Jueves 09 de agosto de 2012
La confusión reina en la triple frontera de Egipto con Gaza e Israel. Aún no se ha dilucidado si los islamistas que asesinaron hace escasos días a 16 soldados egipcios en el Sinaí contaron con apoyo palestino en la Gaza controlada por Hamás, algo que condicionará la respuesta israelí. Por lo pronto, la tensión se ha hecho sentir en la política interior egipcia donde el islamista moderado Mohamed Morsi, líder de los Hermanos Musulmanes y primer presidente libremente elegido en la historia de su país, recibió sus primeros abucheos callejeros, no pudo asistir a las exequias de los militares muertos y tuvo la primera llamada de atención de Israel, lo que supone su primera crisis internacional y un incremento de tensión frente al poder del ejército.
La escalada de acciones violentas no ha hecho más que empezar. Israel neutralizó al comando islamista y Morsi ha ordenado una ofensiva en el Sinaí que, por lo pronto, se ha cobrado ya la vida de otras 20 personas. Los pasos subterráneos que vinculan Egipto con Gaza y los intentos de filtración en la frontera israelí son los motivos inmediatos de esta espiral de acciones armadas. Pero tras ellas subyace un problema de mucha más envergadura, como es la incipiente militarización de la península del Sinaí.
No podía recibirse una noticia más amenazante tras la contienda civil desatada en Siria, los planes nucleares desarrollados por Irán y la propensión israelí a neutralizarlos mediante un ataque unilateral. En este terrible avispero, la desmilitarización del Sinaí, como consecuencia de la Guerra de Yom Kipur en 1973 y las posteriores negociaciones que desembocaron en los acuerdos de Camp David en 1978, supusieron una salida negociada a la guerra, donde la diplomacia logró establecer una paz duradera por encima de la lógica bélica. Israel abandonó íntegramente el Sinaí, desmantelando incluso las colonias hebreas allí instaladas y devolvió por completo la soberanía a Egipto de un territorio que había sido conquistado militarmente. A cambio, Egipto reconocía el Estado de Israel y se comprometía a mantener prácticamente desmilitarizado todo el territorio del Sinaí.
Las acciones de estos días dejan ver que esa desmilitarización está favoreciendo el establecimiento de comandos y organizaciones armadas islamistas que se han asentado allí y se mueve cada vez con mayor libertad. El dilema que se abre es saber hasta qué punto es viable, en estas nuevas circunstancias, la desmilitarización que trajo la paz a ese castigado territorio.
No sólo las autoridades egipcias e israelíes, sino la comunidad internacional, y particularmente la diplomacia occidental, deben poner en marcha un plan urgente para mantener la paz instaurada en Camp David, a la vez que se hace frente a la nueva situación creada. No únicamente por principios de legalidad y motivos humanitarios, sino también por interés propio. La Guerra de Yom Kipur desencadenó una formidable crisis económica en todo Occidente tras la descomunal escalada de precios del petróleo. Algo así nunca se debería repetir. Mantener el Sinaí desmilitarizado es un objetivo hoy día perfectamente alcanzable si se implica la comunidad internacional.
En caso contrario, ese foco de desestabilización podría crecer y unirse a los problemas de Gaza, Israel, Siria e Irán hasta crear una tormenta perfecta cuyas consecuencias se volverían también contra nosotros y nos afectarían con un alcance impredecible.
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