Lunes 13 de agosto de 2012
Un día sí y otro también, las noticias sobre la guerra civil desencadenada en Siria nos dibujan un panorama terrorífico, que se está prolongando hace ya más de un año. La batalla de Alepo, la segunda ciudad más importante después de Damasco y situada en un enclave estratégico, pasará, con trágico merecimiento, a la historia universal de la infamia, en su encarnizada lucha entre las tropas de Bashar Al Assad y los rebeldes.
Ante el brutal empecinamiento de Bashar Al Assad por mantenerse a toda costa en el poder, sin importarle lo más mínimo la masacre de su pueblo, la comunidad internacional debe redoblar sus esfuerzos para que termine de una vez y cuanto antes la contienda. En este aspecto, se inscribe el anuncio de la secretaria de Estado de EEUU, Hilay Clinton, de que su país y Turquía establecerán una alianza para incrementar el respaldo militar y de Inteligencia a la oposición siria y que así se acelere la caída de Al Assad. Asimismo, Clinton señaló que se proporcionará a los rebeldes más ayuda “no letal”, cifrada en unos veinticinco millones de dólares.
Tanto Hilary Clinton como el ministro de Exteriores turco, Ahmet Davutoglu, no se pronunciaron específicamente sobre el empleo de la fuerza, pero sí hablaron de una estructura operativa que se pondría en marcha si, por ejemplo, el presidente sirio atacase con armas nucleares a la población.
Las alianzas resultan positivas en el empeño de terminar con una guerra que amenaza con eternizarse. Y ellas deben servir para que antes que nada se reactive la vía diplomática en la solución del conflicto de Siria. El fracaso de Kofi Annan como enviado especial de la ONU y la Liga Árabe para encontrar una salida no debe llevar al pesimismo sobre las todavía posibilidades del camino diplomático. No parece que Kofi Annan fuese la persona más indicada como mediador, y realmente, no se entiende muy bien su nombramiento, tras su descrédito por inhibirse en el genocidio étnico en Ruanda y las acusaciones de corrupción que pesaron sobre él durante su mandato en Naciones Unidas, junto a su participación como estrella –cobrando unos cuantiosos emolumentos- en una “Conferencia de Paz”, en la que el terrorismo etarra se consideraba “la última confrontación armada de Europa”.
Y, sobe todo, es preciso que la comunidad internacional consiga que China, y especialmente Rusia, se sumen a las sanciones contra el régimen de Damasco, pues este sería muy sensible a las presiones rusa y china. La vía diplomática no ha de darse por cerrada, como tampoco dejar de lado el inquietante hecho de las infiltraciones de Al Qaeda entre los rebeldes.
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