afortunada.
Precisamente por ese convencimiento, Rajoy ha logrado muy buena negociación con la Unión Europea para allegar cien mil millones de euros, si son precisos, a bajo interés y con una carencia de diez años, para recapitalizar a la banca española con problemas. No es diferente de lo que hicieron otros socios y otros países, como Gran Bretaña o Estados Unidos. Sólo que ellos lo hicieron cuando debían y nosotros, ay, estábamos embelesados en el neokeynesianismo, en Krugman y en el plan E, y perdimos un tiempo precioso. Justamente el saneamiento financiero es el único que puede permitir que vuelva a fluir el crédito en nuestro país, base indispensable para la recuperación.
Lo tercero en lo que acierta Rajoy es empezar a desmontar la falacia de un sistema clientelar en el que los dirigentes políticos han comprado votos a base de deudas. Y no solo bancarias o externas, sino incluso internas. Es decir, contratando servicios que después olvidaban pagar. Por eso, la liquidación de las deudas públicas con proveedores hasta 2011 ha sido un gasto comúnmente elogiado, aunque a Rajoy le hubiera probablemente encantado no tener que echarse a la espalda otros 30.000 millones de los euros que no tenemos.
El cuarto acierto de Rajoy, en este caso poco valorado, es intentar compatibilizar los recortes con una cierta solidaridad social. Ahí, Rajoy es presa de la demagogia ajena en dos direcciones. Por un lado, los que ponen el énfasis en el coste social de los ajustes; y, por el contrario, los que entienden que esos ajustes son siempre pocos. En el primer caso, nunca se aplica el recorte a quien se debe, porque debería hacerse a otro (los ricos, que es una forma indeterminada de decir a cualquiera menos a mí); y en el segundo caso, porque creen que ha llegado el momento de ajustar las cuentas con todo, porque lo hemos hecho mal en todo. Un discurso, éste último, que empieza a sonar a que España estaría algo mejor sin españoles, que hay que ver los que sobran y lo que gastan.
Moverse en ese equilibrio es complicado, y por eso Rajoy puede ser criticado por todos, pero hay que reconocer que intenta afrontar con prudencia una situación condenadamente laberíntica con el menor coste social posible. Y es meritorio puesto que, ya que Rajoy va a ser puesto a parir por todos los sectores, podría haber tenido la tentación de tirar por la calle de en medio, y ya que le van a hacer una huelga general, lo mismo da recibirla por un ajuste del diez por ciento que por uno del veinte.
¿Qué es, sin embargo, lo que Rajoy no está haciendo bien? Sólo por empezar por lo último, el propio hecho de aprovechar un debate sobre el último Consejo Europeo, con el fondo de las ayudas a la Banca española, para anunciar medidas de recorte durísimas ha permitido la crítica fácil de decir que el dinero de los españoles se va a destinar a recapitalizar la Banca. Cualquiera puede saber que son dos cosas diferentes, y que los ajustes son por el déficit y, en eso, la Banca no tiene directamente que ver. Y que lo que la Banca saque de créditos, la Banca lo tendrá que devolver. Pero siempre puede surgir un Cayo Lara, cuyas soluciones para la crisis probablemente serían ya desechadas por Lenin, que se ponga a agitar las aguas para convencer a los incautos y vapuleados españoles de que el dinero de todos va a los ricos.
Lo siguiente que Rajoy no ha hecho bien ha sido anunciar una amnistía fiscal que no ha recaudado dinero, pero sí argumentos en su contra, una vez más por favorecer a los ricos, asimilados a defraudadores. Esto, y la pasividad de Rajoy al no explicar por qué no pone un impuesto a las grandes fortunas o a las transacciones financieras, le debilita políticamente. Y, puesto que no toma esas medidas populistas, aunque se hagan más para la galería (véase Hollande u Obama) que para la recaudación, da la impresión de que el Gobierno persigue a las clases medias y bajas para alimentar con su sangre a los nunca suficientemente citados ricos.
Lo tercero que Rajoy debería, si le place, reconducir, es el discurso sobre el Estado. En el imaginario popular, los despilfarros políticos, señaladamente en las Autonomías, están en el corazón de los males de España. Y lo están, por cierto. Pero muchos políticos y muchas autonomías están intentando revertir la situación. Muchos, si no todos, los políticos españoles se han bajado los sueldos; se han recortado las asignaciones a partidos; se han reducido los gastos suntuarios.
Pero todos, y Rajoy el primero, sabemos que ese recorte no es aún suficiente (sin llegar a la opinión de algunos sobre la necesidad de un genocidio político, es decir, que no quede ni uno). Rajoy ha preferido, por el contrario, el camino paulatino de la asunción voluntaria de responsabilidades, se supone que para no sumar a la catástrofe económica y a la revuelta social el estallido autonómico. Pero ese camino no ha sido explicado, ni tiene una pauta clara. ¿Y si las Comunidades, en uso de su autonomía, hacen de su capa un sayo?
¿Es la mala administración autonómica la causante de los dispendios, o es el propio sistema autonómico el que conduce inexorablemente al gasto sin tasa o control? Ésa es le pregunta que debe responder Rajoy, y es su obligación resolver el propio hecho de los despilfarros, pero también de corregir aquellos defectos institucionales que los permiten o no pueden evitarlos.
La situación social se va a calentar inevitablemente en España. Nadie quiere perder su subvención (véanse los heroicos mineros tan jaleados por pedir que les sigan dando dinero público) ni pagar más impuestos. Nadie quiere perder privilegios, generalmente confundidos con derechos, y todos creen que son otros los que deben resolver el problema (los ricos, obviamente) y que el Gobierno sólo tiene una misión en la vida: intentar fastidiar a los ciudadanos votantes.
Pero la cosa no da para más. Los gurús económicos, que sólo aciertan a toro pasado, dirán que tal vez el IVA no debería haber subido tanto, aunque otros piensen que lo ha hecho poco; algunos pensarán que la lucha contra el fraude evitaría pagar impuestos y otros pensarán que siendo imprescindible, tampoco daría lo suficiente. En fin, las medidas de Rajoy no serán perfectas, y para eso está la oposición, para proponer mejores. Pero algo hay que hacer, porque nos vamos al sumidero.
Recortes, reformas estructurales y un poquito de más Europa podrían acortar nuestro tiempo en la UCI. Porque aunque hagamos todos nuestros deberes, si las máquinas de respiración asistida de Bruselas solo dan para mantener el coma, tardaremos un mundo en salir de ésta. Pues la historia nos dice que de las crisis se termina por salir, sólo que no dice cuándo.
Tal vez sea el momento (y ya se observan algunos síntomas, como el préstamo a nuestra Banca problemática) de que los guardianes del euro se pongan las pilas y pongan un esparadrapo en la boca a los aguafiestas europeos, ésos a quienes señalaba Erkoreka, que no pierden la oportunidad de sabotear cualquier noticia que pueda ayudar a que España recupere la confianza de los inversores.
Pero es que ya no es preocupante lo que nos amargue la vida el finlandés de turno. Lo que sí lo es, es la legión de talibanes que pide la solución final para acabar con la crisis, que es el desmontaje de la Administración, la Función Pública, la Política y la Banca. Y también, en sentido contrario, el inmenso coro de plañideras que llora por el juguete perdido, ese Estado de Bienestar a crédito que nunca nadie tendría que pagar, porque era un regalo de la Providencia.
¿Qué tal si vamos paso a paso, ponemos mucha imaginación y esfuerzo, y entre todos y con Europa salimos de ésta?
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