Alberto Míguez | Sábado 19 de enero de 2008
La Cuarta cadena de televisión emite todos los viernes a la noche un espacio que poco a poco se ha ido convirtiendo en el mejor y más dramático de la producción española.
En el manojo de televisiones de todo pelaje intención y tedio en que se ha convertido la televisión española en general estos “Callejeros” constituyen todo un ejemplo de cómo la vida en sus estrías y menudas tragedias puede reflejarse sin que nadie se escandalice o proteste.
“Callejeros” recoge las realidades marginales que por lo general se obvian en las televisiones burguesas donde no existe la droga, la prostitución, el hambre, el chabolismo, la violencia de niños y adolescentes, la vida perra de gitanos, quinquis, chatarreros, caldereros y basureros.
En algunos episodios la emisión alcanza niveles de cine-realidad que sobrecogen como por ejemplo el capitulo dedicado a los hambrientos que recogen los restos de comida en supermercados, mercadillos, restaurantes y casas particulares. U otro, menos dramático y con buena dosis de humor donde se narra la liturgia de una boda gitana, la comilona posterior y los bailes rituales de unas señoras que parecen ballenas…
Los protagonistas de “Callejeros” son ancianos que malviven en chabolas cochambrosas y húmedas en pleno centro de la gran ciudad, vendedores de haschis y de “chinos” (cocaína y marihuana para fumar), mendigos, lisiados, prostitutas chaperos, ladronzuelos de tres al cuarto, contrabandistas de tabaco en la Atunara de La Línea de la Concepción; bahía de Algeciras o poblados chabolísticos sin agua ni luz corrientes donde amontonan familias numerosas, motocarros y cabras y donde se canta flamenco todas las noches a la luz de unas sardinas.
Hay muchos ciudadanos que ignoran o prefieren ignorar estas realidades marginales que “Callejeros” refleja con feroz crudeza. Pero lo mejor tal vez sea el tono amable, cariñoso y cortés que los autores de estos reportajes utilizan: ni una mala palabra, ni una acusación malsonante, ni una broma ni una burla.
En “Callejeros” es un fragmento de esa parte “donde la ciudad cambia de nombre” que el gran escritor Francesc Candel, recientemente fallecido escribió sobre la Barcelona de los años cincuenta.
Quien quiera saber qué ocurre en los márgenes de nuestra urbe y nuestras sociedad hará muy bien fijándose en “Callejeros”. La compasión, la indignación y la solidaridad están aseguradas. El espacio no asegura las buenas digestiones pero dignifica a quienes lo fabrican. Es un producto excelente, tal vez el mejor de cuantos nos ofrece semanalmente el “ojo bobo”.
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