RESEÑA
Domingo 29 de julio de 2012
Emilio Calderón: Los sauces de Hiroshima. Planeta. Barcelona, 2012. 300 páginas. 20,50 €
No es normal que un novelista español tome como escenario de su novela un país extranjero. Hasta bien entrado el siglo XX, pocos casos me vienen a la mente: Valera, Baroja… Menos habitual es que los personajes principales de esa novela no sean españoles, que la fabulación use y se introduzca en culturas y psicologías ajenas. Y más raro todavía que ese marco y esos protagonistas sean japoneses. En su última novela, Los sauces de Hiroshima, Emilio Calderón teje una historia que ocurre principalmente en Japón con protagonistas japoneses, algunos históricos, como el escritor Yukio Mishima.
Es de notar el atractivo, en gran parte morboso, que la vida de Mishima sigue teniendo para el mundo occidental. Su final fue tan chocante y llamativo como enigmático. Ha producido uno de los mejores documentales sobre escritores, Mishima de Paul Schrader, y otra novela española reciente, La cabeza cortada de Yukio Mishima, del cordobés Fernando Molero. Mishima, sin embargo, es un personaje secundario en la novela que nos ocupa. Aunque su sombra, cabezada o decapitada, planea sobre la obra.
Los sauces de Hiroshima parte de unos crímenes misteriosos, los asesinatos del expreso “Golondrina”, relacionado con los “hibakusha” o “atomizados”, las víctimas de las dos bombas atómicas que Estados Unidos arrojó sobre Japón al final de la Segunda Guerra Mundial. La novela se centra en la más devastadora, la de Hiroshima. A partir de las pesquisas de un investigador privado y antiguo policía, Ichiro Abe, entramos en una trama que combina la guerra, la posguerra japonesa, las relaciones de esa posguerra con los Estados Unidos, el mundo literario y político de Mishima, los entramados financieros e industriales de la recuperación japonesa y el mundo de las geishas. Solo con esta enumeración, se puede constatar que estamos ante una novela ambiciosa por la variedad y amplitud de los temas que trata. Una novela de documentación; una novela de misterio.
¿Cumple Los sauces de Hiroshima lo que promete? La novela está bien documentada. El autor cita al final como fuente la obra Japón Siglo XX, de Fosco Maraini, uno de los libros más interesantes y olvidados escritos por europeos sobre Japón, además de testimonios directos de afectados por la bomba. El uso de la cultura y los términos japoneses es equilibrado: sirve para crear el ambiente y no abruma al lector. Hay muchos detalles quizá imperceptibles para algunos pero bien usados: la NHK, los diarios, las comidas… El asunto de los “hibakusha”, víctimas del mayor y más irracional crimen que la humanidad ha visto, es interesante, pertinente y está bien tratado. Ahora bien, ¿engancha la novela? ¿Cumple como obra de misterio?
La novela se lee bien, con facilidad, a pesar de la complejidad del asunto, pero se tiene la sensación de que se presentan muchas posibilidades débilmente desarrolladas: el investigador privado tiene una relación psico/fantástica con el fantasma de su esposa muerta, relación a la que se le podía haber sacado un partido mayor para dotar al protagonista de profundidad psicológica. Luego, su relación con una “geisha” de Hiroshima está exenta de la tensión que podía tener. A mitad de novela la tensión inicial se resuelve y el personaje femenino se disuelve en la nada. Estas dos carencias determinan las limitaciones del protagonista como guía que nos acerca a los misterios del inframundo. La trama detectivesca es en ocasiones muy compleja (aunque, ¿desde cuándo la excesiva complejidad ha sido un problema para la novela negra?), y demasiado ad hoc (y eso sí es pecado). Los descubrimientos se suceden sin grandes sorpresas, sin giros, sin falsos caminos explorados. Esto da a la obra una linealidad excesiva, como si en la novela lo que viéramos fuera la estructura previa de la novela. Además, en los diálogos sobran explicaciones, la información está demasiado mascada, se ve una tendencia a llevar al lector a donde el escritor quiere. Y al lector a veces le gusta ser un paseante menos guiado, sobre todo en las adivinanzas.
En resumen, una obra interesante, de un género que en España es todavía raro –el misterio en tierras extrañas con protagonistas extranjeros--, bien documentada, pero en ocasiones carente de la tensión y la emoción necesarias para acercar al lector a los oscuros abismos del alma –que no de los hechos-- que toda buena obra de misterio debe bordear.
Por José Pazó Espinosa