Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 18 de agosto de 2012
Una decisión puede ser legal y, a la vez, injusta. Hay días en que el Estado de Derecho –la sujeción del poder al imperio de la Ley- nos deja esa tristeza que queda cuando los malos ganan. El terrorista Josu Uribetxeberría Bolinaga goza ya del tercer grado penitenciario que el Gobierno le ha concedido por motivos humanitarios a la vista de la enfermedad terminal que padece.
Dejemos que por Uribetxeberría hablen sus actos. Formó parte del comando terrorista que, en 1996, secuestró y torturó a José Antonio Ortega Lara durante 532 días antes de abandonarlo en un zulo –cubierto por una máquina y prácticamente indetectable- para dejarlo morir de hambre y sed. Las fotografías del funcionario de prisiones rescatado por la Guardia Civil forman parte ya de nuestra memoria y creo innecesario describirlas.
Tampoco detallaré las atroces condiciones del secuestro ni el zulo que los terroristas querían convertir en tumba para un hombre. Sólo Ortega Lara conoce el fondo insondable de su sufrimiento.
He aquí quién es Uribetxeberría , el terrorista que ahora ha apelado a su dignidad para pedir el tercer grado como paso previo a la libertad condicional invocando motivos humanitarios. Pretende morir en libertad recibiendo tratamiento médico fuera de la prisión donde ha gozado de unos derechos y unas condiciones que Ortega Lara no pudo ni soñar. El Ministerio del Interior ha accedido a su petición.
Se me ocurren varias cosas. La primera es la lista de todos aquellos que han apoyado al terrorista en su reivindicación de una libertad que jamás ha merecido. Ahí están los políticos de Amaiur, tan comprometidos con los derechos de los etarras, tan satisfechos de sí mismos y del aparente lavado de cara de los proetarras. Lo malo es que la sangre deja manchas que ningún voto, ninguna urna, ninguna foto ni ninguna Sentencia pueden lavar. Lo malo es que la oscuridad del zulo deja una huella que ninguna decisión ministerial ni ninguna decisión judicial pueden borrar. Uribetxeberría tendrá o no derecho a que se le dé el tercer grado pero el espectáculo de los falsos huelguistas de hambre, los manifestantes en apoyo del terrorista y toda la parafernalia que los rodea es repugnante.
Otra cosa que se me ocurre es que el centro de la decisión se ha desplazado. A mi juicio, lo relevante no es el grado de la enfermedad sino la posibilidad- o no – de que reciba tratamiento médico fuera de la prisión. Se ha hecho mucho hincapié en lo primero pero no tanto en lo segundo. Tal vez sea simplemente que no hay tratamiento que aplicar y que sólo le queda esperar la muerte. Ahora bien, Uribetxeberría ha preferido utilizar este trance para convertirse en un mártir y alimentar la propaganda etarra. Desde el hospital en que se encuentra ha encontrado fuerzas para hacer declaraciones; por ejemplo, ¨"los pasos que se han dado en los últimos meses y la situación que tenemos en Euskal Herria son muy positivos, los veo muy bien. Soy optimista con la situación política y con el proceso, vamos muy bien". Ha convertido así la decisión de solicitar el tercer grado en un supuesto acto de heroísmo y dignidad que refuerza el mensaje de ETA y sus amigos y soslaya dónde están las víctimas y dónde los victimarios. Si Uribetxeberría –y no sus víctimas con Ortega Lara a la cabeza-, si el terrorista, digo, es quien debe movernos a la compasión, nuestra sociedad está aún más enferma de lo que parece. Alguno pensará que hay que compadecerse de todos: tal vez, pero hay una diferencia moral insalvable entre el culpable que jamás pidió perdón ni se arrepintió y la víctima que sólo es inocente. Hay un abismo que nadie puede salvar entre este terrorista, por enfermo que esté, y Ortega Lara
Gravita sobre nosotros, sobre los demócratas, la responsabilidad de mantener esa claridad que los amigos de ETA pretenden empañar. Debemos estar, siempre, del lado de las víctimas y frente a sus asesinos, sus secuestradores, sus torturadores y todos sus amigos. Uribetxeberría es un desalmado y la dignidad que el Estado, pese a todo, le reconoce, es la primera que quedó mancillada por sus actos terroristas. Las víctimas del terrorismo -que hoy tienen el rostro blanquecino de un Ortega Lara rescatado de las garras de la muerte- siguen siendo a menudo las olvidadas en las ejecuciones de la pena, en las concesiones de los beneficios y los cambios de régimen penitenciario.
Hay días, pues, en que sólo nos cabe esperar una Justicia que supera a la de los humanos. Uribetxeberría tendrá que rendir cuentas de sus actos y no le servirán ni los pretextos ni las soflamas ni los diputados de Amaiur, que también tienen lo suyo. Quien condenó al encierro, al sufrimiento y la tiniebla a Ortega Lara –que jamás ha pedido venganza y a quien no sé si alguien preguntó para esta decisión- comparecerá a un Juicio en el que tal vez no crea él pero que sin duda le espera. En esta vida, su historia será la de alguien que renunció a la condición humana y la dignidad que ahora invoca para mancharse las manos de sangre y de barro y entregarse a una oscuridad que acompañará su memoria para siempre.
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