Opinión

Sobre la Guerra de la Independencia

Luis Alejandre | Sábado 19 de abril de 2008
El movimiento revisionista surgido con motivo del Bicentenario de la Guerra de la Independencia “del francés” o “peninsular”, según lo interprete cada uno de los protagonistas, es sencillamente magnífico.

Han aflorado largas investigaciones históricas de la mano del mundo universitario, bien canalizado por historiadores de categoría como Carlos Seco, Emilio de Diego, Ricardo García Cárcel, Fernando García de Cortázar, Antonio Moliner o Lola Herrero, a los que se han integrado militares de prestigio y de amplios conocimientos como los generales Cassinello y Alonso Baquer, los coroneles Sañudo, Mora y Navas y últimamente jóvenes oficiales como José Pardo de Santayana.

El mundo editorial y la prensa han realizado, y están aportando asimismo, un enorme esfuerzo al que hay que rendir homenaje y agradecimiento.

Dos siglos dan para mucha perspectiva histórica. El mundo ha cambiado. Con muchos problemas, pero hoy es mucho mejor que el descrito en 1808. Los protagonistas enfrentados a muerte -Inglaterra, Francia, Portugal y España- en Talavera, en Gerona, en Zaragoza, en San Marcial, en Arapiles o en Bailén, forman hoy un solo cuerpo que se llama Europa. Menos a los suizos, que también lucharon aquí, esta Europa integra a piamonteses, hannoverianos, polacos, irlandeses que también lucharon, se sacrificaron, sufrieron en nuestro suelo patrio. Quisiera decir que lo hicieron por nuestras libertades y no me atrevo.

Pero sí, es tiempo de reconocimientos y de explicar los acontecimientos desprendidos de nuestros fantasmas internos. Fantasmas que también deben despejar ingleses y franceses, tanto o más recalcitrantes que nosotros.

Respecto a Inglaterra tenemos una indiscutible deuda. Estudios recientes y muy fundados de la profesora Alicia Laspra de la Universidad de Oviedo, cifran en cerca de diez millones de libras esterlinas lo aportado al esfuerzo bélico peninsular entre 1808 -desde que el futuro Conde de Toreno saliese de Gijón con dirección a Londres para pedir las primeras ayudas- hasta 1815 -en que Inglaterra daba soporte a las fuerzas del general Morillo establecidas en el sur de Francia-.

Tienen razón los que sostengan que la deuda se pagó con plata de Perú o de México; tienen razón los que digan que la “tierra quemada” que dejaba tras si Moore en la retirada por Galicia era innecesaria y hasta criminal. Tienen razón los que hablen de prepotencia, incluso de expolio inglés.

Pero, lo real es que Inglaterra dejó a más de 10.000 hombres muertos en combate, dando esta cifra con prudente aproximación, y otros 20.000 fueron baja por enfermedades, heridas o desapariciones (Charles Esdaile y Samuel Dueñas han investigado a fondo estas cifras). El sacrificio de 30.000 personas necesita a la fuerza ser tenido en cuenta, valorado y, desde luego, reconocido. Se hace cada año puntualmente en Talavera, en Ciudad Rodrigo, en La Coruña, en Badajoz. Quizás haga falta un reconocimiento más general.

Y con el de Inglaterra, habrá que añadir el de Portugal, el tercer aliado. Sin Portugal, sin la base logística segura que le proporcionaba el puerto de Lisboa protegido por las impresionante red de fortificaciones de Torres Vedras, difícilmente comprenderíamos la contraofensiva de Wellington, la que permitió recuperar la iniciativa de las operaciones hasta expulsar a Napoleón de España.

Tiempo de revisiones. Tiempo de reconocimientos. Tiempo de búsqueda de la verdad. Tiempo de una Europa que rompa con generosidad visiones subjetivas y egoístas. Miles de compatriotas europeos se lo merecen.

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