En la FRONTERA
Domingo 15 de julio de 2012
Debemos preguntarnos: “¿Qué ha pasado en los últimos 50 años?” y hacer un cuadro descriptivo vivo y un balance-valoración del desarrollo de los acontecimientos especialmente significativos e influyentes a lo largo de estos cincuenta años en el Mundo y en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II hasta el momento presente, un cuadro que recoja los gozos, esperanzas, tristezas, angustias, frustraciones y logros que marcan este amplio período.
La implantación, afirmación, consolidación de la democracia, como sistema de libertades y supuestos comunes básicos que hace posible la pacífica convivencia de quienes profesan opciones diversas , constituye sin duda un ideal cuya realización no exige renunciar a la verdad y aceptar el relativismo. La democracia no sólo es compatible con la presencia pública de la religión, sino que tiene en ésta una de las fuentes de sentido que más eficazmente pude alimentarla, preservarla y perfeccionarla. En otros términos: puede decirse que la secularización no es en modo alguno una condición de posibilidad de la democracia. Si hace unos años, se daba por supuesto que la secularización avanzaría de modo implacable y terminaría por hacer desaparecer a la religión de modo absoluto o al menos la expulsaría definitivamente del espacio público, asistimos hoy, contra todo pronóstico laicista, no solo a la pervivencia de la religión allí donde la secularización no ha llegado a producirse, sino al retorno y nueva presencia cada vez más pujante de lo religioso en el mundo occidental.
En la asunción de un nuevo compromiso social y político, ha de prestarse atención prioritaria a la familia y a la educación que en primer lugar a la familia compete. Frente a cualquier pretensión estatista es necesario reconocer y garantizar a los padres el preferente derecho que les asiste para decidir el tipo de educación que han de recibir sus hijos. Es necesario defender a la familia frente a los ataques a los que la somete la ideología de género, afirmarla y ensalzarla como realidad natural, soporte antropológico fundamental de la sociedad, de la pacífica convivencia sociopolítica.
Hay que dar una respuesta cristiana a la crisis. La fe cristiana, desde cuya perspectiva sin duda pueden afrontarse con esperanza situaciones adversas, no nos permite ninguna escapada insolidaria sino que nos urge a una tarea de saneamiento estructura radical del sistema que extirpe las raíces de la insolidaridad. Y hay que dar respuestas a la crisis como el impulso de la caridad, la solidaridad, el sentido de la justicia y la indignación ante casos verdaderamente criminales de egoísmo. Por eso es necesario más que nunca ese compromiso de solidaridad. Pero, por otra parte, el olvido, la negación de Dios, conduce siempre a la negación del hombre, de su valor absoluto y de su dignidad como persona, a la cultura de la muerte que sacrifica a los débiles en interés de los poderosos y que es la más clara presencia del mal en el mundo de hoy. No podemos, por tanto, dejar de alzar la voz en la afirmación de la defensa de la cultura de la vida frente a esa cultura de la muerte, favorecida también por la ideología de género, que aparece instalada en muchas instituciones y centros de poder nacionales e internacionales.
Por todo ellos como decía al inicio hoy más que nunca es necesario “Un Nuevo Compromiso Social y Político”, y a ellos vamos a dedicar las sesiones del próximo Congreso Católicos y Vida Pública que se celebrará en Madrid los días 16,17 y 18 del próximo mes de noviembre.
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