Opinión

Fátima

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 13 de julio de 2012
Fátima, Altar del Mundo, es el reino transcendente de una Señora de túnica azul celeste festoneada con hilo de oro bajo la corona dorada de Reina del Cielo. Señora la más bella de Portugal, que con sus manitas juntas en posición de rezo, enlazadas o atadas por el Rosario, nos recuerda la actitud y postura milenarias del rezo de los barbados sacerdotes elamitas, que sobreviven en el Museo de Pérgamo, en Berlín, con su falda de ordenados vellones de lana. Cuatro mil años contemplan el gesto y la postura concentrada de la oración. Señora del Cielo, la más bella portuguesa, tus delicados hombros de princesa celícola se presienten bajo tu manto de azul de pureza clara. Y es que somos muchos los que tiramos de tu manto, para no hundirnos en el pecado del Mundo. Sobre una pilastra que remeda la altura del tronco de la encina sobre la que por primera vez apareciste a los pastorcillos, Lucía, Jacinta y Francisco, nos miras misericordiosa como Madre atenta a las necesidades de sus hijos desorientados, perdidos en la eterna incertidumbre del horizonte construido por los hombres. Algunos peregrinos - ¡todavía! – se ven marchando arrodillados alrededor de tu explanada, haciendo penitencia por los letíferos pecados del Mundo. Veo los ojos azules de una portuguesiña con las rodillas ensangrentadas. Su mirada angélica nos confirma que si hace penitencia no será precisamente por sus pecados, sino para desagraviar al Cristo irritado y enfadado, representado por la atrevida artista irlandesa Catherine Green, a causa de los graves pecados de muchos hombres, situado en el horrísono edificio de la Iglesia de la Santísima Trinidad.

A través de miles de fieles apasionados avanzas en la noche fría, entre diez mil antorchas que alejan la oscuridad del mundo, nuevo bosque andante de Birnam contra la horrible tiranía del pecado. Avanzas sobre el férvido oleaje de las multitudes, Reina del Cielo, Señora de mi corazón, sublime Dama de mi entrega como miles amoris al amour courtois, rutilante estrella de esperanza en esta negra noche de Hispania, delicada belleza femenina del mundo angélico.

Efectivamente, frente a la austera Basílica de Nuestra Señora del Rosario, consagrada en 1953, con un estilo neoclásico sobrio que imita por sus pórticos los brazos desplegados de la Plaza de San Pedro, se yergue como un eterno monumento al mal gusto la cisterna-auditórium de Alexandros Tombazis ( desde que algunos obispos españoles van a comer a los restaurantes chinos el buen gusto de la Iglesia ya no es seguro ), un feo engendro circular con un diámetro de 125 metros, una especie de gigantesco thólos micénico sin gracia alguna sostenido por dos grandes vigas de 182´5 metros de largas, con una superficie libre de 80 metros, cuya intención pudo ser imitar los Propileos de la Acrópolis de Atenas, pero que su desnuda fealdad sin los frescos de Polignoto las dejan como recios pasillos hacia el búnker de muchas pýlai. Su interior presenta un plano ligeramente inclinado, permitiendo una buena visibilidad del altar a partir de todos los ángulos. De hecho, si no fuera por el magnífico y atrevido Cristo de Catherine Green, todo el mundo diría que esta cisterna es un auditórium con su balconada para la Prensa. Este auditórium se llama la Iglesia de la Santísima Trinidad. No obstante, la relación entre la longitud de las vigas y el diámetro de la cisterna-auditórium responde al numerus aureus de la arquitectura clásica. Algo es algo.

El Cristo de Catherine Green primero nos escandaliza y perturba, luego nos hipnotiza y convence. Es un Cristo enfadado que parece decirnos: “¿Qué más puedo hacer por vosotros para que me atendáis?” desde una cruz cuya madera no toca, que su cuerpo martirizado parece transcender. La justicia de Dios parece irritada. Porque Dios es benévolo, pero también justo. Cristo ennegrecido con la ceniza gris de nuestros pecados, de piernas hinchadas, hematomatadas por las caídas bajo el peso de la cruz. Desesperación contenida de Dios, enfado inquisitivo con altisonante silencio. El Hijo de Dios está enfadado, sí, está enfadado conmigo y con muchos otros. Magnífica y atrevida escultura que te impacta de forma desagradable en un principio, para finalmente cautivarte.

A la izquierda de la entrada “propileica” de la Iglesia de la Santísima Trinidad nos encontramos con un enorme crucificado de estilo que nos recuerda el expresionismo neogótico alemán con maneras de hacer minimalistas. Todo en la figura del crucificado responde a una lacerante interrogación sobre el destino del mundo, y hay quienes relacionan esta obra con el tercer misterio de la Virgen de Fátima.

Pero Fátima corre un cierto peligro de convertirse en un parque temático, como el de Walt Disney, en las cercanías de París junto al Marne. La proliferación de Museos sobre aspectos básicos de la religión católica y sobre las apariciones que se representan en 3D están convirtiendo la tierra en donde puso sus divinas plantas nuestra Señora en domus negotiationis et latronum spelunca. Y con ello se va disolviendo paulatinamente el aroma sencillo y sobrecogedor con el que se transmiten las apariciones y mensajes de la Virgen, además de sentir las almas delicadas un hondo repelús hacia estos montajes que profanan sin duda la radicalidad del mensaje mariano.

La fama mundial de este santuario se fundaba sin duda en la ingenuidad y pureza del entorno sagrado y los actos sencillos que se celebran en él. Su verdad sobresalía sobre otros santuarios por esa ingenuidad y desnudez del misterio. Negociar o traficar en Fátima con el misterio mariano, con su enigma nunca del todo descifrable – es una verdad que nunca está ocupada del todo – es herir sin duda también el corazón inmaculado de María, lo que sin duda supone una paradoja imperdonable.

En estos momentos de tremenda crisis económica y moral en nuestra patria, los que aún conservamos algo de fe debemos girarnos a María y rezar con Ella el Santo Rosario todos los sábados, especialmente los primeros sábados de cada mes. Hoy más que nunca sólo nos queda la confianza en Dios, y como medianera ante el trono divino Aquélla por la que se llamó a España “la tierra de María Santísima”. Invoquémosla, una vez más, pues sólo ella nos puede valer.

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