Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 20 de julio de 2012
Arcos de la Frontera. Otea a sus pies el serpenteante Guadalete, que forma una hermosísima vega con su cauce, volviendo sobre sus verdes pasos casi cerrando el círculo, y desde aquí una panorámica que tuvo que saciar la incansable y árida vista de Tarik y Muza y, a la vez, prometer otros dulces horizontes. Esplendente Basílica, fastuosa Iglesia de Santa María, mercado con grandiosas columnas tardorromanas como jambas, que son parte de un templo de la época de Majencio. Un precioso cordón ciñe el éntasis de sendas columnas, y sobre él se yergue otro fuste con estrías más anchas y femeninas, según los sueños de amor ardoroso del Poliphilo, del genial fraile pendón Colonna. Cómodas, estrechas, umbrías y laberínticas calles de sabor mediterráneo y aromas orientales. El antiguo palacio del Corregidor es ahora sobrio y austero Parador de Turismo.
Elegante sencillez en sus largas y anchas crujías rojas. Las corrientes de estos pasillos te dan escalofríos; ¿serán los miedos que infundía el Corregidor a los amedrentados habitantes de la villa? La sopa de berza con garbanzos que aquí se prepara es casi un pecado lujurioso. De penitencia tienes que bajar del pueblo al valle, y luego volver a subir. Da miedo qué pasará si privatiza el patrimonio histórico que hoy los Paradores de Turismo ocupan.
Cádiz. Sólo es de interés el Cádiz anterior a 1910. Pero no importa. Este istmo hiperculturizado se hunde en los abismos del tiempo. Las horteradas que perpetran sus generaciones presentes ( v. gr. el engendro del Centro de Interpretación – o algo así – de Las Cortes de Cádiz ) no son capaces aún de liquidar todo el sentido de belleza que tuvieron sus ancestros. Cádiz es el Egipto Ibérico. Aquí siempre la Antigüedad devorará lo moderno sin remedio, porque lo pretérito está vivo y la vida exangüe del presente de él se nutre. Nuestros paseos gaditanos serán siempre aventuras en el campo de la Antigüedad: empezamos a charlar con Columela y el primer cónsul romano hispano, Lucio Cornelio Balbo, en realidad el primer cónsul extranjero, y acabamos interrogando a la pareja de púnicos que duerme apacible hasta la eternidad en el Museo Arqueológico de la ciudad. Los parques de Cádiz son espléndidos y de una amenidad siempre fresca; los niños pueden romper un voladizo de otro siglo de un balonazo, pero hoy nada se puede hacer con estos pequeños bárbaros, descendientes de la más exquisita civilización. La belleza de las gaditanas no se puede explicar sin la labor milenaria de los orfebres y batihojas de la ciudad. Son productos de cultura; no de naturaleza.
Gibraltar. Ofensa granítica permanente al honor español. Los militares españoles de vocación que custodian la frontera sufren de hipertensión. La vista del hermosísimo e imponente Peñón, horadado feamente por las ventanas de ventilación de uno de los mayores refugios antinucleares del mundo, mina gravemente la salud cardíaca de todo buen patriota español. Gibraltar vive del contrabando y el tráfico de drogas, quizás medio consentido por la autoridad británica y tolerado en cierto sentido por el propio gobierno español. A juzgar cómo los ingleses maltratan el cuerpo del giganteo Peñón, se nota a la legua que no lo tienen como suyo, que no es para ellos lo mismo que Bristol o Londres. La pequeña catedral de Gibraltar es católica y está dedicada a la Virgen. Las misas están muy bien organizadas, con fotocopias en todos los bancos con los textos de la misa, y las homilías son breves pero profundas. Todo muy católicamente inglés. La gente es generosa en la colecta. También hay una importante comunidad de judíos (¿gaulonitas?), y sus niños, como los de Cádiz, ponen con su balón en peligro los numerosos escaparates de las tiendas.
Gibraltar sólo tiene una actividad básica: vender, vender cualquier cosa, lícita o ilícita. No hay restaurantes buenos. La comida es muy mala, y en eso únicamente notamos que estamos en Inglaterra. Miramos con atención la montaña emblemática, pero no vemos los monos.
Aguadulce. Pedanía de Roquetas. Larga playa de aguas casi siempre limpias, puerto deportivo de esbeltos clippers pilotados por patrones avezados. Cada hora, si andas nadando en las lejanas boyas que limitan las aguas de beño, oirás el sabor fresco y broncíneo, transcendente, de las campanas de una casa de ejercicios espirituales, y entonces el mar se te convertirá en un ámbito sagrado, y tu natación alegre en oración confiada. Pero fuera de este mar, de esta playa y de su paseo marítimo, Aguadulce es un pueblo feo, muy feo, que sin duda no ve su alcalde, de discurso muy poco ilustrado. En las playas de Aguadulce nada en verano una princesita que se llama Clara, pequeña diosa marina del panteón clásico, y su figura resplandeciente da el toque definitivo a estas playas, amenas y todavía tranquilas.