Martes 31 de julio de 2012
Uno de los muchos falsos axiomas que se han puesto en circulación en el transcurso de la actual crisis económica, es el que da por sentado que todo gobernante europeo verá erosionado su crédito político hasta perder su liderazgo. El tiempo está demostrando, sin embargo, que este supuesto dogma no se cumple inexorablemente. La crisis no erosiona a todos los dirigentes europeos, es la mala gestión de la crisis lo que realmente les desgasta. Ello hace posible que algunos mantengan su liderazgo, y el ejemplo más notorio y trascendental es el de a canciller alemana Ángela Merkel, tanto en el ámbito interno como en el de su gestión internacional.
La última declaración de la canciller durante su conversación con Monti, comprometiéndose a buscar todos los recursos posibles para proteger el euro y aplicar cuanto antes las decisiones del Consejo Europeo de finales de junio, confirma que su liderazgo europeo sigue vivo y es más imprescindible hoy que nunca. Declaraciones similares, en consonancia con el presidente galo, François Hollande, el pasado fin de semana, o el respaldo a las últimas declaraciones del presidente del BCE, Mario Draghi, son contribuciones decisivas a una progresiva estabilización de la zona euro.
Más en concreto, la resolución tomada los pasados 28 y 29 de junio de establecer mecanismos europeos para la compra de deuda española e italiana resulta crucial para sosegar las turbulencias de la prima de riesgo sin que esta asfixie el proceso de reformas internas que ambos países deben aplicar ineludiblemente. El liderazgo alemán es la única oportunidad para que esta reestructuración llegue a buen puerto.
Afortunadamente esa determinación de la canciller alemana, que retoma un nuevo impulso y se adapta a cada una de las vicisitudes de la crisis, no ha sido malograda por la inexorable campaña de desprestigio a escala europea contra la imagen de Ángela Merkel. En esa campaña inciden posiciones populistas que tratan de sacar partido del malestar por los recortes, oponiéndolos ficticiamente a la necesidad de crecimiento, cuando el crecimiento requiere como condición indispensable poner coto al despilfarro y los gastos que nuestra economía no puede sufragar. La agitación populista se da la mano con actitudes de frivolidad nacionalista, en un equivocado patriotismo, empeñadas en presentar al Gobierno alemán como una especie de fuerza invasora –lo grotesco de equipararla a la política de expansión nazi no ha frenado este tipo de agitación-, cuando lo cierto es que Alemania ha ligado su futuro y lo ha comprometido con el éxito de la zona euro, y con que los países del sur de Europa dispongan, tras sus errores, de una segunda oportunidad gracias a la política alemana.
El nacionalismo más peligroso para el futuro de la Unión Europea sería el alemán si se rebelase a invertir sus ahorros en ayudar a economías del sur con un futuro incierto. Afortunadamente, el partido de Merkel, la Unión Cristianodemócrata (CDU) sigue liderando las encuestas y estudios del instituto Forsa revelan que un voto directo a Ángela Merkel arrastraría al 59 por ciento del electorado. Una excelente noticia en cuanto que señala la habilidad para hacer compatibles, hasta el día de hoy, la problemática ayuda externa y la lógica preocupación interna de la ciudadanía alemana.
Ángela Merkel está realizando un difícil equilibrio por una cuerda a gran altura y sin red. A todos nos conviene que ese equilibrismo político sigue avanzando sin contratiempos y alcance su fin sin vencerse a un lado o a otro, porque esa caída sería también la de todos nosotros.
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