Opinión

Soy excelente

Antonio Domínguez Rey | Sábado 14 de julio de 2012
Estoy de enhorabuena. Debo congratularme. Me remiten un informe con varias casillas cuyas equis marcan siempre el ítem excelente. ¿Y qué encuadran? La evaluación de una guía académica de asignatura del próximo cuarto curso de Grado, título que sustituye a la ya antigua Licenciatura, minorada hoy en tiempo, exigencias y alcance de conocimientos. La comisión correspondiente, cuyo nombre exacto no importa -una más de las varias habilitadas al respecto-, evalúa la adecuación y propuesta de programa, sus objetivos, según competencias, habilidades y destrezas que, se supone, encuadrarán, a su vez, los cerebros y conducta de los futuros y casi inmediatos estudiantes. Las competencias comprenden gestión autónoma y regulada del trabajo, gestión de la calidad e innovación, comunicación e información, uso de “herramientas” -somos obreros de la industria y empresa educativa- y recursos -¡nada menos¡- de la Sociedad del Conocimiento, trabajo en equipo con “roles” o funciones diversas y, lo que más me impacta (el impacto es grado decisivo de reconocimiento intelectual), la competencia de compromiso ético. Cuida esta la originalidad del trabajo y de la investigación, es decir, vela porque no haya plagios.

La programación de la guía de estudio ocupa un mes o más del tiempo académico. El profesor asiste a varias reuniones preparatorias e incluso, si procede, seminarios de orientación. Son otros colegas evidentemente los que imparten este tipo de docencia, con sus certificados correspondientes. Se crea así un círculo autotélico muy del gusto de quienes creen, ingenuos, que se ha logrado aquella Sociedad del Conocimiento, es decir, la socialización académica. Los autotélicos son, en su mayoría, psicólogos, pedagogos, informáticos o, recompuestos, psicopedagogos informatizados, si se prefiere, también al revés, informáticos metidos en la psiquis infantil de los profesores así reciclados. El sistema se autoconforma. Reconvierte la energía acumulada en nueva potencia productiva.

Después de cuarenta años, y algo más, metido en procesos educativos, dieciséis en Instituto de Enseñanza Media, como se denominaba antes la actual Enseñanza Secundaria, veintidós en Universidad y tres, cuatro, al principio, en la privada, recibo, por fin, el reconocimiento de excelente. Y debo el agradecimiento al nuevo Plan Bolonia. ¡Loada sea esta ciudad célebre, cuna de la Universidad internacional! Podré retirarme, complacido, con su venia.

En todos esos años docentes transcurridos en pueblos, ciudades del país y algunas de Francia, nunca había asistido a tal grado de cretinización pública. Los profesores de instituto vivimos su umbral iniciados los años ochenta. Se trataba entonces de reconducir criterios de programación y unificar métodos de estudio. Se veía ya, no obstante, que el proceso iba minando los contenidos y la forma de contenerlos. El medio de aprendizaje, su estructuración y burocracia, sustituía lentamente al conocimiento impartido. La estructura dominaba el encuadre del sujeto temático. Al final, se sobrepuso. El nuevo organigrama creó nuevas dependencias, niveles administrativos, funcionarios, gestiones, cargos provinciales, hoy autonómicos, múltiples puestos de Estado además bien resarcidos con nóminas y tributos sociales. A los profesores les interesaba más el proceso como vía de promoción burocrática, y política, que realmente académica. El alumno y estudiante eran el punto de apoyo de una programación ascendente. Y siguen siéndolo. Han favorecido la creación de departamentos, aulas, centros pedagógicos o aplicados a tales fines por todos los rincones del Estado. Su culminación es la Secretaría de Universidades y la ya famosa agencia de acreditación del profesorado, conocida como ANECA.

