Los Lunes de El Imparcial

Fernando San Basilio: El joven vendedor y el estilo de vida fluido

RESEÑA

Domingo 29 de julio de 2012
Fernando San Basilio: El joven vendedor y el estilo de vida fluido. Introducción de Mercedes Cebrián. Impedimenta, Madrid, 2012. 168 páginas. 16,95 €

Una lectura legítima en clave de diversión, de humorada, subyace en la tercera novela de San Basilio pues no en vano el libro de autoayuda cuya lectura trastorna la rutinaria vida del protagonista y da origen a toda la trama es considerado “para morirse de risa” por uno de los personajes. La cita de William Saroyan que antecede al texto también lo confirma “lo más importante en esta vida es la diversión, eso es lo único que cuenta”. Pero yerra quien confiera a esta nota de la literatura de Fernando San Basilio carácter total pues confundiría el síntoma con la enfermedad. Nuestro escritor presenta un diagnóstico chocarrero si queremos pero certero a la postre: una realidad conocida, demasiado humana, presentada como cruel parodia de los males y obsesiones que la sociedad occidental alimenta con fruición. Y sin empacho desmonta por igual esa lacra moderna de lo políticamente correcto que en tiempos de mayor tino llamábamos puritanismo. A algunas de esas cuestiones alude el comienzo de la cita inaugural mencionada líneas arriba: “A la mierda todo ese rollo sobre la vida vegetal y la soja y los carbohidratos…”.

La novela nos sitúa en mitad de un reconocible centro comercial madrileño. Allí viviremos las peripecias en un día muy señalado de la vida de Israel, un vendedor algo soñador, romántico, y, por tanto, ingenuo hasta que la lectura del libro El estilo de vida fluido de Archibald Bloomfield modifica por completo su forma de actuar encaminándolo al “proceso de convertirse a uno mismo en persona”. Una suerte de identidad flexible cercana a la anunciada por el filósofo Zygmunt Bauman en su conocida propuesta de modernidad líquida. La novela carece de tintes míticos y queda distante del recorrido del Ulises de James Joyce; tampoco es preciso clasificar como literatura costumbrista el libro de San Basilio ni se habla en él de poscapitalismo (cuando nunca hemos superado el capitalismo, si bien estamos en su momento más feroz) como propone sin fortuna la escritora Mercedes Cebrián en su introducción al texto.

Acompañando a Israel conoceremos la zafiedad, el vacío y otras miserias que pasean los personajes en torno a los negocios que pueblan el centro comercial donde no puede faltar hasta un circo. Mientras, una radio dispara las verdades de este submundo: “demostrando que la felicidad y el producto eran, o podían ser, una misma cosa”.

Es rasgo distintivo en San Basilio el peculiar uso del lenguaje, capaz de retratar un personaje con la pincelada de un inteligente oxímoron (“pequeña oruga gigante”) o reproducir con economía narrativa una realidad de papel cartón (“auténtica cascada artificial”). Sobresale aquí la recreación de los latigazos de los libros de autoayuda, con expresiones tan rimbombantes como vacuas (“emogénesis de transferencia”, “sincroemotividad remota”) o la repetición de balde del reflexivo en “convertirse a uno mismo en persona”. Igual ocurre con la caracterización lingüística de los personajes, desde la chirriante imposición feminista del término “la clienta” hasta el desconocimiento palmario de expresiones castizas como “vino español”.

Los narradores que el audaz editor Constantino Bértolo publicó en Caballo de Troya, tras sus pinitos, avanzan con mayor o menor fortuna. La agradable sorpresa que supuso la primera novela de San Basilio, Curso de Librería, confirmada en su segundo libro, solicitaba mayor osadía y mejor resultado final en este tercer texto. Aquí encontramos sin duda momentos estupendos, como la escena del paseo de Casilda y Darío, pero muchas páginas quedan por debajo del nivel habitual del escritor madrileño y cuando lo alcanzan suenan repetidas, gastadas o vencidas quizás por su propio virtuosismo. Esperábamos más de este escritor a quien no le falta talento ni aptitudes.


Por Francisco Estévez