Andrea Donofrio | Domingo 12 de agosto de 2012
Terminadas las Olimpiadas, entre vencedores y vencidos, Italia debe reflexionar atentamente sobre el problema del dopaje, ya que el primer atleta famoso que dio positivo por doping fue el italiano Alex Schwazer. El campeón de los Juego Olímpicos de Pekín de 2008 confesó haber utilizado EPO para mejorar sus prestaciones. El CONI (Comité Olímpico Italiano) lo ha excluido del equipo después de dar positivo en un control de la WADA (Agencia Mundial Antidopaje) el pasado 30 de julio. Tal y como reconoció el atleta, campeón olímpico en los 50 kilómetros marcha, cometió un grave error que manchó no sólo su imagen, sino que podría haber perjudicado la imagen del deporte italiano en el mundo. Una imagen ya minada por los continuos escándalos: el calcio-scommesse (la presunta trama de amaño de partidos y fraude en apuestas deportivas), los arbitrajes cuestionables y de parte (como el caso vergonzoso de la final de la Eurocopa de hace unos días, competición trasladada a China para “atraer” un nuevo mercado al fútbol italiano, una fiesta arruinada por un árbitro en busca de protagonismo y que pitó decisiones discutibles y controvertidas, penalizando exclusivamente a un buen Nápoles); y, por último, los casos de doping en diferentes disciplinas. Todo ello perjudica la credibilidad del deporte italiano y disminuye el interés internacional hacia sus atletas y competiciones.
Es evidente que Schwazer ha cometido un grave error: la presión y el miedo al fracaso le pudieron. El miedo a fallar, el temor de no poder repetir sus propias marcas, la insatisfacción de su actividad, le empujaron a equivocarse. El atleta ha demostrado –de la peor forma posible- su incapacidad para soportar la presión, la obligación de ser siempre “el héroe de Pekín”, la gran expectativa que eso suponía. Por un lado, la historia de Alex y su conmovedora rueda de prensa generan comprensión: todo el mundo puede equivocarse y está claro que el suyo ha sido un error colosal. El atleta ha demostrado su inmadurez y su incapacidad de sobrellevar la responsabilidad que un deportista de élite debe tener. Y al mismo tiempo, pone de manifiesto que el atleta italiano no había comprendido uno de los valores principales de las Olimpiadas, del espíritu olímpico resumido en la frase de Pierre de Coubertin, “lo importante es participar”. Un atleta debe saber perder y saber aceptar una derrota. Por otro lado, su error debe empujarnos a reflexionar sobre parte del mundo que rodea al deporte, formado por buitres y personas sin escrúpulos, dispuestas a aprovecharse de las debilidades humanas. Ese punto merece ser aclarado: ante la debilidad de Schwazer y de otros atletas siempre hay algún personajillo dispuesto a sacar provecho, a venderles una fórmula de éxito mágica y mostrarles el camino de la ilegalidad. Un mundo compuesto por preparadores atléticos y médicos, luminares del dopaje. En esta historia, no parece una casualidad que el preparador de Alex sea el mismo de Lance Armstrong, el llamado “Mago” o “Mito”. Se debe luchar contra cualquier figura que introduzca la ilegalidad en el mundo del deporte. Habría que alejar del mundo del deporte a los falsos gurús que afirman tranquilamente que “es doping solo aquello que detectan los controles. Si fuera un atleta asumiría todo aquello que no viene detectado”. Se debe apostar por un deporte limpio y no basta con indignarse por lo que ha pasado, sino que se deben investigar las causas y castigar a los culpables.
La vicisitud de Schwazer invita a reflexionar no sólo sobre su conducta –imperdonable y vergonzosa- sino sobre la actitud de los medios italianos y de gran parte de la opinión pública nacional. Parece que el deporte preferido para los italianos sea el de atacar a quien ya está herido, casi como si sintiera un sádico placer en obstinarse contra alguien ya dolido o que haya admitido su error. Por eso, los italianos, que como decía Montanelli, están siempre listos para “correr en auxilio del vencedor”, hoy atacan hipócritamente al atleta, mostrando elevadas dosis de rencor y cayendo, a menudo, en el insulto personal. Es cierto que su gesto ha traicionado a todos aquellos que le consideraban un ejemplo de deporte limpio; pero es también cierto que ha tenido el valor de admitir públicamente su culpa –gesto no típicamente italiano-, de mostrarse arrepentido y dispuesto a pagar las consecuencias de su error. Y es justo que pague: en el deporte no deberían hacer trampas y cualquier engaño debe ser severamente castigado. Cabe esperar que el atleta comprenda las palabras del presidente de la Federación Italiana de Atletismo (FIDAL), Franco Arese, “mejor ganar una medalla menos y luchar contra el doping de forma seria”.
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