Opinión

Universidades españolas en el furgón de cola

Lunes 20 de agosto de 2012



La Universidad Jiao Tong de Shanghái acaba de hacer público el conocido como “ranking de Shanghái”, donde se establece una clasificación de los centros de enseñanza superior de todo el mundo. Este ranking no es el único, pero sí uno de los que se consideran con mayor prestigio. En cabeza de la tabla aparece la Universidad de Harvard, que muestra el dominio de las universidades norteamericanas, que prácticamente copan los veinte primeros puestos, con las excepciones de las británicas de Cambridge y Oxford y la Universidad de Tokio.

En la clasificación hay que volver a lamentar, pues no es la primera vez que sucede y no sólo en este ranking de Shanghái, que ninguna Universidad española tiene cabida hasta el puesto doscientos. En él aparece la Universidad Autónoma de Madrid, y, luego, en los segmentos trescientos, cuatrocientos y quinientos, están, respectivamente, la Complutense de Madrid, la Universidad de Barcelona, la Autónoma de Barcelona, la Politécnica de Valencia, las Universidades del País Vasco y Valencia, la barcelonesa Pompeu Fabra y las Universidades de Granada, Vigo y Zaragoza.

Más allá de que se pueda discutir el valor absoluto de clasificaciones de este tipo o los criterios utilizados –por ejemplo, los de Shanghái favorecen a las disciplinas científicas frente a las humanísticas-, merecen convertirse en una llamada de atención. Sobre todo porque, ciertamente, sin necesidad de ranking, la realidad nos muestra que nuestras Universidades no están a la altura de los tiempos. Lo que supone un gravísimo handicap en un mundo cada vez más exigente. La idea que últimamente se ha propagado de manera machacona de que tenemos la generación mejor preparada de la Historia, no deja de encerrar mucho de mito, de demagogia, y de ilusión que choca contra la fría y tozuda realidad que nos remite a un alto índice de fracaso escolar, a que España aparece de forma sistemática en los últimos puestos de los sucesivos Informes PISA, y a que ninguna de nuestras universidades, como acaba de verse de nuevo en el ranking Shanghái ahora publicado, aparece en el puesto que debía corresponderle.

Es por demás sorprendente –al tiempo que revelador- el hecho de que, en contraste con lo indicado sobre las universidades españolas, resulta que entre los diez primeros MBAs del mundo, dos de ellos se encuentran en España. Y son tan españoles como las universidades. Hay, pues, un problema de organización en la educación superior española. Y todos sabemos que tiene que ver con la falta de flexibilidad, de competitividad, el exceso de rigideces y burocratización y la injerencia sindical en nuestros centros.

Contar con un sistema educativo sólido, coherente, competitivo y bien estructurado en todos sus niveles es un elemento absolutamente imprescindible para el desarrollo y progreso de cualquier país. No es momento de reproches, que, al final, siempre ofrecen un saldo baldío. La cuestión no se basa únicamente en contar con más recursos y medios, con ser estos, naturalmente, de gran importancia. La educación en general, y la universitaria en particular, exigen también que se recuperen e incentiven valores como el del esfuerzo, la excelencia y el sentido de la responsabilidad y del deber. España precisa de una reforma universitaria a fondo. Y no para salir del furgón de cola en las periódicas clasificaciones de los centros de enseñanza superior. Lo que nos jugamos, no en una lista, sino en la realidad, es el futuro.

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