RESEÑA
Domingo 12 de agosto de 2012
Olvido García Valdés: Lo solo del animal. Tusquets. Barcelona, 2012. 201 páginas. 15 €
La primera vez que oí el nombre de Olvido García Valdés fue en labios de José Ángel Valente. Hablábamos sobre la poesía nueva en el pliegue de los años ochenta. Pronto comprendí por qué. Los inicios y finales de poema tenían, tienen sello, marca. Tocan el punto intangible de algo que asoma y nunca se define. Dejan trazas, intersticios. Hasta interrumpen lo que, por instantes, esbozan. Y las palabras caen o surgen en el texto diciendo más la resonancia que las mueve que midiendo su peso. Pensaríamos entonces en la poética del silencio. Lo hay, sin duda, pero el interior de estos poemas dice otra cosa. Son más escritura que poesía. Para la comprensión de la obra, aún en ciernes, de García Valdés bastan, de momento, el Prólogo de Eduardo Milán a Esa polilla que delante de mí revolotea, donde la autora reúne su escritura de 1982 a 2008, y la reflexión final, poética, que ella misma nombra “De la escritura”.
El libro aquí comentado con técnica de acuarela, no de óleo, insiste en el subsuelo de lo ya conocido, el animal de fondo. Habría un eco juanrramoniano, pero solo de onda, pues la poeta lo interrumpe en los intersticios de espacio, tiempo, modo y acción de la palabra. Prefiere la técnica yuxtapositiva del cine. Los tránsitos abrevian función a las categorías y comprometen más la proyección sintética de lectura. Por eso se pregunta: “(¿La fuerza de una imagen es efecto del punto en que se cruzan las asociaciones, o es sólo su pureza la nitidez extraña y viva de una impresión?)”. Ambas cosas. Las palabras reclaman visión interna de los impulsos que las mueven: “Giran seres / y afectos empujándose, opaco / casi violento mirar fuera”. Un modo de insight. Verse viendo qué queda de una poda de escritura nonata.
Hay algo, no obstante, más ambicioso y grave por complejo. El neutro del título. Lo Neutro, y sus figuras, diría Roland Barthes. No la neutralidad lingüística, que anula diferencias de rasgos y atributos en un paradigma, aunque también. Tampoco la fenomenológica, o no del todo. Un intento, pues, de neutralidad poética más allá de la retórica. Ni lo uno ni lo otro, “ne uter”, en latín; “oudéteros”, para los griegos: no y otro, no y uno de los dos. Una complicación lógica de calado metafísico. ¿Cuál espacio, tiempo, modo, acción, lugar? ¿La negación implícita en la palabra neutro?
Tampoco. Lo “Lo” del título es “el” en función metalingüística. El acusativo, lo articulado de un adjetivo adverbial, o viceversa. ¿Por qué? Nos movemos antes de las categorías, pero después de podar el intersticio que las concibe. Difícil situación la de un engendramiento que late convulso renunciando casi a las figuras del sentido que lo anuncian.
El relato inevitable del objeto traiciona la poesía que lo convoca. Hablan más la situación que lo situado, el suceso que lo sucedido. Y si se pretende el fondo material de las cosas, el grado inmaterial de la materia o tercer nivel implícito, por tanto de uno y otro, aún dependemos en esta exaltación de lo Neutro, dice Lévinas, del Nosotros en relación al yo declinado (Moi). El filósofo francés critica así al alemán Heidegger, cuyo acontecimiento (Ereignis) le chirría los oídos, pero sucede, se da (es gibt), del mismo modo que “il-y-a”, “hay”, nuestro haber neutro, con adverbio incluido. Y el filósofo francés corta en seco: “El ser del ente es un Logos que no es verbo de nadie”. ¿Ni del poema? El ser-materia, materializante.
He aquí lo grave de esta y otra poesía actual. Ser de nadie, nada.
Por Antonio Domínguez Rey