Jueves 16 de agosto de 2012
Hasta el momento, Túnez ha sido una excepción en el mundo árabe en lo referido a la mujer. Aunque, naturalmente, hubiera situaciones puntuales indeseables, sus derechos e igualdad con el hombre estaban reconocidos desde el marco legal, sobre todo desde la aprobación del Código de Estatuto Personal del 13 de agosto de 1956. Tras la “primavera de los jazmines”, en la que fue derrocado Ben Alí en enero del pasado año, el partido islamista Ennahda llegó al poder. Ennahda se comprometió no sólo a que no iba a producirse ningún retroceso en los derechos femeninos, sino incluso a un avance que eliminara cualquier atisbo de discriminación.
Ahora, precisamente en agosto de 2012, parece que esas promesas de Ennahda lejos de cumplirse, llevan intención de trastocarse en todo lo contrario. Teniendo en cuenta las ideas islamistas respecto a la mujer, es mucho más que una anécdota la airada reacción de buena parte de los dirigentes tunecinos hacia la atleta Habina Ghribi, contra la que han desatado una fuerte campaña. El que cosechara para su país una medalla de plata en la final de los 3.000 metros de obstáculos de los Juegos Olímpicos de Londres no tiene ninguna importancia ni merece reconocimiento frente a la “inmoralidad” de la vestimenta que llevaba en la carrera.
Pero, con ser esto preocupante, lo es todavía más, por el alcance que puede revestir, uno de los artículos propuesto por el partido islamista para la nueva Carta Magna que se está redactando. Según el texto, los derechos de la mujer se garantizan “bajo el principio de complementariedad con el hombre en el seno de la familia y como asociada del hombre en el desarrollo de la patria”. El ala radical de Ennahda quiere imponer en Túnez la sharía, ley musulmana emanada del Corán, donde se proclama el estricto sometimiento de la mujer al varón y el poder omnímodo de padres y esposos hasta santificar inadmisibles muestras de barbarie.
Inquietantes signos como estos han motivado una multitudinaria manifestación de los tunecinos que no desconocen a dónde pueden desembocar. La atleta Habiba Ghribi dijo al recibir el galardón que esa medalla era “para el pueblo tunecino, para las mujeres tunecinas, para el nuevo Túnez”, palabras que se han interpretado como una advertencia ante lo que puede avecinarse.
Las feministas se afanan en denunciar la discriminación de la mujer en las sociedades occidentales. Sin duda, se debe continuar por el camino de la completa igualdad, pues aún queda por hacer. Pero resulta cuando menos curioso que desde cierto feminismo que se autoconsidera “progresista” no se ponga el mismo énfasis en denunciar con más ahínco la situación femenina en el mundo árabe, bajo el amparo del respeto a otras culturas. Lo políticamente correcto de no rechistar ante las “bondades” del multiculturalismo no puede llevarnos a comulgar con ruedas de molino. En Túnez, establecida la “complementariedad”, el burka y lo que implica -absolutamente intolerable-, puede ser el siguiente paso. Esperemos que en el país magrebí no se haga fuerte la sharía. Y ello, naturalmente, no sólo por el bien de las mujeres.
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