Los Lunes de El Imparcial

Leonard Woolf: La muerte de Virginia

CRÍTICA

Domingo 05 de agosto de 2012
Leonard Woolf: La muerte de Virginia. Traducción de Miguel Temprano García. Lumen. Barcelona, 2012. 216 páginas. 17,90 €

Mientras estamos leyendo un relato autobiográfico, sentimos la tentación de convertirnos en psicoanalistas al tratar de descifrar a partir del síntoma externo, de la explicitud del discurso, esa masa sumergida del iceberg que nos aproximará a la auténtica naturaleza –si es que eso existe- de un ser humano. Con este libro de Leonard Woolf, pese a que estamos ante una de las personalidades más racionales, aparentemente equilibradas y coherentes de la primera mitad del siglo XX, ante una de las mentes menos psicopatológicas con las que podamos tropezarnos, quizá por contagio con su esposa Virginia o por mera morbosidad, no podemos evitar fundir el proceso lector con la fantasía de que nos ha crecido la barba, fumamos puros y nos hemos metamorfoseado en un pequeño doctor Freud.

Tal como aclara el editor, este volumen es el quinto y último de la autobiografía de Leonard Woolf. No vamos a abordar las razones que conducen a un personaje a escribir su autobiografía, sobre todo, porque los “mediterráneos” somos un poco más inclementes que los anglosajones con este tipo de proyectos. Woolf expone, yendo hacia delante y hacia atrás, con ese resorte de la memoria que es un muelle, las vicisitudes de su vida desde el periodo de entreguerras hasta el año 1967. Y a lo largo del relato, el lector se forja la imagen de alguien que habla muy bien de sus amigos e insulta con cierta elegancia a aquellos con quienes ha tenido un desencuentro: es el caso de su socio, John Lehmann, cuyo proyecto estrella en Hogarth Press. Leonard Woolf, además de impartir lecciones de edición que aún siguen vigentes, relata su trayectoria como miembro del Partido Laborista y de la Sociedad Fabiana y se nos presenta como ese humanista ilustrado, como ese feminista precoz admirador de las mujeres fuertes –Octavia Wilberforce, Elizabeth Robins, Pippa Stracey…-, como ese feligrés laico de la concepción renacentista del individuo que, tal vez, está en la base de lo que hoy llamamos “un socialdemócrata”, pero sin caer en los vértigos paralizantes de la corrección política contemporánea: Woolf habla de “lo repulsivo de la babeante imbecilidad” para describir su reacción frente a lo que hoy llamaríamos un discapacitado.

Mientras repasa esa brillante trayectoria profesional y política, Woolf dice muchas cosas de sí mismo. Dice que es “un poco picajoso”, “obstinado y testarudo”, dice que es un intelectual y a la vez un buen hombre de negocios, aunque reconoce que “está pez” en teología, metafísica, sociología y economía. Dice también que es una de esas personas que “prefieren pasar calor que frío”. La última afirmación de Mr. Woolf me hace experimentar hacia él una empatía automática que se va matizando cuando me calzo las gafas de Mr. Freud y empiezo a detectar otros comportamientos de los que me siento más distanciada: la percepción de una inmodestia que tal vez es inmanente a un género que otros autores utilizan para maltratarse- aunque con cierto cinismo y un uso estratégico de la parresia-; una desvergüenza que quizá sea disculpable en la vejez; cierta paranoia “cripto-comunista”; y, sobre todo, su manera de tratar la muerte de Virginia. Es admirable la sensibilidad de Woolf hacia el proceso creativo de su esposa, hacia sus vulnerabilidades, puntos flacos y puntos fuertes, el apoyo incondicional que le prestó a lo largo de una vida marcada por la neurosis, el desequilibrio y una más que probable ausencia de sexo.

Sin embargo, en la explicación de los hechos que rodean el suicidio de Virginia se percibe cierto impudor, sobre todo, cuando Woolf saca a la luz las cartas de suicidio: a él lo colocan en un lugar tan maravilloso que esgrimidas por el propio Woolf suena a necesidad de auto-exculpación. Aun así, en una de las cartas de la escritora hay una frase tremenda dirigida a Leonard: “Si alguien hubiera podido salvarme, ese habrías sido tú”. Con mis gafas de Dr. Freud, leo esa frase como un elogio envenenado cuyo destinatario genera una capa protectora que justifica tal vez la frialdad y el deseo de distanciamiento de Leonard cuando manifiesta que con Virginia tomó “decisiones erróneas”. Al final, la muerte de Virginia es un desenlace donde convergen la neurosis, la experiencia dolorosa y traumática de la escritura y la guerra. Virginia y Leonard hablaban de suicidarse en el garaje, con el humo del tubo de escape del coche, si Hitler llegaba a entrar en Inglaterra… Un estado de ánimo morboso que tiene que ver con la absorción, con la digestión rápida, de la crueldad de la Historia y que, en una personalidad como la de Virginia, debió de tener un efecto fatal. La reticencia de Woolf a hablar de la culpa es evidente, e incluso lógica, en un hombre que se esfuerza en comprender y racionalizar la materia informe del odio y la falta de compasión de la Europa de entreguerras.

Hay una observación de Virginia y otra de Leonard que justificarían, por sí solas, la lectura de este texto. Habla ella de “la incongruencia de sentir intensamente y saber que ese sentimiento carece de importancia”. Más allá de la hipersensibilidad, subyace a esa frase una conciencia de la pequeñez y al mismo tiempo de la grandeza del ser humano individual en el flujo de la Historia. Por su parte, él considera que el desajuste ético tiene un doloroso efecto estético y ese comentario, lejos de frivolizar la injusticia, dignifica una sensibilidad estética indisolublemente ligada a una dimensión ética. Anticipándose a Cahiers du cinéma, ya Leonard Woolf barruntaba la idea de que el travelling era una cuestión moral… Las memorias de Woolf son oportunas en tanto en cuanto reivindicación de ese talante socialdemócrata que cada vez se echa más en falta en estos tiempos de barbarie financiera y de democracia desdibujada, pero sobre todo como rehabilitación del intelectual y del artista comprometido con la política y con la vida pública en las antípodas de esa interesada y espuria independencia o pureza moral que a menudo esgrime el “creador” como máscara de su parálisis. Hay en tiempos en los que mancharse es casi un imperativo categórico.


Por Marta Sanz