Los Lunes de El Imparcial

Miroslav Penkov: Al este de occidente

RESEÑA

Domingo 12 de agosto de 2012
Miroslav Penkov: Al este de occidente. Traducción de Daniel Gascón. Seix Barral. Barcelona, 2012. 288 páginas.18,50 €

Bulgaria es un país extraño, en términos occidentales. Tiene una historia extraña y un idioma extraño que se escribe con un alfabeto más extraño todavía, el primer alfabeto eslavo. A caballo entre Grecia, que es la cuna de occidente, y Turquía, que durante siglos fue el demonio de los países europeos, casi todo en Bulgaria suena poco occidental.

Como todos los pueblos y como todas las historias, Bulgaria contiene varios espejos en los que mirarse, paralelismos que le sirven para aquilatar su propia identidad. Uno de ellos es la historia. Todos los pueblos tienen, al menos, dos historias. Una es la historia oficial, la que tiene aspiraciones científicas y persigue la objetividad. La otra es la historia privada, la mitológica, la que los pueblos se cuentan entre sí, la que se narra en las canciones antiguas. En esta historia, hay pueblos que se ven a sí mismos como marineros, otros como labradores o como descubridores. Irlanda tiene su tradición de druidas y héroes celtas, igual que EEUU tiene su far west. La historia privada de Bulgaria habla de guerreros, de jinetes de habilidad legendaria que llegaron del este cabalgando del revés para poder disparar con sus arcos a la carrera. La historia científica -que no es contradictoria con la anterior, sino que la contiene- habla de un pueblo dividido por los mapas y dominado por imperios sucesivos (los turcos primero, más tarde el bloque comunista) que han subrayado la tendencia oriental del país.

El primer relato de Al este de occidente, titulado “Makedonija” se abre con la siguiente frase: “Nací veinte años después de que echáramos a los turcos”. El último de los relatos trata la historia de un hombre búlgaro que ha emigrado a EEUU y que no es feliz. Allí ha perdido a su esposa, allí es donde vive su hija, que es lo único que le queda en la vida. Este último relato avanza entrelazado con la historia que el padre emigrante le cuenta a su hija. Una historia sobre el amor de la mujer más hermosa del mundo y un búlgaro convertido en jenízaro furioso a manos del dominador turco.

Al este de occidente es un libro de cuentos y trata sobre Bulgaria. Sobre el país y sobre su historia, pero también -diría que sobre todo- trata acerca del peso que tienen el país y la historia en los individuos y en las familias. Trata sobre espejos en los que mirarse para reconocerse o negarse. Podríamos decir que hay dos grandes cables que se entrecruzan y que forman el armazón básico de casi todos los relatos y, desde luego, forman el armazón básico del conjunto. Uno es el cable que va de Bulgaria a EEUU. Del país viejo, que no siempre da razones para ser querido -pero que se quiere igualmente- al país nuevo, que no siempre da razones para habitarlo, pero al que no es fácil renunciar, entre otras cosas porque se ha escogido. Renunciar a una herencia es difícil, a menudo imposible, si lo que se hereda es la sangre. Renunciar a una elección tiene una dificultad diferente, que casi nunca es menor.

El otro cable es más complejo, porque no une lugares. Es la línea que va entre la estructura del estado y la estructura de la familia. Es un cable complicado. La metáfora de una línea unívoca probablemente no es la más adecuada. Quizás fuese más preciso -o más impreciso y, precisamente por eso, más válido– hablar de una red de paralelismos que se extienden entre dos instituciones en las que el individuo se inserta.

Al este de occidente trata los nudos de esa red. Los lugares en los que se anuda, o en los que el hombre se ve atrapado. También de la rémora que supone, de la distancia que impone entre los que pertenecen y los que no pertenecen a dicha red o de la obligación de tender una red paralela en la que el hombre vaya tejiendo su propia vida. Trata sobre la experiencia de ser extranjero cuando vienes de un país en el que la periferia, el sentimiento de extrañeza, es parte de su propia esencia. Demasiado oriental para occidente, demasiado occidental para oriente. En uno de los relatos, el emigrante americano (un tipo recurrente en los cuentos, que Penkov escoge convertir en variaciones sobre el emigrante, y no en un único personaje) vuelve a Bulgaria para intentar concebir un hijo con su novia japonesa. Ésta se queda fascinada al ver un grupo de gitanos, que ella identifica a partir de las leyendas. El emigrante, sin embargo, no muestra mayor simpatía por ellos, por ese pueblo itinerante. Casi todas las historias contienen espejos.


Por Miguel Carreira