CRÍTICA
Domingo 29 de julio de 2012
Tano Ramos: El caso Casas Viejas. Crónica de una insidia (1933-1936). XXIX Premio Comillas. Tusquets. Barcelona, 2012. 443 páginas. 24 €
¿Es posible desenredar lo que fue enredado? ¿Tirar del hilo del documento, revisar lo que se dijo y entender por qué se dijo lo que se dijo, poner en su sitio las cosas tal y como fueron? La respuesta, obviamente, es afirmativa. Nunca deja de ser una posibilidad al alcance de la curiosidad, del trabajo honesto y sistemático en los archivos judiciales, en los papeles custodiados por los herederos de los actores protagonistas y en las hemerotecas el desbrozar lo que ya en el momento de lo sucedido, o a las pocas semanas, llegó a la opinión pública de forma torcida. Otra cosa, de naturaleza bien distinta, es esperar que ese ejercicio de aproximación a la verdad sea incorporado, una vez alcanzada alguna cota aproximada a lo realmente acaecido o un resultado siquiera verosímil, en la narración que del pasado opera en sociedad. Que esa revisión pase a formar parte, en suma, del sentido común con el que se habla y se escribe de una época, de una historia. Ese maldito y pertinaz sentido común suele ser capaz de deglutir las evidencias contrarias más tangibles. Y, en relación a la Segunda República, el balance entusiasta, adulador, acrítico, convive sin mayores dificultades con el relato globalmente denigratorio. Aquél que responsabiliza a ese episodio democratizador, por sectario, de los males sucesivos de una guerra civil y de una dictadura sin final. Forman parte, como las dos caras de una misma moneda, del sentido común de los españoles, y de no pocos de quienes desde el exterior nos contemplan, a propósito de lo que fueron los años treinta.
Viene esta digresión a cuento de la crónica minuciosa, exhaustiva, por momentos redundante e incluso circular, con la que Tano Ramos aborda una insidia. Aquella que atribuía a Manuel Azaña, jefe de Gobierno, la responsabilidad directa, con su supuesta apelación a los tiros a la barriga, de la matanza acaecida un día de enero de 1933 en la pedanía de Casas Viejas, también conocida como Benalup. Responsabilidad compartida, a lo sumo, por Santiago Casares Quiroga, un más bien ausente ministro de la Gobernación, y por Arturo Menéndez, director general de Seguridad. Responsabilidad relativa no ya a la urgente y expeditiva reducción de los libertarios insurrectos en la localidad gaditana sino a la matanza llevada a cabo, con posterioridad a las detenciones de los mismos, o de meros vecinos poco afortunados, en la corraleta de la choza de Francisco Cruz Gutiérrez, veterano anarquista que pasaría a ser conocido, en toda España, por su apodo: Seisdedos.
No es, la de Ramos, una labor que se levante sobre el vacío. Hace años que, con empeño desigual, distintos historiadores y algún antropólogo han pretendido dar por liquidada la asociación entre Azaña, la fórmula expeditiva, rotunda, de no hacer ni prisioneros, ni heridos y lo ocurrido en la corraleta. Lo hicieron Gerald Brey y Jacques Maurice, ya en los años setenta del siglo pasado; lo procuró, mediante una labor exhaustiva con fuentes orales, Jerome R. Mintz; lo ha venido realizando, desde diversas responsabilidades, el catedrático gaditano Diego Caro Cancela. Ramos se reconoce deudor de esa limpieza previa. Es a partir de ella, contando con una copia del sumario del caso que obraba entre los papeles del abogado de las víctimas, Andrés López Gálvez, y haciendo un expurgo admirable de las crónicas periodísticas y de las columnas de opinión que reconstruye, lentamente, y como les decía volviendo una y otra vez al punto de partida, los hechos y los mitos que los envolvieron. Ramos se ocupa de todo ello en una obra que, de ser las cosas como debieran en nuestro medio cultural, sería definitiva a la hora de esclarecer responsabilidades y culpabilidades, competencias e incompetencias. Eduardo de Guzmán y Víctor de la Serna, Edgar Neville o el caricaturista K-Hito facilitan la salsa, agria en muchas ocasiones, con las que se acompañó un proceso que fue al tiempo, un proceso contra Azaña, contra la República, contra las limitaciones y los excesos de la misma en materia de redención social. Un proceso que tuvo en la prensa, en las páginas de ABC y El Debate, de Ahora y La Tierra, de los diarios gaditanos del momentos, no ya sus ecos, sino algo más, sus instrumentos primeros.
Una de las grandezas de la obra de Ramos, aunque tome partido, a qué negarlo, es la incorporación de todas las voces que contaron. De todas las voces que se hicieron oír en el episodio de la corraleta y en lo que vino después; en cómo se vivió en la República y en cómo se instaló en tanto que epítome de un supuesto fracaso ineludible. Voces, para empezar, como la de ese capitán de Estado Mayor, Bartolomé Barba Hernández, quien andando el tiempo sería gobernador civil en la Barcelona de posguerra y que el miércoles 23 de mayo de 1934 declaraba en el juicio que se llevaba a cabo en relación a los hechos, la famosa conversación con Azaña. La de “¡Tiros a la barriga! ¡A la barriga!”. Ni Barba había estado en Casas Viejas el año anterior, ni dijo, por asomo, que Azaña se refiriese con esas palabras a Benalup, sino a la posibilidad de hacer frente a desórdenes y asaltos a cuarteles en Madrid. La asociación entre uno y otro dato -la frase, el fusilamiento brutal de los detenidos- será cosa de otros.
Un mérito, en absoluto menor, de Ramos es la humanización de los personajes, del repertorio: del capitán Manuel Rojas; de ese valiente, y benemérito, guardia civil que respondía al nombre de Juan Gutiérrez; de cada uno de los integrantes de esas familias campesinas azotadas por el hambre, la desesperación; de esos guardias de asalto -que no guardia civiles-, venidos de fuera aterrorizados y vengativos frente a los restos del camarada muerto en el asalto a la choza donde se había refugiado Cruz con su familia. De los abogados y fiscales, de los miembros del jurado, de los delegados gubernativos. Toda la miseria y la grandeza de la que es posible la condición humana se nos aparece en una reconstrucción que no elude el contexto político sino que lo integra con esos otros materiales sin solución de continuidad; tal y como se dieron.
Con todo, reconocerán que la fuerza de los mitos se impone sobre las verdades, mucho más simples aunque no menos trágicas que los primeros. Una mirada retadora, un gesto de desprecio, una reacción rabiosa y la República manchada. ¿Para siempre? No debiera ser así tras la lectura de El caso Casas Viejas; aunque, al fin y al cabo, siempre se podrá decir que los guardias de asalto cerraron la labor con un ¡viva la República! y con otro ¡viva España!. Imponiendo la razón de Estado -al fin, razón nacional- a unas expectativas de liberación que, confusamente, se habían asimilado a una forma institucional de organización de la comunidad política.
Por Ángel Duarte