Opinión

Costumbres de millonario

José María Herrera | Sábado 04 de agosto de 2012
Durante la época del pelotazo, los españoles, embrutecidos por la riqueza, adoptamos montones de costumbres que ahora, con los monederos vacíos, avergüenzan un tanto. El foco mediático apunta sobre todo a las obras faraónicas de las administraciones públicas, pero la verdad es que la megalomanía política era el reflejo de una actitud de derroche generalizado que cambió nuestra manera de pensar y de vivir. Quizá sea excesivo atribuir sólo al dinero esos cambios, aunque es innegable que este contribuyó a que sucedieran rápidamente, haciendo que España sufriera tal metamorfosis que en pocos años pasó de ser la popa fofa de la Historia a su despechugado espolón.

No es preciso que el lector ocioso abandone la tumbona para comprobar por sí mismo en qué medida ha arraigado en las costumbres de nuestro país aquel esnobismo de nuevo rico que vino de la mano de recalificaciones y planes urbanísticos. Comience, por ejemplo, con los niños, tan inocentes. Yo acabo de ver cómo un grupo de ellos embarcaban una pelota y, en vez de intentar recuperarla, han cruzado una mirada de disgusto y han cambiado sencillamente de juego, como si las pelotas costaran lo mismo que las piedras del jardín. En mis tiempos, nos hubiéramos descolgado por un abismo antes que llegar a casa sin el balón. Pero no son solo los niños. Mientras sucedía lo anterior ha llegado a la piscina una dama despampanante ataviada de forma espectacular. Además del traje de baño –una prenda de neopreno, ergonómica y ceñidísima-, llevaba unas aletas, unas gafas de bucear, un tubo de respiración y una cofia de plástico termoestable con la V de Versace: el equipo idóneo para atravesar a nado el estrecho o explorar el mar de los Sargazos. Lo único que ha hecho, sin embargo, es zambullirse, recorrer a duras penas la piscina de una punta a otra y salir por la escalerilla a tomar el Sol. No es que yo tenga nada contra la manera en que gasta la gente su dinero, pero esto de ir a la última en cada actividad –confieso que tengo la esperanza de que a la nadadora le dé luego por jugar al pádel- tiene mucho de vana ostentación. Menos mal que los albañiles que reparaban la caseta de la depuradora se han comportado. Sin quitarle ojo de encima a la señora, particularmente cuando pasaba del mundo subacuático al terrestre, han guardado un respetuoso e inesperado silencio. La riqueza parece haber hecho aquí un gran bien. Los albañiles actuales son gente de mundo. Cualquiera de ellos conoce el Caribe o ha recorrido el Mediterráneo en barcos de lujo. Jamás se les pasaría por la cabeza piropear a las mozas desde el andamio, como hacían en otra época. Claro que no sé por qué ironizo con el refinamiento de la working class. Yo mismo, un humilde columnista, acabo de llamar al camarero y, en vez de pedirle un vino de la casa y una tapa de melva, me he decantado por el riesling y por el tiramisú de lubina con bogavante. Sin mala conciencia. ¿O es que acaso los ex liberales (esto es lo que me ha llamado mi amigo Pepe Lasaga tras leer la defensa que hice la semana pasada de la racionalidad de los mercados) no tenemos derecho a disfrutar de los placeres de la vida?

Las piscinas son un observatorio de primera. Que haya elegido hoy una para escribir mi artículo es, sin embargo, una casualidad. Los lectores sofisticados no deben ver en ello ningún retorcido guiño al concepto de modernidad líquida de Zygmunt Bauman. Ni siquiera he leído al sociólogo polaco. Estaba aquí, simplemente. En realidad, de lo que yo quería hablarles cuando arranqué con lo de las costumbres millonarias es de la curiosa invitación que recibieron ayer unos amigos. Los remitentes son un matrimonio británico adinerado, muy adinerado. Sólo con acariciar el papel –un papel artesanal que parece veneciano- se advierte al instante su poderío. Naturalmente, está elegantemente redactada, sin erratas. En el extremo inferior derecho, en cursiva, figuran estas palabras: “swing party”. Mis amigos sospechan que han sido invitados a una fiesta donde se intercambian las parejas. Aunque son católicos practicantes, conocen en su círculo a mucha gente de costumbres liberales y el hecho no les ha sorprendido demasiado. Lo único sorprendente es que los hayan invitado a ellos. En esto se ve lo superficial que es su relación con los organizadores. Hablando del asunto les sugerí la posibilidad de que se tratara de otra cosa: una fiesta retro o algo así. Pero mis amigos habían consultado con gente que se maneja bien con el inglés y parece que la ambigüedad existe. ¿Tanto nos hemos apartado los españoles de la tradición que este tipo de vicios consensuados –“encuentros desinhibidos”, los llama mi amiga- se han convertido en cosa corriente? No lo sé. Costumbres de ricos, ha sido mi primer pensamiento. El problema es que he perdido el tiempo maltratando esa idea y al final no he hablado de los intercambios de pareja. Prometo hacerlo la semana que viene.