Opinión

Rajoy ante el rescate

Domingo 05 de agosto de 2012
El presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, ha reaccionado –aunque quizá demasiado tarde- para contrarrestar las evasivas e inconcreciones que caracterizaron su declaración conjunta con el primer ministro italiano Mario Monti en el Palacio de la Moncloa, escasas horas después del jarro de agua fría que supuso la intervención del gobernador del Banco Central Europeo (BCE), Mario Daghi. Sólo veinticuatro horas después, Rajoy ha concretado su postura dentro de los límites que le impone el cambiante escenario europeo, apoyando su posición con la entrega en Bruselas de un Presupuesto bienal para 2013 y 2014, que compromete un ajuste global en torno a los 102.000 millones de euros –otro problema es con cuanta credibilidad- y con una misiva remitida al presidente del Consejo Europeo, Hernan von Rompuy, y al de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso.

La carta a Rompuy y a Barroso reclama desbloquear todos los acuerdos alcanzados en el Consejo a finales de junio y que ahora amenazan con atascarse en una fase de aplazamientos y demoras ya habitual en las tortuosas tomas de decisiones en las instituciones europeas. Mariano Rajoy lleva razón en denunciar esos eternos retrasos que postergan la salida de la crisis, pero deberá implicarse mucho más activamente en remover los obstáculos, pues las misivas dejan clara su postura y su crítica a la lentitud del procedimiento, pero un impulso real sólo puede obtenerse con gestiones directas y persistentes al más alto nivel.

Precisamente la calculada vaguedad del BCE impidió que el presidente español despejase la principal incógnita planteada en los últimos días: si España solicitara o no el rescate europeo. Todo parece indicar que Rajoy se decanta a favor de un rescate suave, no a la griega, destinado a bajar los altísimos intereses en la emisión de deuda. Pero no pudo concretar más precisamente por la deliberada imprecisión del BCE en los plazos, mecanismos, y, sobre todo, el pliego de condiciones que impondrán las autoridades monetarias a cambio del préstamo.

Sin duda resulta en todo punto inaceptable que un gestor como Draghi, que fundamenta sus actuaciones en los números, señale como fecha para desvelar el secreto del BCE a “dentro de varias semanas”. Es exigible que abandone esa vaporosidad y diga fechas concretas para dar a conocer los nuevos planes, cuyas líneas maestras ya debía haber adelantado basándose en criterios objetivos.

En cualquier caso, el margen de maniobra del Ejecutivo español es mínimo frente a un rescate suave que se impone. El Presupuesto bienal recién entregado en Bruselas deja amplias posibilidades para aplicar otras medidas de austeridad que se perfilan como ineludibles. La gran dificultad radica en que están en las partidas que mayor desgaste político generan y las que más miedo da tocar: reestructuración del Estado, reformas del modelo territorial, y, circunstancialmente, prestaciones por desempleo y pensiones.

Mariano Rajoy tiene la tarea inmediata de activar las reformas europeas actuando en las más altas instancias, a la vez que demuestra que controla el gasto autonómico y que carece de temores ante los ajustes más sensibles. Sólo esa altura de miras le permitirá salir airoso de la crítica encrucijada que le ha correspondido gestionar.

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