Viernes 27 de julio de 2012
Este jueves los argentinos recordaron a su mítica Eva Duarte en el sexagésimo aniversario de su muerte. Sin bien la inmortal “Evita” recitaría a sus amados “descamisados” el “No llores por mi Argentina” a seis décadas de su desaparición, el ejecutivo de Cristina Fernández no ha dudado en explotar a más no poder este icono del folclore político nacional para mantener a flote un “peronismo” actualmente cuestionado; tanto en el empeño de la mandataria por asemejarse a la esposa de Juan Domingo Perón, hasta por inmortalizar en los billetes de 100 pesos el bello rostro de la “jefa espiritual” de la nación.
Pero las piruetas teatrales, semánticas y semióticas de Fernández para coronarse como la “Evita” del siglo XXI, no le han servido de mucho para levantar su imagen ante un país que comienza a mostrar síntomas de desgaste hacia el “kirchnerismo-cristinismo”. Un cansancio que también se repite en latitud norte del Cono Sur con la imagen de Simón Bolívar, en el ejecutivo de Hugo Chávez.
El teniente coronel retirado ha utilizado a “El Libertador” de las Américas como un amuleto político para cometer barbaridades institucionales e históricas, a fin de perpetuarse en el poder. Desde jugar con las espadas y pistolas del prócer independentista, hasta barajar hipótesis de su asesinato,- descartadas por los científicos-, y realizar una reconstrucción facial en 3D para mostrar al “pueblo” una imagen más “racial” y menos “clasista” de Bolívar; Chávez ha intentado sin éxito alguno que el héroe suramericano se le parezca a él, para ver si así los venezolanos se olvidan de 13 años de negligente y desastrosa gestión.
Fernández y Chávez han tratado de forma abusiva y vejatoria a dos figuras que han supuesto un antes y un después en la historia de sus países. Dudamos que Eva Duarte esté de acuerdo con las políticas fiscales que impulsa el Gobierno argentino y que le han llevado a un encarnizado conflicto con los sindicatos, así como también cuestionamos que Simón Bolívar comparta los conceptos de democracia y libertad que pregona el caudillo mal llamado “bolivariano”.
Lamentablemente, estos dos símbolos de la historia latinoamericana son para algunos, más que un legado, fetiches políticos que siguen despertando la fascinación colectiva. Simples escaparates de marketing para el beneficio del erosionado populismo latinoamericano.