José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 20 de julio de 2012
Los días de la Transición fueron tiempo de idealidad, de proyectos grandiosos, de generosidad a borbotones; pero también de cicaterías y mezquindades, ya que no hay rosa sin espinas Entre las últimas figuró –y muy peraltadamente- la negación e, incluso, demonización de todo lo realizado en el franquismo, no sólo del régimen –lo que hubiere sido explicable-, sino del propio trabajo y esfuerzo de incontables gentes que, al margen de la vida oficial, llevaron a cabo tareas del máximo valor y, por ende, acreedoras cuando menos al respeto.
Así ocurrió en el mundo de la cultura, en proceso semejante a lo sucedido en otras facetas de la existencia española, siempre creativa por encima de gobiernos y coyunturas políticas. Uno de los críticos literarios de más merecido crédito en los días referidos, al hacer inventario del legado recibido por la generación protagonista de la Transición, se avergonzaba de él, ya que en el humus de una dictadura no podía nacer ningún fruto positivo. Su saber literario era mucho; el historiográfico, menguado. Para desmentir su rotunda condena, el pasado le aportaba, incesablemente, ejemplos en la edad antigua, la medieval, la moderna y l contemporánea, éstos en número no reducido. Desde la dictadura primorriverista hasta la del PRI mejicano. En la herencia cultural de los hombres y mujeres que pintaron, escribieron o compusieron en el segmento cronológico de 1939 a 1975, hubo de todo, pero, en líneas generales, abundó lo positivo y, en más de un tajo, lo egregio. V. gr., el balance de la misma historiografía fue envidiable: los libros de R. Carande, J. Vicens Vives, Díez del Corral o Pabón acuden a la prueba pericial con brillantez e impecabilidad sumas. Buero Vallejo, tampoco es mal testimonio, como Gonzalo González Ballester o los mismos Cela, Laín o Tovar.
No; las musas no se deliraron en huelga durante el franquismo; ni la inspiración poética, musical, teatral o arquitectónica estuvo desterrada del solar hispano, que, a su vez, distó de ser el erial descrito por plumas más intonsas que sectarias. En la actualidad recrecen las voces alzadas sobre la travesía del desierto de las ciencias, las artes y las letras a lo largo del período dictatorial. Mal servicio se presta con ello, en primer término, a la causa de la verdad y dignidad de los españoles que nacieron y se convirtieron en adultos en su trascurso; y, en segundo lugar, al proyecto de un futuro que, para ser beneficioso a una convivencia hoy asaeteada por mil amenazas, ha de basarse en una mínima aceptación de nuestra identidad histórica.
Tan larga etapa como rigiera la vida española el franquismo no puede ser un tiempo hueco o de completa esterilidad en un pueblo líder del mundo durante más de un siglo y con un patrimonio moral y cultural de características descollantes. Una guerra civil y una dictadura quiebran y rupturan infinidad de elementos y fibras de una colectividad, pero no cortan, en una comunidad de las señas de la española, las corrientes profundas de su ser ni obliteran por entero los canales de su creatividad. Forjada en crisis y adversidades de no escaso número, una nación que alumbró la modernidad e hizo avanzar en grado muy considerable la sensibilidad social – el sevillano Bartolomé de Las Casas lo refrenda-, el sentimiento religioso –la abulense Teresa de Jesús lo ratifica- y el talante humanista –el madrileño Miguel de Cervantes lo ejemplariza-, no ciega todas las fuentes de su expresión anímica por un trauma por intenso que éste sea. Con tal convicción, mientras más exacta y fiel sea la imagen de su última andadura, más firme y veloz será la de su futuro inmediato.