TRIBUNA
Martes 07 de agosto de 2012
La pertinaz sequía de metales que padecemos durante estas Olimpiadas, aliviada momentáneamente por Mireia Belmonte, nadadora de apellido taurino y nueva heroína nacional, ha acabado por destapar la burbuja deportiva en la que hemos vivido durante los últimos años. Nos hemos creído los reyes del mambo como, hasta hace poco, creíamos estar en la “Champions League” de la economía.
Durante los últimos meses el deporte ha constituido el reverso positivo de la cara amarga de la actualidad político-económica nacional. Los españoles obteníamos consuelo en las hazañas de la selección nacional de fútbol, de Nadal, de Alonso o Gasol mientras los políticos intentaban patrimonializar unos resultados que, en muchas ocasiones, se gestan frente a las administraciones más que con apoyo de éstas.
Nos creíamos los amos del deporte mundial, pero Londres terminó por romper la burbuja deportiva como antes había estallado la burbuja inmobiliaria y la financiera. Estando alrededor del puesto trigésimo del medallero queda claro que nuestro país, con las excepciones de los grandes deportes, invierte menos en educación deportiva que países mucho más pequeños como Corea del Norte, Sudáfrica, Nueva Zelanda, Australia o Hungría.
Pinchadas estas tres burbujas, estando la moral nacional por los suelos, sólo nos queda, para poder empezar casi desde cero, pinchar la burbuja política. Desde la Transición hemos creado, con la excusa de los traumas del franquismo, una estructura política gigantesca con pies de barro que hoy, mientras nos hipotecamos hasta las cejas, se tambalea y amenaza con sepultarnos si antes no somos nosotros quienes la derribamos con el fin de construir algo más acorde con los tiempos.
Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, como tanto se cacarea en las tertulias: mantenemos a muchos más políticos de los que un país en su sano juicio puede mantener, no ya sólo por economía, sino por ética, estética y salud mental de la ciudadanía, harta de cuentos y milongas.
La clase política ha ido creando su burbuja, todo un mundo feliz y políticamente correcto. Un paraíso en el que unos señores, con unos méritos un tanto dudosos, viven en una especie de mundo paralelo con sus propios problemas y necesidades, tan alejados de la realidad de la sociedad.
Es por ello que, mientras nos ahogamos en recortes y penalidades, la casta política sigue enrocada en sus empresas públicas paralelas, sus asesores, sus comisiones… Pero es que esa forma de vida es la razón de su propia existencia. La “pela” es la brújula que guía las vocaciones políticas en un mundo el que todo vale. Y en esas seguimos.
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