José Eugenio Soriano García | Miércoles 15 de agosto de 2012
Resultaría difícil encontrar una época en la que más aceleradamente se hayan hundido los valores, virtudes y principios que venían alimentando y por tanto sosteniendo, espiritualmente a una sociedad. No queda apenas nada. Quizás el valor y el coraje de unos pocos, condenados de antemano a no triunfar. El resto, rápidamente, ha asumido la corrección política como norma imperante y en consecuencia proceden a eliminar toda actitud justa, solidaria y valiente, rindiéndose rápidamente al dominio de quienes simplemente mandan. Y mandan los políticos, sindicalistas, financieros y sus cohortes gremiales. Para ello, ha resultado capital publificarlo todo- las Cajas, por ejemplo- asaltarlo todo – las Universidades por ejemplo- y, en fin, someterlo todo al diktat de quienes mandan. Mandan aunque no gobiernen los miembros de la casta, porque de lo que se trata fundamentalmente es de dar órdenes y aprovecharse de ellas.
En Derecho, esa pérdida de valores se centra en el eclipse del principio de legalidad, que antes regía toda la Administración y cuya paulatina reducción a la técnica negociadora y búsqueda del “consenso” – esto es de un acuerdo amigable que distraiga la aplicación de la ley y lo sustituya por un alegre pacto entre los propios interesados -es ya una realidad sin discusión. Pensemos, por poner un ejemplo, en que en el Ayuntamiento de Jerez hay un déficit de 1000 millones de euros y hay 2000 empleados públicos para una población de 210.000 habitantes (¿cómo podrían soportar esa carga?¿Hay fórmulas milagrosas en ese Ayuntamiento para crear diariamente el milagro del pan y los peces?), pero no se han convocado plazas de funcionarios, sino que son directamente seleccionados de la manera que mejor se de a entender por el Alcalde de turno, se les hace laborales y desde ahí se les funcionariza. Esto, que es un simple ejemplo de un Municipio, puede multiplicarse por miles y miles. No soportan los políticos a los funcionarios, ya que están preparados, han pasado una oposición y son por tanto orgullosamente independientes al no deber nada a nadie. Por eso, los políticos cambiaron la ley de la función pública y crearon - con ayuda de algunos catedráticos de derecho administrativo que luego quien ha tenido más dignidad se ha arrepentido incluso por escrito, aunque el resto vive bien a costa de que les sigan encargando cositas –, crearon decimos la figura del empleado público. Y la diferencia es abismal: a los empleados públicos se les selecciona prácticamente sin concurrencia, no hay que publicarlo en el BOE en muchos supuestos, con lo cual nadie se entera de ese contrato, y se acaba dando a parientes, amigos, simpatizantes o al que le caía bien al partido político. Y así, con esos miles de estómagos agradecido,s se hace luego lo que da la gana. Y lo que da la gana es generar déficit y deuda, haciendo obras fastuosas, o pagando a los miles de empleados que se han sumado al carro y desde luego “como el dinero público no es de nadie”, gastarlo en lo que plazca, ocio y disfrute personal incluido.
Es cierto que los políticos son gran parte del problema; al fin y al cabo, como destacó Antonio Garrigues Walker hay 300.000 políticos en España más que en Alemania y “gozamos” del doble de políticos que en Francia o Italia. Pero esos políticos están ahí, también, porque hemos querido que estén. Y los sindicalistas que viven bien en muchas organizaciones (casi siempre públicas) también los hemos puesto nosotros, bien que a través del consentimiento previo de los políticos. Y así sucesivamente. Y va a continuar: no hay más que mirar el IBEX 35 y comprobar la cantidad de ex cargos políticos que pululan en sus consejos, fundaciones, filiales. Y sus hijos luego son adquiridos por organizaciones, asociaciones, bufetes, consultoras... Porque a todos les interesa estar a bien con el poder político. No hay mérito ni capacidad. Nada de sacrificio y esfuerzo: estas son las palabras prohibidas. Todo fácil, todo al alcance de la mano… política. Todo lo público procura regalarse, donarse, y todo político aspira a ser como el Rey Enrique II de las Mercedes, quien hizo buena escuela como se puede ver.
El Gobierno, que ha adoptado necesarias medidas duras para con los ciudadanos y con los funcionarios, sigue sin abordar seriamente el problema de la sobreabundancia de políticos y sindicalistas, sigue sin exigir transparencia de verdad (esto es, como los suecos, finlandeses, daneses… donde todos conocen el sueldo de los empleados públicos, los contratos públicos son transparentes…) sigue sin exigir que los Jueces se limiten a aplicar la Ley y no continúen con inventivas en las directrices que dan sus Asociaciones, sigue sin abordar una reforma que recupere la función pública y elimine la bastarda de empleo público donde todo el mundo entra, sigue sin eliminar las subvenciones a sindicatos y otros gremios, sigue sin enfrentarse seriamente con el empleo sumergido – bastaría utilizar seriamente a la Inspección de trabajo… si la dejan trabajar los políticos autonómicos protectores de las empresas negras en sus territorios – siguen sin enfrentarse seriamente con el fraude fiscal, sigue sin reformar la Justicia a fondo. En fin, sigue imponiendo sacrificios pero desde luego no a los “suyos”, siendo suyos precisamente el resto de los paniaguados políticos, de los miles y miles de paniaguados políticos.
Pero no nos equivoquemos. El mal está en todos nosotros. Si tenemos esta corruptela generalizada política y sindical y gremial y local y autonómica y…. es porque hemos querido. Y hemos querido porque somos así. También en el sector privado hay muchísima corrupción y desde luego toda clase de abusos. Es toda la sociedad la que está en esta situación.
O nos arreglan desde fuera, y habrá que hacer un elogio de la intervención, o seguiremos así. O se van poniendo topes y límites legales y se establecen medios para hacerlos cumplir o nos deslizamos más aún por la pendiente. Pendiente en la que sufrimos la mayoría, mientras políticos, sindicalistas, financieros y gremios asociados continúan viviendo opíparamente y creciendo y multiplicándose, ya que para ellos, precisamente para ellos, la crisis no existe, ni existirá. Son ellos los únicos que se benefician de esta negra situación. Los únicos. El resto, cada vez más, tenemos que soportar el hundimiento paulatino de nuestra situación personal y profesional, y todo ello en un país que nunca mira para atrás para ver qué hemos hecho, ya que la responsabilidad y la culpabilidad asociada a la acción culposa e ilícita es algo que por definición ha dejado de existir en el vocabulario político. ¡Viva la intervención!
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