José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 27 de julio de 2012
Tan ocasionado a la permanente reflexión sobre sus hombres y lances no hay que buscar, ciertamente, ninguna fecha o acontecimientos especiales para meditar sobre el azaroso destino del andalucismo político. En las presentes circunstancias, cuando estas líneas se emborronan andan sus militantes más ardidos –pleonasmo, en casi todos los casos…- enzarzados en una más de sus incontables querellas sobre la verdadera identidad del movimiento alumbrado por Blas Infante ha ahora un siglo. Por mor del relevo generacional, los actores de dicho pleito son, globalmente, distintos, pero el escenario conceptual reproduce miméticamente el de otros muchos congresos y asambleas del andalucismo. Los protagonistas del debate actual apelan a la renovación, pero la letra y música son hermanas gemelas de las de las controversias que jalonan la accidentada ruta del Partido Andalucista desde que fuese refundado por Alejandro Rojas Marcos, digno por su perseverancia y empeño de mejor suerte –política- que la que ha tenido. ¿Hubiera imaginado el notario malagueño tan alevosamente asesinado en el fatídico agosto del 36 la remecida –y, a las veces, caótica- trayectoria del movimiento que ensoñadoramente parteó en los inicios del siglo XX?
Justamente sobre ello meditaba el articulista un día del pasado junio en el principal, en su modesta opinión, lugar de memoria del andalucismo. Con las primeras luces del alba, sentado frente al casino de Ronda, la hechizadora, con los balcones del edificio empenachados con desmesurados cartelones informadores de un inminente festival de flamenco, reflexionaba acerca del papel representado por la airosa construcción -de inconfundible aire sureño- en la historia del andalucismo. Su auténtica línea de salida así como, apenas un lustro después, su cochura doctrinal y simbólica tuvieron lugar en su hoy no demasiado relucientes estancias. Pues, en verdad, fue el Primer Congreso Internacional Fisiócrata -finales de mayo de 1913- puesto en pie por el ingeniero zamorano avecindado en Córdoba, D. Antonio Albendín, y la Primera Asamblea Andalucista –comedios de enero de 1918- los instantes decisivos en la guadianizada andadura de la formación liderada por Blas Infante.
Con tan preciados títulos debía de ser Ronda la permanente capital del andalucismo, con su correspondiente museo y, a ser posible, su centro de estudios a la altura del tiempo, alejado de estériles sectarismos y triunfalismos de oropel, cuando no demagógicos. A la vista si no de la marginación, sí, desde luego, de la preterición o la opacidad de la presencia rondeña en una página destacada del itinerario de la Andalucía contemporánea, semejan un poco puestas en razón las críticas –piensa una pluma sevillana…- suscitadas en la Andalucía penibética por la centripetación hispalense, que dibujan a la capital de la comunidad autónoma como ventosa insaciable de energías, proyectos e ilusiones nacidas en su entorno próximo o lejano. No entra, por supuesto, el abajo firmante en tan enrevesada cuestión, pero sí echará su insignificante cuarto a espadas a favor de que la mágica, embrujadora Ronda se configure, con el consenso de todas las tierras al Sur de Despeñaperros, en capital histórica del andalucismo, con instituciones y sedes condignas de tan alta y estimulante función.