Opinión

Lo que “El Boca” aprendió en prisión

Alicia Huerta | Miércoles 18 de julio de 2012
Algunas veces, la existencia se reduce a un cálculo de probabilidades. Aunque la mayoría queremos pensar que tenemos control sobre las cosas que ocurren, sabemos también que un día, una hora, un momento puede cambiar el devenir de los años, incluso el de toda una vida. Que la suerte, buena, regular, mala o, incluso, trágica puede cruzarse en el camino y modificar todos los planes trazados o a punto de trazar. Que estar en un determinado instante en un lugar concreto, puede variar el curso de un futuro más o menos encauzado, y que encontrarnos con quien nadie querría encontrarse puede significar hasta una sentencia de muerte. En un momento, la vida queda en suspenso, hasta que termina por caer de este benéfico lado o bien de aquel otro, inhóspito, maldito, sin posibilidades.

Maldito porcentaje de probabilidades. Porque ¿cuántas posibilidades tiene una niña de tan sólo 9 años de encontrarse en su camino con un depredador sexual en plena búsqueda de una víctima de tan sólo 9 años? Nadie se plantea calcularlas. Y, sin embargo, qué padre no siente alguna vez una ráfaga de desasosiego cuando sus hijos empiezan a aventurarse solos por el mundo. Ninguno. Todos saben que el hombre del saco no vive en los cuentos, que es tan real y tan negro como el asfalto. Que puede matar, que mata. Ana María Jerez Cano tenía esa edad, tan sólo 9 años, cuando se cruzó, en su infantil trayecto, con José Franco de la Cruz. La tarde del 16 de febrero de 1991, la pequeña salió de su casa en Huelva para recorrer un camino que ya conocía de muchas veces, el que le llevaba a jugar a casa de su amiga Raquel. Sólo que en esa ocasión no llegó. Tampoco pudo volver a casa después. Después de que José Franco de la Cruz, “El Boca”, se interpusiera de la peor forma posible en su camino, el que le llevaba a casa de su amiga, el que debería de haberle llevado, con los años, a ser una mujer, una hermana, una madre, una tía, una abuela…

Ana ni siquiera se topó con un hombre del saco propiamente dicho porque a “El Boca”, ella le conocía. Era el tío de su amiga y seguro que el monstruo no tuvo que inventar nada para tomar de la mano a la niña rebosante de vida y llevársela, para convertirla en el pálido y húmedo cadáver que apareció después en las aguas de la ría del Tinto, 69 días más tarde. La policía le detuvo unas semanas después, fue juzgado y condenado a 44 años de cárcel por la violación y el asesinato de la pequeña onubense. Hace tres meses, a su salida de prisión después de 21 años, aseguraba delante de las cámaras que era inocente. Al mismo tiempo, la madre de Ana, Adoración Cano, se lamentaba de que el tribunal hubiera denegado la aplicación de la doctrina Parot en el caso de “El Boca”, como ellos habían solicitado. La madre de Ana advertía que “El Boca” no se había rehabilitado, que jamás se había arrepentido y que su puesta en libertad no sólo era causa de dolor para la familia de la niña asesinada, también un peligro al que, antes o después, alguna mujer podría tener que enfrentarse.

La nueva detención de “El Boca” la pasada semana en Madrid habla por sí sola. En realidad, lo triste es que su presunta implicación en la violación de una mujer no haya sorprendido a nadie. Llama la atención, por otra parte, la escasa cobertura que se ha dado a los hechos en los medios en general. Y, sobre todo, causa estupor la mínima alarma social que parece haber causado el hecho de que el violador y asesino de una niña de 9 años cometa una violación tres meses después de abandonar la cárcel, aunque esta vez la víctima no tenga 9, sino 39 años, y no se haya cruzado con su agresor cuando iba a jugar con una amiga, sino a la hora de entrar en un albergue social. Y lo más definitivo, que siga viva; no tanto porque el cuchillo de monte que amenazaba con clavarse en su garganta no tuviera filo, sino porque una víctima de 39 años sabe lo que una de 9, por desgracia, no: hacer lo que sea para no gritar, para no llorar, para intentar salir con vida de la barbarie. Al final, va a ser verdad que la cárcel ha servido para algo a “El Boca”, ha aprendido a atacar a una víctima de “perfil bajo” para no despertar esa alarma social que a los delincuentes les complica tanto las cosas.

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