Opinión

Oswaldo Payá

Javier Rupérez | Viernes 27 de julio de 2012
Era Oswaldo un tipo admirable. Creía en la libertad y en la democracia tan profundamente como creía en Dios y su fe católica le impulsaba a proponer la democracia en Cuba con acentos proféticos, suaves maneras pacifistas e incontenible afán proselitista. Con su “Proyecto Varela”, hábilmente diseñado para conseguir la democratización de la Isla, había reunido mas de 25.000 firmas de cubanos que arriesgando sus vidas optaban por la libertad. En el curso de los dos últimos decenios, y junto con el movimiento reivindicativo de las “Damas de Blanco”, se había convertido en el foco de la desesperada esperanza para los cubanos que ansían vivir en dignidad. Su “Movimiento Cristiano de Liberación”, estrechamente inspirado y relacionado con la democracia cristiana internacional, no ha dejado nunca de imaginar atajos y vericuetos por los que pacíficamente acosar a la brutalidad opresora del castrismo. El “Proyecto Varela”, que utilizaba la misma letra de la Constitución cubana para reclamar la celebración de elecciones democráticas, consiguió lo imposible: que el Régimen mostrara su verdadera faz e impusiera una reforma constitucional para consagrar al socialismo como la única y eterna forma de gobierno. Eso de las elecciones, debieron pensar los Castro, era cosa de gusanos sometidos a los dictados del imperialismo yanqui.

Oswaldo, con el que tuve una larga relación epistolar en los tiempos en que yo era Secretario General y luego Presidente de la Internacional Demócrata Cristiana, y al que presté toda la colaboración y ánimo que resultaban posibles a nuestro alcance y al que llegué a conocer personalmente en una de sus raras visitas al extranjero, ha muerto en un accidente de automóvil en el Oriente cubano. Era modesto de porte, extraordinariamente afable en su comportamiento, visiblemente iluminado por la fe que paralelamente le dirigía hacia Dios y hacia la democracia, contenido en sus expresiones y en sus divergencias. Nunca le escuché una palabra malsonante o hiriente contra el sistema dictatorial o contra sus rectores, bien que supiera de la incomodidad que sus acciones producían y del estrecho cerco policial al que le tenían sometido. Predicaba la democracia con una incontenible voluntad de paz. Y su muerte inesperada y absurda produce inevitablemente dolor e incertidumbre: ¿encontrará el MCL persona de alcance similar para continuar con la benemérita tarea? ¿Cómo se reorganizarán las ahora huérfanas huestes para continuar con la reclamación de la libertad para Cuba?

De la íntima sustancia del castrismo lo dice todo el que tirios y troyanos se pregunten por las condiciones en las que se ha producido el accidente que le ha costado la vida al líder democrático cubano. Todo lo que tiene que ver con el castrismo se tiñe inevitablemente de sospecha, incluso la trágica banalidad de un accidente en la carretera. Sospecha involuntariamente alimentada por el propio régimen cuando se apresura a publicar un comunicado afirmando taxativamente que sólo se ha tratado de un accidente y cuando además retiene sin justificación alguna a los dos supervivientes de la tragedia, por si se pudieran convertir, cabe deducir, en testigos incómodos de lo ocurrido. Urge que los dos retenidos puedan volver a la normalidad de sus países de origen -España y Suecia- sin que hayan sido sometidos a ningún maltrato fisco o psicológico. Y no es esta reclamación una vana truculencia: conocida es la falta absoluta de respeto con que el castrismo ha tratado la vida y la integridad de aquellos a los que estimaba enemigos, opositores o simplemente espectadores molestos. Han sido y siguen siendo capaces de todo si entienden que se trata de defender “su” Revolución. Debería ser el sistema castrista el primer interesado en que la verdad se abra camino, porque nadie excluye hasta ahora la hipótesis del accidente, pero todos temen también una nefanda realidad.

Las afirmaciones de Cayo Lara, el dirigente de Izquierda Unida, en las que en el tono chulesco que le es habitual se adelanta a las tesis de los castristas para afirmar, con una insólita falta de sensibilidad, que la muerte de Payá se inscribe en las estadísticas de los muertos en la carretera, constituyen una incalificable indecencia, pero contribuye poderosamente a situar al personaje y a la formación que preside en su autentica faz: al servicio de los dictadores, en la nómina de los que sistemáticamente violan la libertad y la dignidad del ser humano. Y no muy lejos le sigue el Grupo Parlamentario Socialista, siempre dispuesto a mostrar el alma de nardo que le une con el castrismo, al negarse a considerar una declaración del Congreso de los Diputados lamentando la muerte de un adalid de la libertad como fue Oswaldo Payá. Un buen amigo mío, que procede de las orillas templadas de la izquierda española, me dice que son esas actitudes las que siempre le impedirán volver a votar a esas formaciones políticas. Y bien que le comprendo.

Porque aunque socialistas y comunistas no lo quieran reconocer, se nos ha ido un hombre que concibió su vida como un servicio a la recuperación de la dignidad de sus conciudadanos. Su nombre, que en su momento recibió la consagración del Premio Sajarov, merece ser inscrito en el catálogo de aquellos que en Cuba y más allá no dejaron de creer en la capacidad del ser humano para vivir en libertad. Que dios le tenga en su Gloria.

Javier Rupérez
Embajador de España