Enrique Arnaldo | Jueves 19 de julio de 2012
El destituido, tras un juicio de impeachment, Presidente de Paraguay, el ex-obispo Fernando Lugo tildó al de su sucesor –que curiosamente se llama F. Franco- de “gobierno trucho”. Me hizo gracia, la verdad, que al que considera ilegítimo le denomine trucho y que, además y para satisfacción de los chicos de la memoria histórica, éste fuera otro Franco… que resucita allende los mares, aunque no se llama Francisco, eso sí.
Por este lado del universo se definió la cualidad y cantidad del cariño, algo así como “te quiero tanto como la trucha al trucho”, dicho o refrán propio de la época de la dominante heterosexualidad, como cuando se afirmaba que el Parlamento británico podía hacerlo todo excepto convertir a un hombre en mujer. Esta limitación ha saltado por los aires (como nuestra soberanía, deglutida por la europea) y el Parlamento ya es todopoderoso porque dicta leyes también para permitir que los hombres se conviertan en mujeres y viceversa.
En el Diccionario de la Real Academia “trucho” significa falso, fraudulento o mentiroso, y parece ser que la palabra fue usada por vez primera para referirse en los años noventa en Argentina a un diputado al que se apeló “diputrucho” (¿por qué será?). También se hizo célebre el “Menemtrucho”, una serie de billetes de valor nulo con el rostro de Carlos Saúl Menem, tan falsos como este demagogo en trance de ser superado por la señora ocupante de la Casa Rosada. Aquí lo de trucha o trucho se emplea para homenajear a los de la fiesta del orgullo, aunque quizás sea políticamente incorrecta la cita de Derecho Comparado. Por mucho menos te encarcelan por sexista. O sea que ténganla por no puesta.
Pero volvamos a lo del “gobierno trucho”. La mentira y la política no están muy alejadas, por lo que el apelativo valdría, en general, para todos los gobiernos. Según los clásicos la política es el arte de hacer posible lo que es necesario, pero esta conceptuación bienintencionada olvida concretar qué es lo necesario, y esto es normalmente lo que los políticos consideren que lo es, con independencia de lo que piensen los ciudadanos (también llamados paganos). El trucho siempre justifica los medios porque es maquiaveliano hasta las cachas. Para llevar a cabo su labor acuden a las promesas programáticas y solemnes, de las que se olvidan al cuarto de hora. Un vez han dado la vuelta al calcetín de la promesa urden una justificación todavía más solemne, partiendo de la base de que el pueblo es poco menos que imbécil integral. Y así hasta la siguiente… “truchada”.
La mentira como arte es cansina y por eso la paciente ciudadanía sitúa a los políticos, en las últimas encuestas, como el primero de los problemas. Es decir, quienes se arrogan (democráticamente) la solución son en sí mismos el problema. En política nada es lo que parece, y mucho menos lo que nos transmiten como las verdades del barquero porque se cambian a los cinco minutos, como si fueran platos o vasos desechables. Quien más quien menos, hasta los más racionales defensores de la cosa pública, muestran signos de estar hartos. Hartos ya de estar hartos, sí sabemos por qué. O no son de este mundo o no están en el mundo. Pagar más por algo inservible y que hay que destruir a hachazos, carece del mínimo sentido.
Como decía el macabro El Roto en una de sus viñetas “Imbéciles, no es la economía, es la moral!. Son los valores, que están tan perdidos como las llaves del matarile.
TEMAS RELACIONADOS: