Cultura

[i]Elefante Blanco[/i]: Ricardo Darín se viste de sotana

crítica de cine

Domingo 15 de julio de 2012
El cineasta argentino Pablo Trapero ha vuelto a contar con el actor Ricardo Darín para su nuevo trabajo, que acaba de estrenarse en España y en el que sigue apostando por el compromiso social.

Pablo Trapero es ya todo un director especializado en películas comprometidas: Mundo grúa en 1999, El bonaerense en 2002, Leonera en 2008 y Carancho en 2010. Con Elefante Blanco, que fue presentada en la última edición del Festival de Cannes, Trapero describe el durísimo trabajo que llevan a cabo tres personas en un barrio marginal de Buenos Aires llamado Villa 31, “crecido” a los pies del que podía haber sido el hospital más grande de América Latina y que acabó siendo un enorme edificio en obras abandonado al que nadie quiso - o pudo - ayudar para que alcanzara su loable destino. Es el “Elefante blanco” que da título a la cinta para la que Trapero se inspiró en el padre Carlos Mugica, que murió asesinado a tiros.

Ricardo Darín encabeza el reparto con un papel que le lleva a vestirse de sotana, aunque únicamente para los oficios religiosos. El resto del tiempo, su personaje, el padre Julián, sólo lleva el alzacuellos mínimamente visible para ser reconocido en su dura labor de ayudar a los marginados aunque, en realidad, allí, en el inframundo que representa Villa 31 todos le conozcan ya. No ocurre igual con el padre Nicolás, a quien da vida el actor belga Jérémie Renier, porque acaba de llegar al poblado de chabolas después de haber sobrevivido a una matanza en el Amazonas. Su amigo, el padre Julián, le convence para que se instale con él y le ayude en su misión. Junto a los dos religiosos está Juliana, una asistente social a quien interpreta Martina Gusman, y que pone el contrapunto a las diferentes visiones que cada sacerdote tiene de la mejor forma para ayudar en un lugar donde es muy fácil que esa ayuda se convierta en peligro de muerte.

Porque en el mundo marginal que Trapero presenta al espectador con total realidad, sin ahorrarle ningún detalle, los héroes cotidianos que hacen de su vida un servicio para los que no tienen nada, han de andar con pies de plomo. En el fondo, aunque se les aprecie por lo que hacen, son sospechosos tanto a los ojos de los que están dentro como de los que están fuera. Aunque se les reconozca el esfuerzo, a veces parece que se les exige una razón material para justificar su entrega. Hasta que ellos mismos tienen momentos en los que dudan de su misión. En el personaje de Luciana es donde se percibe esa duda con más claridad y ella misma llega a preguntarse qué es lo que le mueve a sacrificar una existencia de comodidades para estar al lado de los más desfavorecidos, que a veces la ven como si fuera el enemigo. Pero también se encuentra en el caso de los sacerdotes, especialmente en el padre Nicolás, que atraviesa una fuerte crisis de fe, que le lleva a cuestionarse todo, incluso su propia vocación.

El inevitable choque que pone en una situación todavía más límite la existencia de esa ciudad oscura, a causa de un enfrentamiento con la policía por narcotráfico, será la chispa que haga saltar todos los elementos latentes de la personalidad de los personajes y lleve a un final cortante, desesperado, sin solución. Un final sin final, que deja un amargo gusto en la boca y que nos enseña lo poco que en realidad hacemos todos los demás por quienes viven una lucha diaria para sobrevivir en las circunstancias más adversas.

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