Los Lunes de El Imparcial

Joshua Reynolds: Discursos sobre arte. Anotaciones de William Blake

CRÍTICA

Domingo 12 de agosto de 2012
Joshua Reynolds: Discursos sobre arte. Anotaciones de William Blake. Prólogo y traducción de José Luis Palomares. Langre. Madrid, 2012. 200 páginas. 18,78 €

La editorial Langre acaba de publicar Discursos sobre arte, de Joshua Reynolds, con anotaciones de William Blake. El libro está compuesto por los ocho discursos que Reynolds ofreció en la Royal Academy entre los años 1769 y 1778. En ellos, Reynolds desarrolla de forma precisa sus ideas sobre arte. Reynolds, rival de Gainsborough, a lo largo de su vida (1723-1792), tuvo una formación de pintor clásico: estudió bajo la tutela de Zacharia Mudge la filosofía neoplatónica, y sabemos por su cuaderno de “locus communis” que leía a Plutarco, Séneca, Ovidio, Shakespeare, Milton, Pope y Dryden, entre otros. En su casa se reunían Oliver Goldsmith, Thomas Warde, Samuel Johnson, James Boswell, Edmund Burke, intelectuales de la época. El interés de sus discursos, grande de por sí, se ve multiplicado por los comentarios de Blake que acompañan el texto en los márgenes.

En la dedicatoria, muy reynoldsiana, del libro de discursos al Rey, el autor empieza diciendo: “La evolución habitual de una vida cultivada consiste en ir de los rudimentos a los ajustes y de estos al ornamento.” No hemos acabado de leerla cuando leemos la nota de Blake al margen: “Lo primero que hizo Satán fue suprimir el ornamento, luego los ajustes, y finalmente se erigió en Maestro y Señor de los Rudimentos.” Desde este momento, sabemos que en la lectura tendremos un compañero de voz recia, indomable y sumamente divertida. Blake, discípulo de Reynolds en la Royal Academy, iluminado, poeta y pintor, será un “poltergeist”, un diablo zumbón del tamaño de un colibrí, que nos irá enseñando atajos a los meandros de la prosa de Reynolds. Si tenemos alguna duda, en la siguiente página del libro podemos leer el siguiente comentario de Blake: “Siempre consideré que la reputación de estos discursos supone un grave insulto tanto para el verdadero arte como para los artistas que se precien de tal, […] y que los artistas como él [Reynolds] de siempre han sido el instrumento de Satán para rebajar las artes: un sucedáneo de arte, para aniquilar el arte.”

Quizá la parte más interesante sea la que habla del estilo. Para Reynolds, “el estilo en la pintura es lo mismo que en la escritura, una capacidad para manejar los materiales, ya se trate de colores o de palabras, y mediante los cuales se transmiten las ideas o los sentimientos.” Esta afirmación nos introduce en el reino de la literatura. Un mundo este del estilo en el que en la Iberia castellana, aparte del “Extraño todo / la fábrica, el designio y el modo” gongorino y algún que otro texto de Calderón, poco hay escrito por creadores. Se me vienen a la cabeza “La intuición y el estilo”, el capítulo de las imprescindibles memorias de Pío Baroja y La inspiración y el estilo benetiana. Sobre todo este último, por varias razones. La primera es que en sus discursos Reynolds introduce el concepto de “Gran Estilo”, “Grand Style” o “Grand Manner”, como se acuñó después. Benet estaba muy preocupado por el estilo y buscaba crear un “gran estilo” en el canon español. Lo hizo inteligentemente, con resultados desiguales, pero con una lucidez y una ironía apabullantes. Baroja siempre defendió la intuición como fuente del estilo, algo que paradójicamente lo acerca más al rebelde Blake.

Reynolds afirma: “La idea de un estado perfecto de la naturaleza, que los artistas llaman Belleza Ideal, es el gran principio rector mediante el cual se orientan las obras del genio.” Blake no anota nada a esto, pero dos páginas después encontramos en una nota que bien podía haber saltado de lugar: “Los disparates de este hombre no tienen fin.” Reynolds murió casi sordo y casi ciego, pero rico; Blake murió pintando horas después de acabar el retrato de su mujer y protectora, pobre, considerado loco por sus coetáneos, y con una sonrisa seráfica.

En uno de sus discursos Reynolds desliza su afirmación quizá más visionaria: “No puedo evitar imaginar a un joven prometedor pintor, siempre alerta, ya sea en su casa o en tierra lejana, en las calles o en el campo. Cada objeto con el que se topara sería una lección para él.” Este premonitor aserto, de raíces leonardianas, mete en la discusión a Damien Hirst y Ai Weiwei, por citar dos de los casos más recientes. ¿Cuál es su relación con lo bello? ¿Y lo sublime? ¿Detentan el “Grand Style” contemporáneo? Para Vargas Llosa, por ejemplo, no; para Juan Cueto, defensor de la literariedad del catálogo de Ikea, seguramente sí. Duchamp quizá pudiera aclarar la cuestión de una vez por todas si la sociedad le escuchara, porque Duchamp fue un joven prometedor pintor, siempre alerta, que en su casa o en tierras lejanas se topó con objetos que fueron una lección para él. El arte está en el ojo. ¿El “Grand Style”? También. De ahí que podamos aventurar lo que todos deberíamos ser en este siglo: particulares detentadores del “grand style” que consiste en llevar el arte en nuestros ojos, en toparnos sin cesar con objetos que no dejan de darnos lecciones.


Por José Pazó Espinosa