Izabela Barlinska | Viernes 18 de abril de 2008
Cuando a principios de marzo se decidió abrir una representación de la Unión Europea en Minsk y el gobierno bielorruso liberó los prisioneros políticos, aparecieron esperanzas del comienzo del fin de la última dictadura en Europa.
Pero el buen clima no duró mucho y, en las últimas semanas, pasó por Bielorrusia una ola de represiones contra la oposición democrática y los medios de comunicación independientes. Unas 80 personas han sido detenidas en una manifestación brutalmente dispersa para conmemorar el 90 aniversario de la proclamación de la República Independiente. La policía confiscó los ordenadores y las fotocopiadoras de varios periodistas que cooperaban con la radio y televisión extranjeras.
Parece que la causa directa de este retorno de la represión pudo ser el intento del Presidente, Aleksandr Lukashenko, de fortalecer su posición interna contra los partidarios de la cooperación con la UE. Los responsables de la política económica y extranjera han conseguido recientemente introducir varias medidas para mejorar las condiciones de inversiones del capital extranjero en Bielorrusia. Este giro en la política interna es una señal de que el Presidente sigue teniendo un poder absoluto. Es probable que Lukashenko tenga recelos de que sus recientes gestos hacía la UE sean interpretados como concesiones del régimen y como indicios de debilidad.
Según los analistas, la reciente ola de represión no significa que Bielorrusia haya perdido interés en mejorar su cooperación económica con la UE. Las represiones de las últimas semanas demuestran que Lukashenko está dispuesto a cooperar pero solamente bajo sus condiciones, y que no está preparado a cambiar su manera de gobernar el país. Es una postura arriesgada, dado que Bielorrusia se está quedando muy aislada tanto económica como políticamente, y que tampoco cuenta con el apoyo de Rusia ni de los Estados Unidos, que critican abiertamente a Lukashenko por su estilo dictatorial más propio de la antigua época soviética.
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