Los Lunes de El Imparcial

Fabio Morábito: Ventanas encendidas. Antología poética

RESEÑA

Domingo 29 de julio de 2012
Fabio Morábito:Ventanas encendidas. Antología poética. Edición de Juan Carlos Abril. Visor. Madrid, 2012. 180 páginas. 10 €

Esta nueva antología de Fabio Morábito (1955), que cuenta también con una interesante producción en prosa y con numerosos reconocimientos, como los premios Carlos Pellicer (1985), Nacional de Poesía de Aguascalientes (1991), White Raven (1997) y Antonio Artaud de Narrativa (2006), nos permitirá comprobar cómo a lo largo de sus poemarios, salpicados casi de diez en diez años –Lotes baldíos (1984), De lunes todo el año (1992), Alguien de lava (2002) y Delante de un prado una vaca (2011)– su poesía es cada vez más claramente “una falla del lenguaje de la que sale un magma ardiente.”

La poesía de Morábito está construida con una palabra “nómada”, y con un lenguaje que mana de muy al fondo, como un “petróleo íntimo”. Lo que observa en la realidad es sometido a un doloroso proceso de rumia, de desmenuzamiento, para ser regurgitado en la expresión exacta. Parece que nada sobra ni nada le falta a un discurso surgido de la competencia entre “la palabra articulada / y la palabra oída, que jamás se acoplan”. “En desconfiar de ambas –dice Morábito– se me va la vida”.

De esa desconfianza surge una poesía que baja “hasta el nivel del suelo”, que busca un lugar donde podamos mirarnos “de frente” y donde seamos capaces de ver “la turbiedad del agua”, “los remolinos debajo de los puentes”. Una poesía que camina apegada a la tierra, en un viaje que nunca es rápido, que se limita al que hacen sus pies. Pero que, a la vez, nos conmina a mirarnos continuamente las alas para no morir; a no ser “madera” sino rama de árbol plena de vida; a poner “a remojo la mirada” y “a ramaje los sentidos como un árbol […] que se subdivide / y vuelve a dividirse hasta sentir un día el ala de una mosca”; a subir, subir hasta el infierno de la vida, como aquel bombero en las Torres Gemelas que saltaba de dos en dos los escalones, “a contracorriente de la vida, hacia el centro ardiente de las cosas.”

Sus poemas, como la madera de su mesa, emiten “un crujido oscuro”, que es un grito en el recuerdo de sus “viejos brazos” cuando estos “reverdecían”. Su verso husmea la vida y a la gente y a sí mismo, y escoge para ello ese momento del amanecer en que todo está aún adormecido, en que estamos más llenos “de depósitos antiguos”, pero nunca se ensimisma, ni se aísla de los otros. Sus poemas me recuerdan la pintura intrusa e inquietante de Edward Hopper. Y siento que su verso es “oscuro y necesario como la escritura, / que es brasa que también, / con calculada lentitud, se enfría.”

Para Morábito, el corazón es una tercera oreja que “no cabía en la cara / la ocultamos en el pecho y comenzó a latir”, y esa oreja, “rodeada de oscuridad / es la única oreja que el aire no engaña // es la oreja que nos salva de ser sordos / cuando arriba nos faltan las orejas.” Puede, solo digo que tal vez, que si todos pusiéramos a funcionar esa oreja, nuestro mundo ya no se quedaría por siempre sordo.


Por Inmaculada Lergo