Opinión

Más de 100 mentiras que valgan la pena

Javier Martín Ledesma | Miércoles 01 de agosto de 2012
Suena el despertador y hago tiempo para desperezarme lentamente. Tarareo de Serrat aquello de hoy puede ser un gran día, plantéatelo así. Me pongo mis mejores galas y antes de tirarme a la calle para buscarme las habichuelas tomo unos sorbitos de ilusión y entusiasmo para sortear con optimismo los avatares de la jornada.

¡Maldita la hora en que enchufé la radio! Otra vez la caída de la bolsa, la reducción del déficit y la consabida prima de un tal riesgo, al que ni conozco ni sé que parentesco directo o indirecto le vincula conmigo.

Me tiro al tajo y en el bar me desayuno con una tertulia económica de alto nivel en la que se debate si es mejor volver a la peseta o quedarnos con el euro. Y yo a lo mío: que sí, que no, que caiga un chaparrón, que hoy puede ser un gran día. Duro con él.

Finaliza la jornada y asumo que hoy no ha sido un gran día. Tal vez mañana. Sin decaer ni un ápice de entusiasmo y como guerrero en busca de reposo recurro al electrodoméstico por excelencia: la televisión. Nuevamente las noches de tertulias televisivas con algún que otro palmero, entregado a la causa de colores e ideologías, debatiendo sobre asuntos relacionados con el modelo de Estado y de gestión pública.

Politólogos y tertulianos polifacéticos nos advierten del peligro que supone cuestionar a los políticos y la estructura de la administración pública, porque es tanto como cuestionar la democracia. Alguno incluso se atreve a añadir que no es asunto grave que haya mucho político y empleado de la cosa pública, sino de la calidad de los mismos. Ahí es nada. Falsas argumentaciones para mantener a parásitos y agradecer favores.

Intentan confundirnos entre empleados públicos de nombramiento dedocrático y trabajadores funcionarios. La diferencia es clara sobran de los primeros, que no de los segundos. Y aunque pueda resultar sospechoso y políticamente incorrecto para defensores de causas ridículas, también sobran políticos, porque son muchos para tan poco Estado, pero sobre todo los acogidos a las siglas TYC (Trincones Y Caraduras), esos cuya única vocación de servicio es la del oportunismo adueñándose de lo público y ajeno para convertirlo en lo privado y lo propio.

Y entre mentira y mentira nuevo aviso a navegantes: ¡ojito con eliminar o reducir administraciones públicas que nos cargamos el Estado del bienestar! ¿El bienestar de quiénes? El bienestar de los montados a lomos del ciudadano al que tratan como subordinado sometido El bienestar de los que al amparo de una ley blanda y con un sistema judicial con más agujeros que un queso de gruyere se han convertido en maestros del trinque, y además si no están satisfechos les devolvemos el dinero, ese que mal gestionaron; que para eso están los rescates, ayudas, refinanciaciones, hispanofondos o como quiera que se llamen.
¡Uf qué agobio! Y mañana de nuevo más de lo mismo en la radio, en los periódicos, en el bar y en la televisión. Más noticias con sabor amargo, agrias como un trago de vinagre. De vinagre y rosas, que canta Sabina, pero estas con espinas. Más de lo mismo en el café del desayuno, más de lo mismo con los clientes, proveedores y colaboradores.

Quiero que por salud mental, por pura supervivencia alguien me cuente mentiras que valgan la pena: que llegó una nueva generación de políticos VYSP (Vocacionales Y Sobradamente Preparados).

Y mientras intentamos escapar de tanta pesadilla que no resulta fácil, algunos se acogen a las vacaciones SIN (sin trabajo, sin dinero, sin pueblo donde ir, sin ganas y sin esperanzas), Yo mientras me consuelo con más de 100 mentiras que valen la pena, esas que canta Joaquín Sabina.