Y como derivación, se multiplicaron en las universidades los vicerrectorados, facultades, departamentos, seminarios, congresos. El tema es infinito, pues cualquier aspecto se tematiza. Vivimos una rematización continua de cualquier complemento y circunstancia. Ganan la imagen, el cartel, folleto, el vídeo, la mecánica autotélica del engranaje. No la imagen instructiva, siempre necesaria y altamente reveladora, sino la productiva mecanizada. El tema pasa del croquis al folio impreso o a la pantalla digital. Aquí se desfolia, es decir, recompone dividido en secciones por competencias, silos estancos. La imagen incide concentrando la atención y convirtiendo la letra impresa, el habla explicativa, en mero medio del proceso, algo secundario que, cuando más, si acierta, reconduce la mirada, el foco de atención. Si el conocimiento no viene “imaginado” como estampa o cadena suya sucesiva, la recepción no funciona. No impregna. Y el profesor, tampoco. Vive con el ojo puesto en el impacto, el reconocimiento del reciclaje. Lo que importa es el informe. Y para ello, todo ha de conformarse según el proceso digitalizado, única vía y medio de presencia y reconocimiento académico.
Con el parabién de excelencia me viene al recuerdo una programación de estudio elaborada cuando era catedrático de Instituto en un pueblo del norte de Andalucía, segundo lustro de los años setenta. Recorrió, según supe pasado cierto tiempo, varias dependencias administrativas y más de un inspector educativo la usó -siempre hay alguien atento a estas transformaciones y no duda en comunicarlas- con beneficio propio. Eso mismo sucede ahora con el reciclaje de guías bolonianas. Unos aprendemos de otros y cada uno suple, disimula lo que ignora reciclando su cerebro con “google”, los folios del colega y, especialmente, el coordinador de turno se beneficia de todo lo que le llega y alcanza. He comprobado dos veces que parte de la redacción y estructura de ideas enviadas al rectorado en los primeros esbozos de Máster, cuando se impuso Bolonia, venían recicladas luego como normativa. Y esto mismo lo comprobamos, una vez más, en el reciclaje autotélico que nos llegaba, con sello de Estado, desde el ministerio correspondiente.

Los poderes de turno estaban vacíos. Otro de los efectos digitales del proceso de reconversión mediática, aplicado ahora a la política, consiste en obtener un puesto, lo más alto posible, y desde él, coordinar lo recibido, las ideas ajenas. Las introducen en el proceso, las rebobinan, sacuden, y al BOE.

La competencia que más me impresiona, de las anteriormente indicadas, es la ética, palabra también sacudida, rebobinada. El plagio se ha mediatizado convertido, con el disimulo, en simulación. El recuadro que indica cómo incorporar las competencias bolonianas a las guías de estudio explicita muy bien el compromiso ético de la modalidad orientativa. Debemos crear “Situaciones de simulación de entornos profesionales”.

El contorno es hoy el quicio de la Sociedad del Conocimiento. Quien no se entorna, no funciona. Debe reciclarse, adquirir competencias, pero entendiendo bien el nuevo “escorzo”, que diría Ortega y Gasset, con ironía, evidentemente, de la palabra competencia: idoneidad propia de toda competición. Su cualidad primera consiste en saber integrarse en el grupo. La segunda, sonreír mucho, sobre todo ante las barbaridades de los colegas y en comandita con los líderes de otras agrupaciones adosadas, tales sindicatos y partido de poder en ejercicio. La tercera, usar todos los subterfugios de rodeos, expresiones comunes bien seleccionadas de acuerdo con la sección administrativa en juego. La cuarta, saber intervenir en el momento oportuno dando la razón a quien habla pero reconviniendo con astucia el contexto. La quinta… Y así, poco a poco, resulta uno dueño de la situación y adquiere cargo, función que algunos colegas ya van denominando “autoridad”, como advirtiendo el ansia oculta que, en el fondo, corroe.

Soy excelente -¡qué alegría!- por saber iluminar una página de estudio; encuadrar un ejercicio o actividad con el objetivo equis de un contenido; indicar al estudiante qué palabras o conceptos son los más importantes de tal unidad temática, dónde halla más referencias; proporcionar el tiempo de estudio necesario con el de su vida y actividad social… Y lo más importante, adecuar los contenidos a lo que, se supone, es la mente del estudiante en este preciso momento, aunque sea el suyo nivel propio de escuela. Si el tono sube de exigencia, o si el texto no está suficientemente desfoliado, por ejemplo un discurso de Cicerón, entonces interviene el comité oportuno de vigilancia evaluadora de la calidad, programación e innovación docente. Salta por encima de la libertad de cátedra, autonomía y cualidad universitaria avalada públicamente por varias oposiciones y concursos oficiales, donde ya se exigía lo mismo, y sanciona -nuevo reciclaje de cretinización- negativamente lo presentado. ¡De ello depende el número de matrículas¡ Hay voces que señalan a becarios y otros estudiantes elegidos para tales funciones. Quiero creer que esto es leyenda de pasillos.

Sabemos que el señor ministro de Educación, Ciencia y Deportes busca ideas de futuro. Seguramente no conoce aún bien la riqueza y altura intelectual de su entorno. Le sobran cabezas productoras de conocimiento. Puede elegir jugando con nombres e ideas a los chinos.

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