David Felipe Arranz | Lunes 30 de julio de 2012
El profesor e investigador de la Universidad de Ratisbona, Jochen Mecke, acaba de coordinar un excelente volumen, Discursos del 98. Albores españoles de una modernidad europea, que ha sido publicado por Iberoamericana Vervuert, editorial de vocación hispanista dirigida con exquisito gusto por Klaus D. Vervuert, y en el que colaboran veinticinco destacadas firmas que arrojan nueva luz sobre la cuestión de las consecuencias que para la cultura tuvo el “Desastre” del 98.
Ahora que la idea de Europa ha sido atacada y reducida a la ley de los mercados por la codicia sin límites de los banqueros y los políticos, el libro invita a reflexionar sobre la idea de Europa, conectándola con los discursos del 98 –y no con la Generación, concepto ya caduco–, más allá de los dictados actuales de la Comisión Europea y el Banco Central Europeo y, sobre todo, de la austeridad y el recorte a que obliga a sus convecinos Angela Merkel… Es decir, el endurecimiento de las prestaciones por desempleo, la reducción del cuerpo de funcionarios, la subida del IVA, la liquidación definitiva de la desgravación por vivienda –que ya es un lujo de ricos el tener una casa propia–, lo “austeritario”… el antihumanismo, en definitiva. “España era el problema y Europa la solución”, afirmó José Ortega y Gasset al referirse a la pedagogía social como programa político, preocupación que en nuestros días a nuestra clase dirigente, obsesionada con las cifras macroeconómicas y la prima de riesgo, le parecería de ciencia ficción… o cosa de risa.
Tenemos que retrotraernos a los años en torno a 1900, cuando un grupo de pensadores y creadores que la crítica reunió bajo el marbete de Generación del 98 empezaron a abordar, tras la pérdida de las colonias de ultramar –Cuba, Filipinas y Puerto Rico–, el “problema” de España a nivel político y estético. La cuestión que se abre más de un siglo después es si el concepto de generación aplicado al 98 ha sido tan restrictivo que ha terminado por traicionar su vocación europeísta, a aislar este movimiento –que nació con vocación de diferenciación–, tan cercano sin embargo al modernismo, de su contexto europeo. Los clásicos trabajos sobre el noventayochismo –excelentes, por otro lado– de Pedro Laín Entralgo y de Guillermo Díaz Plaja que han venido abundando en las particularidades hispánicas y en el conservadurismo identitario… exigen una urgente revisión. Ciertamente, discursos del 98 se acerca más a la idea de este formidable movimiento que el de generación, especialmente cuando todavía seguimos descubriendo un patrimonio textual abrumador, de interacciones sorprendentes, que está sin estudiar.
La influencia radical de los medios de comunicación y de la tecnología, que anticipa en dos décadas el advenimiento pleno de las vanguardias, constituye el primer aspecto que filólogos y filósofos debemos abordar, pues la dependencia de los textos noventayochistas del periodismo, el cine y la radio es muy importante, así como de un existencialismo paneuropeo –más que un casticismo agónico– que podríamos calificar de prematuro. Otro de los aspectos que hemos de tener en cuenta es que no todos los integrantes de este movimiento vivieron el deseo de modernización con igual intensidad: ahí están Ramiro de Maeztu, Miguel de Unamuno –su idea de intrahistoria, que sigue desvelando toda suerte de matices– o incluso Azorín, que se mueven siempre en la ambigüedad del conservadurismo y el progreso ideológico, frente a los abiertamente europeístas, como Ortega y Gasset y Eugenio d’Ors, que denunciaban en su obra el formidable atraso español. También se ha ignorado el eco del movimiento que precisamente tenía lugar en la tan traída y llevada ultramar, como por ejemplo la labor que en Argentina estaba llevando a cabo Manuel Gálvez con El solar de la raza (1913) hacia el orgullo de pertenencia a lo hispánico, sentimiento y tejido que sirvieron de base a la aventura del exilio republicano en América, que tan ricos frutos dio... y que hoy está completamente extinto. Los experimentos anticipadores y aportaciones a la técnica de la narrativa moderna europea, realizados con éxito por Unamuno y Azorín también han de ser tenidos en cuenta. Niebla y Abel Sánchez o La voluntad y Superrealismo constituyen el máximo exponente de la experimentación de voces y tiempos internos, de distorsión y deconstrucción de la sintaxis y de las ideas para alumbrar un texto radicalmente nuevo. Las conquistas de Valle-Inclán no conocen parangón en todo el mundo y abren un camino de representación teatral que se convirtió en referente, según ha demostrado José María Paz Gago en su excelente ensayo La revolución espectacular. El teatro de Valle-Inclán en la escena mundial, editado por Castalia.
También los mitos cantados por los modernistas del 98, don Quijote, don Juan y la Celestina necesitan de nueva revista, como arquetipos políticos y simbólicos que son y, sobre todo, para comprobar cuál de los tres ha resistido mejor el paso del tiempo. ¿Por qué don Quijote emergió de las tinieblas de aquella crisis del cambio de siglo y hoy, cuando el proyecto de Europa se encuentra a punto de naufragar, nuestros intelectuales no buscan referentes sólidos en la gran literatura europea, a los que lanzarles las preguntas cuya respuesta están aún por encontrar? Si la calificación de una agencia estadounidense que ignora de todo punto la importancia del sustrato cultural de todo un continente determina el rumbo vital de un país… se hace perentorio luchar activamente por que nuestra cultura, desde la griega a la centroeuropea o la ibérica comience a dar las respuestas que puede dar. Si Ortega, tras su viaje a Alemania, descubre el neokantismo, hoy ese periplo de vuelta de las tierras teutónicas debe hacernos reflexionar sobre nuestra gran aportación hispánica en los proyectos colectivos –véase, por ejemplo, el valor económico del español, sin ir más lejos–, sin tener que doblegarnos ante el poder fanático y eurócrata del Bundesbank.
Nuestra querida España y la Europa que un día soñamos es, por ejemplo, la de Antonio Machado, que reinventó la idea de temporalidad en Soledades (1903) y en Campos de Castilla (1912), volviéndola moderna y trazando una nueva senda filosófica donde convergen las coordenada espacial de los infinitos mares de trigo y la temporal de las estaciones del año y los cambios orgánicos en paisaje y paisanaje. El tiempo para Machado es el resultado de esa tensión mágica, en lengua castellana, entre lirismo y casticismo, que resolvió Delibes. La relación de todos ellos con la música o las artes plásticas no puede ser más fecunda, en un fértil ejercicio de contagio: Falla, Granados, Albéniz, Zuloaga, Sorolla, Darío de Regoyos…
Tal vez vaya siendo hora de que reconozcamos la enorme deuda de los autores de los discursos del 98, pero también de que, más allá de ese reconocimiento, pongamos en práctica esos textos que no han pasado de moda, ante el avance en todo el mundo de este hombre vulgar, frívolo y dominante, no tan nuevo, que está convencido de que la vida carece de limitación trágica y compromiso ético con el otro, que cree que la existencia es tan fácil como un clic de ratón, que sólo da por bueno el exiguo haber moral que le cabe en la cartera, que no escucha a nadie… y al que Ortega bautizó como el hombre-masa.