Todos los medios
nos hemos hecho eco.
Nos hemos fijado como objetivo que la prima de riesgo caiga por debajo de los 500 puntos básicos y resulta que al cierre estaba en los 610. Es perentorio que la rentabilidad con la que cotizan los bonos españoles a diez años baje del 6 por ciento, y está en el 7,26 por ciento. Miramos con esperanza la evolución del Ibex, y hoy el índice clavaba la mirada en el suelo, al caer un 5,82 por ciento. Desde los 6.246 puntos ya casi toca los 6.065 del primero de junio, por debajo de los cuales nos adentraríamos en un abismo en el que sólo encontramos fechas que pertenecen al año 2003. En aquél año 2003 la economía española avanzaba a buen ritmo, y creíamos que podíamos elegir a un José Luis Rodríguez Zapatero sin mayor problema.
Pero eso es el pasado.
Puede producir vértigo mirar atrás, pero es aún peor mirar hacia adelante. Después de un ajuste como el que se ha implantado. Después de una Ley de Estabilidad Financiera que, con diferencia, es lo más positivo y relevante que ha aprobado el gobierno de Rajoy. Después de una reforma laboral que saca de España de los peores puestos del ranking mundial en rigidez e ineficiencia. Después de una reforma financiera en dos partes que suponen una nueva vuelta de tuerca al crédito, pero que refuerza los balances de nuestros bancos. Después de encontrar todo el apoyo razonable, e incluso el menos razonable, de las instituciones europeas, los mercados siguen desconfiando de nosotros.
Desde que Mariano Rajoy tomó las riendas del gobierno, hemos estado al filo de la navaja.
“Todavía estamos a tiempo”, pensaba en diciembre una gran mayoría, que se ha ido achicando a medida que pasaban los meses y el Gobierno avanzaba tímidamente con sus medidas. Si el presidente heredó de Zapatero un “protectorado”, pues así lo calificó el mismo Rajoy, la palabra intervención ha acabado colándose primero en los cuerpos de la noticia, luego en los titulares, y está a punto de hacerlo en las palabras de los máximos líderes de Europa y también de España.
Porque tenemos que volver sobre los últimos pasos del Gobierno. Ha puesto en marcha el presupuesto para este año. Lo ha rectificado
a la baja.
Y este mismo viernes ha anunciado el cuadro macroeconómico para los próximos cuatro años, incluyendo el actual, más el techo de gasto para el próximo ejercicio. Detengámonos un momento. El Gobierno reconoce, en sus previsiones económicas, que el año que viene continuaremos en recesión. Y que ni creceremos ni bajaremos del 24 por ciento de paro hasta 2014. En esas condiciones, ¿es fácil devolver una deuda que crece todos los años?
Sí, si se recorta de verdad el gasto público. Previsiones de techo de gasto para 2013: 126.792 millones de euros más. No menos, más. Un aumento del 9,2 por ciento. En eso queda la austeridad. ¿Y el ajuste, entonces? Ah, el ajuste recae en el aumento de los impuestos. Un camino que eligió Mariano Rajoy en su primer consejo de ministros. En el primero. Al comienzo, el IRPF, las tasas y algunos otros impuestos. Ahora el IVA. En el futuro, el ahorro. Más, y más impuestos. Pero la estructura de un Estado insostenible, intacta. Excepción hecha de la Ley de Estabilidad Presupuestaria.
Mariano Rajoy ha renunciado a tomar las medidas pertinentes, y ha confiado en que Bruselas tiene la capacidad, ella sola, de sacarnos de nuestro atrolladero con sus préstamos. Nos va a sacar. Pero con sus decisiones.