Economía

El FMI agita el fantasma de la deflación

Crónica económica

Miércoles 18 de julio de 2012
Christine Lagarde ha impreso sobre los informes del FMI su característico sello alarmista. O quizás sean los propios expertos del FMI los que han convencido a la francesa. La última alarma pesa sobre la eurozona y tiene un nombre con reminiscencias de la Gran Depresión de los años 30': deflación. Por José Carlos Rodríguez

El relato “canónico” sobre la Gran Depresión, si es que ha de haber alguno, es el que escribieron al alimón Milton Friedman y Anna Schwartz (quien ha muerto recientemente) en su obra conjunta A monetary history of the United States 1867-1960. No es que se la recomiende al lector, ni que asuma su interpretación. Es importante, y la traigo a colación, por lo que tiene de relato más aceptado que los demás. Y en él los dos autores, la experta en asuntos monetarios y Milton Friedman, señalan la responsabilidad de la Reserva Federal por haber permitido que Estados Unidos cayese en una perversa deflación. Si lo hubiese impedido, con una política monetaria más activa, habría evitado algunos de los peores efectos de esa crisis.

Esta interpretación, pese a haber sido ampliamente contestada, ha ido ganando adeptos desde la publicación del libro. Por eso la mención del FMI a la deflación en la eurozona no es baladí. Lo hace en su último informe sobre este área económica, publicado este miércoles. El FMI dice que “las perversas relaciones entre deuda soberana, los bancos y la economía real son más fuertes que nunca. En consecuencia, los mercados financieros se están fragmentando cada vez más según las fronteras nacionales, la demanda se está debilitando, las presiones inflacionistas pierden fuerza, y el desempleo crece”.

Pero va un poco más allá: “La inflación va a decrecer significativamente y podría incluso ser negativa. La inflación quedará por debajo del 2 por ciento en 2013 y permanecerá ahí en 2014”. La inflación subyacente, por su parte, muestra “muy bajas presiones” alcistas. “Es más”, señala, “dadas las bajas perspectivas de crecimiento, existe un considerable riesgo de que incluso pudiera ser negativa en el medio plazo”, una probabilidad subjetiva del 25 por ciento. Pero “este riesgo es relativamente bajo en las economías en crecimiento, pero significativo en la periferia, donde los aumentos de los precios administrativos y de los impuestos están enmascarando mayores presiones a la baja”.

Ante esta situación, y con la experiencia de la Gran Depresión interpretada por Friedman y Schwartz, el FMI llama a una mayor acción por parte del BCE. Todo vale. Bajadas de tipos, flexibilización cuantitativa, compras de bonos, medidas de liquidez extraordinarias como los LTRO... Lo que sea.

Hay al menos una interpretación contraria sobre cuál debe ser la política monetaria en estos momentos. La deflación no es necesariamente un mal. O, al menos, no debe verse como un fenómeno aislado en el ciclo económico. Es la respuesta racional al exceso de liquidez, al crédito excesivo y malsano de la época del boom. Y cumple una función económica muy importante.

Favorece, de un modo efectivo, aunque también duro, el ajuste que tiene que experimentar la economía real. El proceso de ajuste pasa por la liquidación de numerosos e importantes procesos productivos que no son económicamente viables, pero que lo parecían cuando los bancos centrales engañaron al mercado con los bajos tipos. La destrucción del crédito en la fase de ajuste, de la que la caída de precios es sólo una de sus manifestaciones, es clave en ese proceso. No sólo no se debe impedir, sino que debe operar en toda su extensión. Esta no es la opinión mayoritaria de los economistas, todo sea dicho.

¿Corremos riesgo de “caer” en la deflación? Por descontado. Como digo, es una fase característica de este estadio del ciclo económico. Pero el riesgo, el verdadero riesgo, es que todas las medidas monetarias adoptadas hasta ahora, más las que piden el FMI, los gobiernos manirrotos y toda una pléyade de organismos e instituciones, conduzcan en una nueva fase a una inflación acelerada y, en última instancia, a una hiperinflación. Pero eso será objeto de otra crónica económica.

TEMAS RELACIONADOS: