David Felipe Arranz | Jueves 19 de julio de 2012
Abelardo Linares, un tipo estupendo, esforzado y generoso, buen poeta, bibliófilo, buscador de tesoros literarios y editor de Renacimiento, acaba de editar una joya que jamás antes había sido dada a la luz en recopilación ninguna, las Greguerías onduladas del maravilloso iconoclasta Ramón Gómez de la Serna, al cuidado del hispanista Nigel R. Dennis, de la University of St. Andrews, en Escocia, que traza una excelente introducción para conocer el semblante radiofónico de Ramón.
Pedro Salinas en el “Escorzo de Ramón” ya lo denominó “demoledor Hércules de las letras”, como se puede ver por su teoría personal del arte, basada en la innovación, la disidencia, la rebeldía, la libertad y la búsqueda de nuevas y rompedoras formas de expresión contra la monotonía de la cotidianidad, a través del delirio poético. Para el gran Ramón, la pasión por la literatura, valor superior, es capaz de redimir una vida aburrida y sin sentido, a manera de formidable terapia, elevándola a niveles imaginativos insospechados en una suerte de ampliación de la conciencia merced al arte, el cine, la música, la poesía, el teatro, la novela y la comunicación oral. “La palabra tiene que deflorarse depravadamente, reciamente, calcinadoramente al escribirse o pronunciarse, en vez de dar su silencio y su amaneramiento siempre”, afirmó en 1911, en referencia a la alegría renovadora de la palabra.
Cuando el 17 de junio de 1925 se crea Radio Madrid y en navidades de ese mismo año la corporación Unión Radio, el gran Ramón inicia un apasionante camino de experimentación creativa que concluye el 11 de julio de 1936 –nada menos que once años–, a partir de dos ingredientes básicos que jamás debieron divorciarse: el periodismo y la literatura. Empezó, pues, Ramón a escribir greguerías para la radio, que leyó en aquellos estudios y que después fueron publicadas en la revista Ondas. Hablamos, pues, de una década, de un periodo de esplendor anterior a la guerra (in)civil en el que Gómez de la Serna se convirtió, en palabras de Ventín Pereira, en “apóstol de la radiodifusión”, una nueva manera de contemplar la palabra: tengamos en cuenta que existían cerca de un millón de aparatos de radio funcionando en 1936, lo que equivale a casi 4 millones de radioyentes, una recepción abismalmente mayor que la que pudiera obtener cualquier escritor en una velada literaria. La radio para el periodista madrileño –al igual que para Máximo Gorki o H. G. Wells–, se convirtió entonces en uno de los ingredientes experimentales de su obra que más lo atraía.
Creyente en la epifanía de la palabra e inventor de nuevos géneros espectaculares –la genial greguería, el diálogo trivial, el monólogo vanguardista–, el ramonismo preformativo de Gómez de la Serna no se sujeta al corsé. Así, ni siquiera se rinde a los géneros periodísticos en la radio y desarrolla otros, como las charlas sobre la radio, reflexiones metaradiofónicas que proyectaba recoger en el volumen Radio Humor y en El silencio radiado; estas greguerías onduladas son tan absurdas como divertidas –“Hay voces venenosas, voces cataplásmicas, voces pinchosas, voces ratoniles que se quedan escarbando dentro de la cabeza y voces ensuciantes, que hay que llamar a un deshollinador para que nos las saque de la cabeza”–. El segundo tipo de textos radiofónicos es el de los reportajes en directo, como el que hizo, micrófono de Unión Radio en ristre, en la Puerta del Sol, el 21 de noviembre de 1929, rodeado de los ruidos de los transeúntes, vendedores, chóferes, dueños de café y el bullicio madrileño –muchos historiadores consideran éste uno de los primeros reportajes en directo de la historia de las ondas españolas–; de hecho, la primera tertulia radiofónica, “La Pandilla”, tuvo lugar hacia finales de 1927, en el Café Pombo, con el propio Ramón más Jardiel Poncela, López Rubio, Edgar Neville y Francisco Vighi, cuyo tema fue “El problema encefálico: ¿qué haría usted si perdiera la cabeza? Se suplica la asistencia de sombreros”. En noviembre de 1934, Gómez de la Serna retransmitió en directo “Media hora en la residencia de señoritas” para regocijo de su público.
Y el tercer género, el de las “cartas habladas”, consistía en grabaciones realizadas en los estudios de Unión Radio, en un aparato de grabación en disco, que supuestamente se emitían desde París en un tono obviamente más hueco y metálico; el ilusionismo de la revista sonora y la radiotelefonía desde el micrófono bajo la especie epistolar de las ondas, remitida por el “radiohablador” –como a él le gustaba decir– para toda la familia y desde el otro lado de los Pirineos: “un nuevo sistema –afirmaba– que se implantará en el porvenir y en el que el corresponsal de la radio enviará sus discos sobre la actualidad sin temor a interferencias. Carta redonda y hablada, pespunteada de palabras, tiene el crédito de la voz auténtica de quien la escribe y es la nueva carta abierta de la publicidad radiada […]”, con lo que Ramón se anticipaba así a la crónica del corresponsal grabada con antelación y que el medio emite en semidiferido.
El cuarto modo radiofónico que inaugura el autor de Automoribundia es el de la crónica desde casa, pues Unión Radio le instala un micrófono en su despacho, mucho antes que en el propio Ministerio de Gobernación; la actualidad mandaba –estrenos cinematográficos, hechos políticos, críticas de teatro e incluso conversaciones domésticas al estilo del reality show– y la voz de Gómez de la Serna se colaba de noche en el hogar de millones de españoles para dar “el parte del día”, evaluando las noticias con su humor y su capacidad crítica, hecho –en sus propias palabras– “sacerdote de la diosa Radio”, poseedor de un micrófono privado “en funciones universales”, con enlace nada menos que a los estudios centrales y “derecho a intervenir en medio de las emisiones”.
Quedan aún muchos territorios por explorar de las innovaciones de nuestros escritores de la España de las décadas de los años 20 y 30, de la Generación del 27 y de las conexiones de vanguardia que mantuvieron con textos fundacionales como el de Marinetti –al que Ramón calificó de radioparlante–, el “Manifiesto técnico de la literatura futurista”, el adalid de la imaginación sin hilos, presupuesto que Ramón Gómez de la Serna hizo suyo a través del maridaje perfecto y fecundo entre metáfora y ondas, entre la gran literatura y el auténtico periodismo, una combinación que muchos compañeros de la profesión siguen sin comprender y que el inventor de la greguería vio claro: “la bagatela reunida con lo trascendental”.