Sábado 21 de julio de 2012
El atentado suicida en la ciudad costera de Burgas, en Bulgaria, que se costado la vida a seis turistas israelíes, junto a una treintena de heridos que se ha comenzado a repatriar, no es, en modo alguno, consecuencia de ningún resurgimiento del antisemitismo de la vieja Europa. Los primeros datos apuntan como responsable a la milicia libanesa de Hezbolá. Especialistas de Israel trasladados al lugar de los hechos no han concluido aún los informes forenses ni el análisis de los explosivos utilizados, pero al primer ministro hebreo Benjamín Netanyahun no le cabe ningún resquicio de duda al atribuir este brutal acto terrorista no solo a Hezbolá sino al dar por sentado que detrás de esa organización operan los servicios iraníes, ya que, en sus propias palabras: “Irán es el exportador número uno de terrorismo.”
Desdichadamente, el macabro mecanismo de la ley del Talión que ambos países vienen aplicando avala por completo esta hipótesis. No faltarán quienes sabiendo que la autoría material del atentado se atribuye a un antiguo convicto musulmán de la base de Guantánamo “justifiquen” este nuevo crimen como una respuesta lícita a los castigos sufridos en una cárcel fuera de la legislación internacional. Nada más inadmisible. Ni la política bélica empleada por Estados Unidos, ni las actuaciones del Estado de Israel, pueden amparar ninguna brutal acción de barbarie contra pacíficos turistas cuya inocencia y derecho a la vida están por encima incluso de las actuaciones de su propio gobierno.
Tampoco faltarán aquellos otros que en el lado opuesto consideren legítima una operación de castigo de Israel contra líderes de Hezbolá, científicos nucleares iraníes – como ha venido haciendo en los últimos tiempo-, o, llegado el caso, un ataque a las peligrosas instalaciones de energía atómica construidas por Teherán. Una actitud que implica una barbarie análoga a la anterior. Los atentados selectivos de las fuerzas especiales hebreas (tan elogiadas a veces por su perfección técnica) constituyen una brutalidad tan salvaje como cualquier otro acto de terror, que no se aminora en lo más mínimo porque sus ejecutores vistan de uniforme, obedezcan órdenes o se conduzcan con la apariencia de una operación quirúrgica.
Lo que hay que extirpar enérgicamente es esa mentalidad que legitima la vendetta, la represalia violenta como desquite a un agravio sangriento, alimentando así una espiral de venganzas mutuas cada vez más virulentas, que acaban desembocando en tragedias colectivas perfectamente evitables. En el fondo, es lo que dan por hecho las autoridades internacionales tras este atentado en Bulgaria, con la única duda de saber dónde estará, esta vez, el techo a la nueva escalada del conflicto, si en represalias aisladas o guerra abierta. La comunidad internacional debe reaccionar enérgicamente contra este espíritu de la ley del Talión. El solo ámbito donde esta violencia puede y ha de encontrar solución en los organismos internacionales, no en las vendettas jaleadas a uno y otro lado.
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