Miércoles 15 de agosto de 2012
A pesar de que el cambio de las condiciones climatológicas ha propiciado una mejora en las labores de extinción del incendio de La Gomera, la isla canaria continúa inmersa en una situación dantesca. Se han quemado más de cuatro mil hectáreas y más de cinco mil personas han tenido que ser evacuadas. El otro incendio de gran envergadura en estos momentos, declarado en la localidad alicantina de Torremanzanas, parece que está controlado, tras arrasar seiscientas hectáreas y, lo más trágico y lamentable, después de cobrarse dos víctimas mortales: un brigadista y un agente de medioambiente.
El Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente ha publicado un informe sobre los siniestros forestales ocurridos entre el 1 de enero y el 5 de agosto de 2012, en el que se contabilizan cerca de once mil, que calcinaron 132.299,89 hectáreas. Las cifras, a las que hay que sumar las de Alicante y La Gomera, han convertido este año en el peor de la última década referido a incendios forestales. En 2012, el territorio arrasado multiplica por tres el de 2011 y cuadriplica el de 2010. Hasta el momento, 2005 se consideraba el peor año, con veinte grandes incendios, que afectaron a 102.500 hectáreas. Desgraciadamente, 2012 lo ha superado, poniéndose de manifiesto un crescendo cada vez más preocupante.
Especialmente en verano, parte del territorio español es pasto de las llamas y se producen siempre enormes daños, cuando no hay que lamentar desgracias personales, como, por ejemplo, en 1984, en la misma isla de La Gomera que ahora arde, donde un pavoroso incendio se llevó por delante la vida de veinte personas.
Bien es verdad que en los incendios se alían numerosos factores difíciles de controlar. Pero no lo es menos que, sobre todo a la vista del último informe ministerial, resulta preciso incrementar las medidas en todos los frentes para que ese crescendo no siga ocurriendo. Arias Cañete, titular del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, ha dicho que no se descarta aumentar las sanciones, lo que, sin duda, sería positivo. Pero también es necesario impulsar una decidida y eficaz política preventiva, en la que, entre otras cosas, podrían recuperarse campañas para que los ciudadanos tomen mucha más conciencia del problema. El nefasto fenómeno de los pirómanos, sobre los que ha de caer todo el peso de la ley, es ciertamente difícil de atajar, pero no debe olvidarse que muchos incendios se producen por negligencias y descuidos. En los meses de verano, debe prohibirse cualquier tipo de fuego en el bosque, y no sólo las barbacoas. Asimismo, habría que mejorar la coordinación entre las distintas Comunidades y administraciones –en vez de hacerse reproches-, o incluso plantearse la posibilidad de una competencia única en la lucha contra el fuego, además de no escatimar recursos, pese a la crisis, en un asunto de capital importancia. La devastación forestal no puede convertirse, sobre todo cada verano, en endémica, en el incendio que no cesa.
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