Andrea Donofrio | Domingo 15 de julio de 2012
Parecía un rumor, una remota suposición, una simple especulación que generaba incredulidad y preocupación. Hoy es realidad: Silvio Berlusconi ha confirmado que se presentará a las elecciones generales de 2013 como candidato de centroderecha. Según han afirmado él mismo, su delfín Alfano, y Cicchitto, el jefe del grupo del Pueblo de la Libertad en la Cámara de los Diputados, “Berlusconi es nuestro candidato a primer ministro”. Tanto es así que renunciará a sus vacaciones en Cerdeña (y a organizar fiestas como aquella en la que pudimos ver al ex primer Ministro checo, Topolanek, desnudito…) para preparar su vuelta a la política activa. Temíamos el eterno retorno del cavaliere y si por un lado he de admitir que Berlusconi representa una excelente musa, una fuente de inspiración constante, su regreso nos preocupa por el futuro de Italia y de Europa.
A medida que se revelan los detalles de esa decisión, resulta evidente que se trata de un retorno al pasado, un cambio de maquillaje con el oportunismo y el cinismo de siempre. Berlusconi baraja la posibilidad de crear un nuevo partido con gente de cuarenta años (él con su 76 años…), con una mujer de número dos (obviando su manifiesto machismo y escasa consideración de la donna). Ya está preparando su estrategia: promesas solemnes, acusaciones a los anteriores gobiernos por la grave crisis de Italia (omitiendo su década de poder…) y la negación del conflicto de intereses. La principal novedad es la búsqueda de un nuevo nombre de batalla (¿Rosa tricolor? ¿Rosa por su madre?), como presunta garantía del cambio. Y para completar la operación de maquillaje, el restyling, un nuevo símbolo: parece que apuesta por una cometa tricolor, pensando que pueda infundir optimismo y dotar de un nuevo rumbo al país. Y una vez más, se recurrirá a una retórica profundamente populista, de espíritu fuertemente patriótico, usando un discurso antialemán y antieuro, de moda en la extrema derecha europea. Pasan los años, pero Berlusconi reitera su estilo: un día suelta una frase, el día siguiente la desmiente; un día dentro del euro, el siguiente de vuelta a la lira; un día arremete contra la Merkel y otro la halaga.
Aún así, la decisión de los parlamentarios de centroderecha de nombrarle una vez más candidato a primer ministro no debe extrañar, ya que, es sabido, que su partido se apoya sobre una base de clientelismo, populismo mediático y fidelidades personales. En estos años, Berlusconi ha convertido el partido en su corte y los miembros del Gobierno han sido tratados, caprichosamente, como personal de servicio, repartiendo regalías por su obediencia y fidelidad. Como recordaba Sartori, “nadie siquiera chista. Los ministros del partido de su propiedad lo son por gracia recibida.
Vuelven a sus casas sin una queja si así lo decide el patrón”. Y si él quiere volver a presentarse, tienen la “obligación” de apoyarle. Él mismo lo sabe y repite “Es inútil, sin mi no vais a ningún lado...”. Y ahora, nos espera otra vez el bombardeo publicitario con su rostro, la presencia de su persona y de su entorno, ineficaz e investigado, en sus televisiones…
Mientras Monti parece recordar que “pacta sunt servanda” y confirma que se apartará de la política activa en 2013, la decisión de Berlusconi suena como una “amenaza”, “un mensaje particularmente nefasto”. La misma radio vaticana ha afirmado que “se trata substancialmente de una vuelta atrás”. Se trata de una decisión grotesca, dañina para Italia y Europa. No obstante, con Berlusconi no existen las casualidades: de hecho no es casual que Silvio quiera volver ahora que su grupo Mediaset está acumulando grandes pérdidas y el proceso del caso Ruby se aproxima a su final. Su cálculo político parece claro: ser elegido le permitiría garantizarse nuevamente la inmunidad judicial y poder así tutelar los intereses económicos de su imperio empresarial en crisis.
Y mientras Berlusconi está estudiando sondeos, intenciones de voto y preparando una estrategia, su decisión podría perjudicar el funcionamiento del país en un momento tan crucial y difícil. Tras esa decisión, es probable que los partidos y los parlamentarios entren en campaña electoral y, por lo tanto, el apoyo al Gobierno Monti podría verse condicionado por cálculos electorales. Asimismo, el retorno de Berlusconi afectará a la imagen de toda Europa, demostrando que uno de los países fundadores de la UE sigue siendo incapaz de aprender de sus errores. Los italianos creíamos, como decía Montanelli, estar vacunados contra la “enfermedad” Berlusconi, y sin embargo aún corremos peligro. Para los italianos, rechazarle sería una prueba de madurez política y responsabilidad socio-económica. Se trata de resistir a la tentación populista, mostrando que los italianos ya no padecen la “síndrome del balcón”, la predisposición a aceptar a los demagogos, los megalómanos presuntos salvadores de la patria. Errare humanum est, sed perseverare diabolicum…
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