Víctor Morales Lezcano | Lunes 23 de julio de 2012
En medio de la febril actividad que despliegan la Asamblea General, el Consejo de Seguridad y la Comisión Descolonizadora de Naciones Unidas durante veinte años, la Francia de la quinta república, y los grupos dirigentes de Chad, Níger, Mali, Mauritania y Senegal (Sahel al completo y sensu lato), fijan fronteras nuevas, muy tributarias de las del período colonial; traspasan poderes y atribuciones; pactan intereses recíprocos; y consagran la independencia de un puñado de naciones recién nacidas, al menos en el sentido del estado-nación europeo cuyos albores se remontan al último tercio del siglo XVIII.
Al aplicarse al ámbito antropológico del Sahel concepciones administrativas y geopolíticas de estirpe jacobina, y al haber sido aceptado este legado por los herederos “legítimos” de los estados recién nacidos en la Posguerra, con la explicable euforia de las circunstancias, los países del Sahel - incluso algunos al sur de su faja territorial, como Burkina-Faso y Guinea-Conakry- comenzaron a sufrir un proceso de degradación política endémico. Se hablaba ya, a partir de los años 80 del siglo pasado, de los Estados fallidos de esta región africana. Fallidos, es decir, incapaces de demostrar su viabilidad regularizada durante el transcurso del tiempo. O sea, sin que los golpes de estado cíclicos, la corrupción larvada, el tribalismo recurrente y las intervenciones francesas solapadas, o a cielo descubierto, alteren el proceso de la construcción del Estado y la gradual adaptación de sus poblaciones al modelo elegido por los dirigentes autóctonos.
¿Qué ha venido a suceder de nuevo en los años próximos pasados en Mali, en el Sudán occidental de otra época? Ni más ni menos que la progresiva acentuación del perfil religioso islámico que se enraizó en el Sahel desde hace siglos. Sólo que el revival del Islam político en versión radical, a partir de 1979 (establecimiento de la república clerical chií en Irán), ha ido penetrando en el Sahel marabútico y localista. Si a este fenómeno se suma el incremento del comercio internacional de armamentos, la guerra contra el régimen de Gadafi y la dispersión de su arsenal militar entre grupos y bandas armadas de diferente alineación, nos aparece con nitidez el aprovechamiento de la coyuntura actual por parte de la rama de Al-Qaeda tanto en el Magreb como en sus fronteras meridionales. O sea, en el asiento de los nuevos estados-nación que fueron alumbrados durante el proceso descolonizador. ¿Cómo no iban a sufrir las consecuencias de tal vorágine circunstancial, las deshilvanadas sociedades del Sahel sobre las que se erigió el edificio de Estados frágiles a nativitate? Ha sido hasta “lógico” que haya ocurrido este proceso de debilitamiento, culminando en la situación que tenemos a la vista hoy en Mali. En este precario país de 1.248.000 kms2 aproximadamente, y con una densidad aproximada de 10 habitantes por km2, las tribus Tuareg se han sentido con derecho a segregarse de la administración central con sede en Bamako, hasta el punto de creer que la legendaria ciudad-santuario de Tombuctú podría convertirse en el punto urbano emblemático de una especie de república autónoma de Mali. Ha sucedido, empero, que una conocida organización islámica radical -Ansar Dine-, no exenta de conexión con formaciones islamistas establecidas en Argelia, se ha apresurado a desplazar el movimiento nacionalista Tuareg de su simbólico enclave en el codo del río Níger y a hacerse fuerte en las ciudades de Goumdam, Kidal y Gao. Bamako, la capital de Mali, permanece distanciada a unos 1.000 kms del escenario en litigio entre islamistas acerbos y Tuareg.
Como ocurre en estas situaciones, no ya tropas francesas, sino destacamentos militares onusinos y estadounidenses establecidos en Mali y áreas limítrofes intentan desactivar la zona desde hace cierto tiempo; aunque no se sabe todavía con qué éxito. Mientras tanto, un éxodo de refugiados procedentes de Mali se encamina a diario al enclave fronterizo de Mbea, vértice auténtico de Mauritania, en busca de una seguridad e independencia que las huestes de Ansar Dine están lejos de respetar.
Lector, de aquellos polvos de la descolonización de Posguerra provienen estos lodos. Mali no es sino un escenario más que corrobora la moraleja sobre los Estados fallidos de que aquí se trata.