Opinión

¡Sosegaos!

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 23 de julio de 2012
Quizás, mas que nunca, habría que recordar –y repetir- la mágica palabra con la que, según se cuenta, Felipe II trataba de calmar a sus consejeros cuando acudían a su presencia, un tanto alterados, para darle cuenta de algún acontecimiento no demasiado feliz para las armas o la diplomacia españolas. ¡Sosegaos!, habría que decirles ahora a tantos alarmistas profetas de desgracias, que incluso te dan la fecha exacta en que se va a producir el rescate de la deuda soberana española y nos anuncian por tierra, mar y aire (esto es por radio, televisión, medios de papel y digitales) toda clase de desgracias. Quedan incluidos, por supuesto, los líderes de la oposición de todos los colores y matices, que critican las medidas que está adoptando el Gobierno, pero que son incapaces de proponer alguna alternativa. A no ser que consideremos como tales las melonadas que postula la izquierda más radical y los sindicatos, como esa genial idea de convocar un referéndum. O las insensateces que destila Urkullu cuando pide la supresión del Senado y de las delegaciones y subdelegaciones del Gobierno en comunidades y provincias. ¡Anímese, señor Urkullu, y proponga de una vez la supresión de España que bien sabemos que es su más íntima aspiración!

Carezco de cualquier atisbo de información privilegiada y me parece que muy pocos pueden presumir de tenerla, porque ya hemos visto que el comportamiento de los mercados es más bien imprevisible. Unos mercados que no son unos malvados señores, tratando de hacernos daño, sino un enorme conjunto de cientos o miles de operadores que tratan cada día de obtener los mejores resultados para los fondos que tienen encomendados. Operaciones muy a menudo a corto -para conseguir beneficios inmediatos- que acaban siempre perjudicando a los más débiles entre los que, en este momento, nos encontramos. Parece evidente que la UE y los reguladores tendrían que hacer algo para evitar que unos pocos se enriquezcan injustamente a costa de otros. Y no es menos evidente, al tiempo que insostenible, que en el seno de la zona euro unos (nosotros) solo puedan endeudarse a un interés tan alto que resulta insoportable, mientras que para otros es gratis total.

Con este panorama, no deja de ser absurdo que el BCE y su presidente, Mario Draghi, advierta un día sí y otro también que no contemos con él para comprar deuda porque sus estatutos no se lo permiten. En otro momento esos estatutos no fueron obstáculo para la compra de bonos, porque así se consideró oportuno e incluso necesario. No cabe duda de que su antecesor, Trichet, comprendía mucho mejor el papel que tenía que jugar el BCE. En todo caso, está claro que Margallo acierta cuando califica a este BCE de “clandestino”. Para ese viaje nos sobran las alforjas del BCE. ¿Es que vamos a tener que vivir en este sinvivir hasta que, dentro de un año o quizás más, los veintisiete se hayan puesto de acuerdo en la gobernanza económica y bancaria y hayan creado un Banco Central que merezca de veras ese nombre?

De lo que yo creo que hay que estar seguros es de que nadie en la UE quiere echarnos del euro. Y no porque nos amen tiernamente sino porque el perjuicio para los demás, para todos, sería tan extenso como inevitable. Aparte de que detrás de España inevitablemente iría Italia. Y Francia no iba a estar demasiado lejos. Los 100.000 millones de euros para el saneamiento de los bancos –obligadamente con una última responsabilidad estatal- es la muestra evidente de que nadie quiere hundirnos. Aparte de que no les haga ninguna gracia que hace poco más de dos años cuando unos y otros se apresuraban a sanear sus sistemas financieros, aquí los gobernantes del momento alardearan de tener el mejor sistema financiero del mundo. ¿Sanearnos nosotros? ¡Si somos los mejores!

Lo que da verdadera pena es el comportamiento de la principal oposición. Los socialdemócratas alemanes –sin ningún entusiasmo pero con un agudo sentido de la responsabilidad- han apoyado en el Bundestag las medidas europeas que les proponía la canciller Merkel y que, directamente, nos benefician. Aquí, cada día es más patético oír a los Rubalcaba, Elena Valenciano, Oscar López y demás compaña. Demagogia y movilizaciones callejeras, he ahí sus únicas actuaciones. Lo suyo es la agit-prop. Supongo que reclamar patriotismo sería una ingenuidad. Al fin y al cabo de casta le viene al galgo. Para los socialistas, cuando pierden las elecciones, todo vale. Ya en la lejana fecha de 1933 impidieron que gobernara quien había ganado y organizaron la revolución de 1934. Con Felipe González parecía que habían abandonado aquella bochornosa tradición, pero llegó Zapatero (de infausta memoria) y recuperó “las esencias”. ¿Cómo se puede hablar de pacto de Estado con esas hechuras?

Pero no queda todo ahí. Cada vez es más patente que hay que darle un repaso a fondo al modelo autonómico, que está en el punto de mira de los mercados y es causa inmediata de nuestro déficit de confianza. Como la idea del euro, la de Estado autonómico era una idea buena. Pero, como la del euro, la realización de la idea ha sido penosa. En ambas cuestiones se impone rectificar y hacer lo que no se hizo en los momentos iniciales. Ambas ideas por ser buenas, se deben conservar, pero con correctivos serios. Sabemos que lo ya se llama el desmadre autonómico es una de las cosas que más están influyendo –seguramente la que más- en el comportamiento de los mercados y en la mala imagen que proyectamos en el exterior.

Las baladronadas de personajes como Artur Mas producen daños irreparables que son totalmente inaceptables. Habría que decirle también a él “¿por qué no te callas?”. Ahora dice que va a ir a Bruselas y por toda Europa para contar (victimismo al canto) lo malo que es con Cataluña el Gobierno de la Nación. De la única que existe histórica y constitucionalmente, que esto no es Bolivia. Que vaya pero, ¿no le ha dicho nadie que en la UE los miembros son los Estados y que las regiones no tienen allí personalidad propia? Y que no juegue con lo de la soberanía, los referendos de autodeterminación y demás gansadas porque la carcajada puede oírse en los Urales. Eso que lo deje para Vic. Las insensateces están amparadas, sin duda, por la libertad de expresión. Pero un responsable político no debería permitírselas.

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